El cuaderno de Eduardo Alcocer #2
Por primera vez reunían todos los objetos: la medalla de Tomás para el gabinete, las llaves cuatro y siete para los accesos, y la ocho para la cámara.
El diseño demostraba que el círculo había construido sus archivos de modo que ningún miembro pudiera abrirlos solo.
La supuesta precaución terminó conservando la verdad cuando comenzaron a traicionarse entre ellos.
Matilde recordó que la cama de la habitación 8 fue retirada tras el incendio y regresó años después con un soporte distinto. Rivas pudo haber cambiado el mecanismo. Pilar tendría que comprobarlo sin accionar la campanilla.
Matilde insistió en regresar al hospital.
Rivas la creía herida o muerta y no esperaba verla.
Podía entrar por el depósito de carbón, subir hasta la lavandería y liberar a Clara mientras Amelia buscaba el libro.
Alcocer quería acompañarlas, pero su rostro era conocido y Landa había dado aviso a la policía.
—Castañeda no arrestará a Rivas con un cuaderno privado —dijo—. Necesitamos el libro y a Clara viva.
Amelia llevó a Matilde a la casa de Tomás.
Elena recibió la noticia del secuestro con una quietud peligrosa.
Quería entrar de inmediato. Amelia se negó hasta que supieran cuántos hombres custodiaban la sala.
Pilar, sentada junto a la ventana, ofreció regresar al hospital y fingir que Landa la había liberado después de cumplir.
Antes de enviarla, Amelia le pidió repetir tres veces las instrucciones.
Pilar entraría por la puerta del personal, informaría que Elena huyó hacia la estación y observaría la sala antigua durante su turno.
Si encontraba a Clara, colocaría una venda en la baranda; si Rivas preparaba el incendio, dejaría dos. No debía improvisar un rescate.
Elena entregó a Pilar el brazalete de nacimiento.
—Muéstreselo a mi madre —dijo—. Para que sepa que regresaremos.
Pilar lo recibió con ambas manos. Era la primera señal de confianza desde la traición. No significaba perdón; significaba que todavía podía elegir de qué lado terminaría la noche.
—Ya te utilizó una vez —dijo Elena.
—Por eso creerá que puede hacerlo otra.
Amelia aceptó. Pilar memorizaría rutas, puertas y guardias; no intentaría rescatar a Clara sola. Antes de salir, la joven entregó a Elena la medicina de su madre.
—Landa sí la mandó —dijo—. No porque cumpliera su palabra, sino para que vuelva a necesitarlo la próxima semana.
El mecanismo de Rivas quedaba expuesto en cada gesto. Nunca concedía una ayuda que no pudiera retirar.
Al anochecer, Pilar regresó con el uniforme húmedo y una noticia peor. Clara permanecía en la habitación 8, pero Rivas había ordenado preparar la antigua maternidad con bidones de petróleo. Landa decía que aquella noche el hospital terminaría de quemar lo que el primer incendio dejó pendiente.
Pilar había contado cuatro vigilantes: dos mineros en la entrada de la galería, el sacristán junto a la capilla y Landa en el corredor.
Castañeda llegó al hospital poco antes de que ella saliera, pero Rivas lo recibió a solas.
Las pacientes de las salas ocupadas no sabían que había combustible bajo ellas.
Matilde reunió a las enfermeras de mayor confianza y les dio una instrucción distinta de la oficial: prepararían mantas mojadas, despejarían las salidas y trasladarían primero a quienes no podían caminar.
No les explicó el secreto; bastó decir que existía riesgo de incendio.
En menos de veinte minutos, el hospital comenzó a protegerse desde dentro sin permiso de su director.
Amelia escribió tres mensajes idénticos.
Uno fue para el periódico, otro para el juez de la capital y el tercero para Castañeda.
Incluyó la ubicación de las pruebas y el nombre de Clara.
Jacinta enviaría los dos primeros con mensajeros distintos.
Si todos morían bajo la maternidad, Rivas no recuperaría el silencio completo.
Amelia guardó el cuaderno de Eduardo, se colocó la cofia y tomó la llave siete.
No salieron de inmediato, extendieron sobre el comedor los tres planos disponibles y colocaron frijoles para representar guardias, enfermeras y pacientes.
Pilar marcó el recorrido de Landa, Matilde corrigió dos puertas que ya no existían y Alcocer señaló dónde se almacenaba oxígeno.
Elena propuso entrar por la mina; Amelia insistió en que alguien debía llegar primero a Clara por el hospital.
El plan tuvo tres objetivos en orden: mantener vivos a los pacientes, liberar a Clara y conservar pruebas.
Elena quería colocar a Clara primero. Amelia explicó que un incendio en las salas produciría decenas de víctimas y permitiría a Rivas culparlas.
Proteger el hospital no era proteger al director; era impedir que utilizara a los enfermos como escudo.
Asignaron una señal a cada riesgo. Una campanada significaría guardias; dos, fuego; tres, que Clara había sido movida. Si la campana sonaba sin pausa, comenzarían la evacuación completa. Pilar repitió los códigos hasta no equivocarse.
Matilde entregó a Amelia una lista de pacientes que no podían caminar y otra de enfermeras dispuestas a desobedecer.
Algunas habían cuidado a Soledad en 1908 sin saber quién era.
Una reconoció su descripción al escucharla y quería declarar.
El pasado comenzaba a abrirse porque una persona hablaba delante de otra que completaba un fragmento.
Amelia escribió una nota para la madre de Pilar explicando dónde encontrar a Jacinta.
Pilar la guardó junto al medicamento. Esta vez el plan incluía qué ocurriría con su familia si ella no regresaba.
La joven dejó de preguntar si confiaban en ella.
Tenía una responsabilidad delimitada y una protección concreta, algo distinto de una exigencia de lealtad.
Antes de marcharse, todos firmaron el croquis. Si la policía lo encontraba, sabría que entraron para evacuar y rescatar, no para provocar el incendio. Era una precaución legal y también una declaración: nadie actuaría oculto detrás de otro.
—Entonces entraremos antes de que enciendan la primera lámpara.