El incendio de 1907 #2
Amelia obedeció. Al extenderla, dejó caer la lámpara de Rivas. Elena lo empujó y los tres resbalaron hacia la cámara. El agua apagó parte del fuego, pero la trampilla se cerró sobre ellos. Rivas perdió el arma. En la oscuridad, Amelia escuchó a Elena toser y a Rivas buscar la escalera.
Palpó la pared hasta encontrar relieves. No eran piedras. Eran azulejos colocados del revés, cubiertos de nombres. Soledad había desmontado la lista original y construido con ella una señal hacia el escondite.
Una luz apareció detrás de una rejilla. Alcocer y Pilar gritaban desde el corredor superior. El incendio se había extendido, pero las enfermeras evacuaban las salas. Castañeda había detenido a Landa después de verlo disparar. Matilde condujo a Clara fuera del edificio.
Desde la rejilla llegaba el repique irregular de la alarma.
Alcocer explicó que las puertas cortafuego funcionaban y que los pacientes estaban en el patio.
Rivas escuchó la noticia con una expresión extraña, casi decepcionada.
Sin víctimas no podría justificar el incendio como sacrificio inevitable ni presentarse otra vez como salvador.
Castañeda había ordenado a los policías ayudar en la evacuación y retuvo a Landa en la sala de curaciones.
Sin embargo, no sabía que Rivas poseía otra salida.
Alcocer intentaba abrir la rejilla con la medalla deformada de Eduardo, pero los pétalos no encajaban.
Necesitaban liberar la trampilla desde dentro.
Rivas encontró la escalera y trató de subir. Elena lo sujetó.
—Mi madre vivió veinticinco años encerrada por usted.
—Su madre vivió —replicó él—. Eso es más de lo que habría tenido sin nosotros.
Amelia oyó el golpe antes de verlo caer al agua. No supo si Elena lo había empujado o si el peldaño cedió. Lo sostuvo por el cuello del abrigo y evitó que se hundiera. No lo salvó por misericordia. Lo salvó porque un muerto no podía confesar.
Rivas se aferró a su brazo. Durante un segundo pudo arrastrarla con él. Elena sujetó la cintura de Amelia y ambas tiraron hasta apoyarlo sobre un peldaño. El director tosió agua y trató de recuperar la llave. Amelia la arrancó de su mano.
—Podía dejarme morir —dijo.
—Eso es lo que usted habría hecho conmigo.
Rivas sonrió con agotamiento.
—Quizá no somos tan diferentes.
—No se equivoque. Lo salvé porque soy enfermera y porque usted tendrá que responder por lo que hizo. Usted se deshacía de quienes podían revelar la verdad.
Aunque fuera culpable, mientras estuviera herido seguía siendo su paciente. Atenderlo no lo libraba de su responsabilidad.
Alcocer abrió la rejilla y tendió una cuerda. Sacaron primero a Rivas, luego a Elena. Cuando Amelia se disponía a subir, su pie chocó con una caja metálica encajada bajo los azulejos. La levantó. En la tapa estaban grabadas las iniciales S. V.
Dentro no había huesos, sino un mechón de cabello, la pluma de Soledad y una nota protegida por cera: «El libro está con los nombres. Si Amelia llega a leer esto, que sepa que nunca la abandoné».
La nota incluía una línea adicional en letra casi borrada: «No confíen en la pared que parece más nueva».
Amelia iluminó los ladrillos. Uno conservaba mortero diferente.
Al retirarlo encontró un conducto por donde Soledad había introducido la caja desde el otro lado.
La corriente de aire provenía de una cámara paralela, no del exterior.
Amelia introdujo la barra y desprendió dos ladrillos más.
El hueco era demasiado estrecho para una persona, pero permitía ver un espacio seco.
La luz reveló un trozo de uniforme y la esquina de otra caja.
Elena quiso derribar el muro; el techo crujió y cayó polvo sobre el agua.
Si lo hacían sin apuntalar, podían sepultar la cámara.
Rivas recuperó la conciencia suficiente para advertir que el nivel inferior se inundaría cuando las bombas se detuvieran.
La válvula principal estaba en una sala al otro lado del puente.
Su información podía ser verdadera o una forma de obligarlas a sacarlo primero.
Amelia observó el agua: la marca subía lentamente sobre el peldaño. No podían ignorarlo.
Alcocer consiguió abrir parte de la rejilla. Introdujo una cuerda y pidió que enviaran la caja. Amelia se negó hasta que registraran el lugar. Dictó la posición del muro, la altura del agua y el contenido visible. Pilar anotó desde arriba. Después ataron la caja de Soledad y la elevaron.
Elena encontró, bajo el mortero nuevo, cinco golpes tallados en forma de flor. El sexto pétalo estaba incompleto. Soledad pudo haber trabajado en la pared desde dentro, buscando el conducto. Soledad no había encontrado la cámara paralela por casualidad: intentó abrirse paso hasta ella.
Rivas aseguró que no conocía el hueco. Amelia le creyó en parte.
El círculo diseñó túneles que luego ninguno de sus miembros comprendía por completo.
Los edificios conservaban usos anteriores, pasajes heredados y errores de quienes creyeron controlarlos.
El secreto había crecido más allá de sus propios guardianes.
No podían abrir la cámara con el fuego acercándose.
Marcaron el muro, fotografiaron la posición con la pequeña cámara de Alcocer y prometieron regresar con mineros.
Amelia odiaba alejarse cuando Soledad podía estar al otro lado.
Elena la sujetó del brazo y repitió las palabras que ella misma utilizó antes: rescatar no significa morir en el mismo lugar.
El mechón estaba atado con hilo azul y contenía algunos cabellos infantiles oscuros.
Soledad había llevado consigo un recuerdo de Amelia.
Amelia separó uno bajo la luz; no necesitaba ninguna prueba científica para comprender por qué su madre lo guardó.
Volvió a colocar todo en la caja y se la entregó a Elena mientras ampliaba la grieta con la barra.
Debajo de la caja, una corriente de aire salía por una grieta. Al otro lado había un pasaje que nadie había abierto desde 1908.