La paciente de la habitación 8 La carta número cuatro #2
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La carta número cuatro #2

El uniforme perteneció a una enfermera más baja, de modo que las mangas dejaban al descubierto sus muñecas.

Amelia caminó con una bandeja vacía y la vista baja.

El hospital olía a incienso, desinfectante y flores del funeral.

Desde la capilla llegaban las voces del coro; en las salas, las pacientes permanecían a cargo de un personal reducido.

Amelia pasó junto a la habitación 8. La puerta estaba otra vez cerrada y el número había sido retirado.

En su lugar quedaba un rectángulo más claro sobre la madera, como si la habitación pudiera borrarse quitando una placa.

Al doblar hacia la escalera encontró a Castañeda. El inspector sostenía el sombrero entre las manos y no estaba vestido para la misa. La reconoció de inmediato. Amelia esperó que llamara a Rivas, pero él miró la bandeja.

—Las enfermeras suelen llevar algo en ellas —dijo.

—Hoy llevo prisa.

Castañeda se apartó. Antes de dejarla pasar, susurró que Landa había registrado la casa de Tomás otra vez y que Rivas planeaba solicitar una orden de detención contra Elena. No explicó por qué la advertía. Amelia tampoco preguntó. La duda ya había empezado a trabajar en él.

El despacho de Rivas estaba cerrado, pero la llave cuatro abrió uno de los cajones del archivo lateral.

Dentro había planos del convento, una libreta de donativos y expedientes recientes sobre Amelia, Pilar, Alcocer y Matilde.

Rivas había reunido información sobre las deudas, enfermedades y parientes de cada persona que podía desafiarlo.

En la carpeta de Tomás encontró recibos de tónicos enviados durante sus últimas semanas.

La fórmula incluía digital y pequeñas cantidades de arsénico, usuales en ciertos preparados, pero peligrosas si se administraban sin control.

El expediente de Pilar contenía informes sobre la enfermedad de su madre y una solicitud de ingreso al hospital firmada por un médico que dependía de Rivas.

En el de Alcocer aparecían las deudas dejadas por Eduardo.

Matilde tenía una lista de mujeres contratadas y despedidas durante dos décadas, acompañadas por una palabra: dócil, inestable, curiosa.

Junto al nombre de Amelia, Rivas había escrito «regresó antes de lo previsto».

También encontró una carpeta sin nombre.

Dentro había fotografías tomadas desde la calle de la casa de Tomás, el pasaje y la estación.

Una mostraba a Elena descendiendo del tren semanas antes del funeral.

Otra, a Soledad en 1908, con las manos vendadas y un número colgado del cuello.

Estaba viva un año después del incendio.

Amelia quiso guardar la fotografía, pero faltaría de inmediato.

Copió en el puño de su uniforme el nombre escrito detrás: Dolores Varela, traslado al sanatorio de San Jerónimo.

Detrás de la fotografía había una fecha: 9 de febrero de 1908, y una hora, 2:17.

Amelia la sostuvo frente al espejo para leer una segunda anotación escrita al revés: «vigilar timbre».

Rivas sabía que Soledad utilizaba la campanilla para comunicarse con alguien.

No había desconectado el cable porque esperaba que lo condujera hasta el libro.

En otro cajón encontró doce sobres dirigidos a familias del círculo.

Cada uno contenía una fotografía reciente del hijo entregado y una solicitud de donativo.

Rivas seguía cobrando por el secreto. Las familias no sólo habían pagado una vez; financiaban el hospital y al director para conservar una versión legal de su pasado.

Amelia tomó dos cartas con firmas claras. No podía cargar todas sin notarse. Copió los nombres y volvió a colocarlas exactamente como estaban. Después fotografió mentalmente la distribución del despacho: qué cajón, qué llave, qué estante. Si el material desaparecía, podría declarar dónde lo vio.

Abrió finalmente el expediente de Candelaria.

La primera hoja la describía como religiosa senil con tendencia a fabular.

La fecha del diagnóstico era dos meses anterior a su muerte y la firma médica pertenecía a Alcocer, imitada.

Rivas había preparado con anticipación la explicación de cualquier denuncia.

En la última página había una orden de traslado al mismo sanatorio donde encerraron a Clara.

Candelaria supo que iban a borrarla y aceleró la entrega de las pistas.

Amelia guardó esa orden junto a la suya. Dos mujeres separadas por una generación, clasificadas como inestables cuando se volvieron peligrosas para la institución. La repetición convertía la defensa de Rivas en patrón.

No era prueba de asesinato. Era una forma de recordarle que Rivas conocía el límite entre un tratamiento y un veneno.

Amelia copió el plano y guardó la libreta de donativos bajo el uniforme. Al cerrar el cajón, vio reflejada una figura en el cristal del armario. Rivas estaba detrás de ella.

El reflejo mostraba algo que Amelia no podía ver de frente: Landa permanecía al otro lado de la puerta, proyectando una sombra bajo la rendija. Rivas había entrado solo para que la conversación pareciera voluntaria, pero la salida estaba vigilada.

Amelia calculó la distancia hasta la ventana, el peso del tintero y el tiempo que tardaría Matilde en escuchar un golpe desde la lavandería. No podía correr sin perder los documentos ocultos bajo el uniforme. Decidió obligarlo a hablar. Mientras más confiado se sintiera, más detalles revelaría.

Rivas observó las mangas cortas del uniforme y reconoció la prenda de una enfermera fallecida.

Dijo su nombre y añadió que también había sido una mujer curiosa.

Amelia entendió la amenaza: el director guardaba historias sobre cada persona que trabajó allí y podía transformar cualquier muerte en advertencia.

—¿Cuántos expedientes preparó antes de que alguien cometiera la falta? —preguntó.

—Administrar es prever.

—No. Es escribir la culpabilidad antes de que exista.

Rivas vio el borde de la orden de Candelaria en su bolsillo. No intentó recuperarla. Afirmó que una mujer anciana con secretos podía volverse peligrosa para sí misma. Amelia respondió que el diagnóstico estaba fechado antes de cualquier síntoma y firmado por un médico que no lo escribió.

Por primera vez, el director comprendió que ella no había tomado sólo un plano. Había visto el sistema completo de expedientes preventivos. Su expresión cambió de condescendencia a cálculo. Cerró con llave y señaló la silla.

—Entonces no estamos discutiendo una carta —dijo—. Estamos discutiendo si este hospital sobrevivirá a su necesidad de tener razón.

Amelia permaneció de pie. El hospital, pensó, era la palabra que Rivas utilizaba cada vez que quería decir poder.

—El uniforme de una enfermera debería servir para que los enfermos confíen —dijo—, no para entrar donde no la llaman.

Amelia se volvió sin ocultar el plano.

—Mi madre llevaba uno cuando ustedes decidieron convertirla en ladrona.

Rivas cerró la puerta con llave.

—Su madre confundió la justicia con la crueldad. Usted está a punto de cometer el mismo error.