La habitación que no existía #2
Antes de que nadie hablara, Clara se desplomó contra el marco.
Amelia la sostuvo y pidió espacio. Rivas afirmó que el desmayo demostraba su incapacidad, pero la causa era visible: sedación, hambre y las muñecas comprimidas.
Amelia hizo que uno de los policías iluminara las pupilas y que el otro observara las marcas de las correas.
—Si van a detenerme, primero serán testigos —dijo.
Clara recuperó la conciencia y pronunció su nombre completo.
Luego señaló a Rivas como el hombre que le quitó a su hija.
Castañeda preguntó la fecha. Ella respondió 17 de octubre de 1907 y describió una cicatriz en la mano del director producida por el fuego.
Rivas llevaba guante en esa mano desde hacía años.
Uno de los policías le pidió que lo retirara. El inspector no repitió la orden, pero el cuestionamiento ya había roto la escena preparada. Rivas esperaba encontrar subordinados frente a una anciana sedada; encontró testigos que comenzaban a hacer preguntas.
Landa levantó el arma para recuperar control.
Matilde se colocó delante de Clara. Recordó en voz alta que la morfina utilizada con Candelaria salió de la botica con su llave y que el botón encontrado en casa de Tomás correspondía a su uniforme.
Cada acusación era concreta. Landa no podía responder llamándolas delirios colectivos.
Amelia mostró el frasco que Pilar había sustituido. La etiqueta llevaba la firma de Rivas. Si Clara hubiera muerto, el expediente registraría insuficiencia pulmonar. El asesinato ya estaba escrito antes de que ocurriera.
Castañeda miró a los policías. Ninguno parecía dispuesto a esposar a Amelia sin registrar primero la habitación.
Los policías eran jóvenes. Uno miró los bidones y después a Castañeda; el otro mantenía la mano sobre la funda sin sacar el arma.
Rivas les había dicho que detendrían secuestradores, no que encontrarían a una anciana atada.
Amelia señaló las muñecas de Clara y pidió que las fotografiaran antes de permitir que alguien la tocara.
Castañeda ordenó a Landa bajar el revólver. Él obedeció a medias. El inspector estaba atrapado entre la deuda a Rivas y la evidencia visible ante sus subordinados. Amelia sacó la fotografía del uniforme de cadete y la dejó sobre el piso.
—Él escribió «útil» detrás de su vida —dijo—. Eso no es gratitud. Es propiedad.
Castañeda no recogió la imagen, pero tampoco ordenó su arresto inmediato.
—Señorita Valdés —dijo el inspector—, queda detenida por robo de documentos, incendio provocado y secuestro de una paciente.
—La paciente se llama Clara Montiel y fue secuestrada en 1907.
Clara retrocedió al ver a Rivas. Él sonrió con una compasión ensayada.
—Teresa Montes padece delirios desde hace décadas. La señorita Valdés la sacó de una institución y alimentó sus fantasías.
Amelia mostró la hoja del libro. Castañeda apenas la miró. Rivas extendió la mano.
—Entréguela.
Matilde apagó el interruptor. En la oscuridad, Clara golpeó el timbre con la palma.
La campanilla sonó en todo el edificio, aguda e insistente.
Pilar había conectado el cable a la central de llamadas.
Enfermeras, pacientes y camilleros asomaron a los corredores.
Ya no podían llevarse a tres mujeres sin testigos.
Siguiendo el plan, varios camilleros cerraron las pesadas puertas de hierro que separaban los pabellones.
Rosario accionó la alarma manual y otros dos camilleros comenzaron a retirar los bidones de petróleo que alguien había dejado en los corredores.
Rivas gritó que se trataba de una falsa alarma, pero cada nueva orden suya competía con una red preparada fuera de su control.
En las salas, las enfermeras colocaban brazaletes de identificación y abrían rutas hacia el patio.
Una paciente preguntó por qué olía a petróleo. Otra reconoció a Clara como la mujer que Rivas llamaba Teresa. Las preguntas se propagaron más rápido que el humo. El secreto perdía poder en el instante en que demasiadas personas observaban la misma contradicción.
Alcocer apareció desde el armario oculto. Había entrado por el túnel con Elena y llevaba el cuaderno de Eduardo levantado sobre la cabeza.
—Inspector, si nos arresta, tendrá que incluir la confesión de mi padre y explicar por qué hay petróleo en una sala con pacientes.
Castañeda miró los bidones, luego a Rivas. La obediencia automática vaciló. Landa levantó el revólver hacia Alcocer. Elena surgió detrás y le golpeó la muñeca con una barra. El disparo se incrustó en el techo.
El caos abrió un camino. Matilde y Pilar sacaron a Clara por el ascensor. Alcocer retuvo a Landa. Amelia y Elena corrieron hacia el armario con la hoja. Rivas las siguió y cerró el panel desde dentro.
Antes de que se cerrara, Amelia vio a Castañeda arrebatarle el arma a Landa. No supo si finalmente lo detendría o si despejaría el camino para Rivas. Alcocer colocó un pie en la puerta, pero un golpe lo hizo retroceder. El panel encajó y el ruido del hospital desapareció.
Elena quiso regresar por Clara. Amelia le recordó que Matilde y Pilar la llevaban hacia la salida y que Rivas seguía con la llave de la mina.
Detenerlo era también protegerla. Avanzaron detrás del director mientras el petróleo comenzaba a correr por una ranura del suelo, distribuido por canales preparados años antes.
—No saldrán por la mina —dijo—. Esta vez me aseguraré de que el fuego llegue hasta el último nombre.
Detrás de él, una llama comenzó a extenderse por el petróleo derramado.