La otra mujer Capítulo 7 Una segunda vuelta de golf
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Capítulo 7 Una segunda vuelta de golf

La vida era buena. El calendario de Edy estaba lleno, su cama caliente y la mitad de sus comidas a cargo de hombres que consideraban que una amante bien alimentada era un requisito previo para entrar fácilmente en sus buenos deseos.

A Edy no le importaba. Sin embargo, apenas un mes después de incorporar a Don a su colección de amantes, él llam´p y preguntó si estaría bien que Edy actuara como «acompañante» de otro amigo del club a quien ella conocía solo de vista.

Edy dudó, le dijo a Don que lo pensaría.

Al día siguiente el hombre, Paul la llamó al trabajo, se presentó y le explicó su petición, aparentemente racional e inofensiva, de que lo acompañe a algún importante acto empresarial el fin de semana siguiente.

Edy recordaba a Paul: se había pasado quince minutos por su mesa y la de Don la semana anterior, era de mediana edad, esbelto y en forma y, por supuesto, suficientemente rico como para ganarse la envidia de Don.

Y aquí estaba pidiéndole lo que esencialmente era una cita.

No tenía nada que hacer esa noche —ninguno de los muchos hombres de su vida había hecho planes definitivos—, así que bueno, quizás era una buena manera de mezclar el placer con algo de proyección sin ánimo de lucro hacia el mundo de los ricos.

Edy sacó su mejor vestido, se acicaló y se preparó durante la hora reglamentaria, y en su puerta no la recibió un chofer en sino el propio Paul para escoltarla hasta su Mercedes más grande de lo necesario, con chófer, minibar y equipo de sonido incluidos.

Paul continuó explicando que era un acto empresarial estándar, que su esposa había ido al entierro de alguna amiga que él no conocía, y que Edy le había causado una gran impresión cuando se habían conocido la semana anterior y pensaba que sería perfecta para acompañarlo y evitar que la noche se volviera demasiado aburrida.

Edy tenía dudas pero las guardó para sí misma, en parte para ser amable con Don pero también para ver en qué andaba Paul, qué iba a resultar de verdad a medida que avanzara la noche.

Y así, a algún evento empresarial en un resort de una ciudad no demasiado lejana donde personas igualmente exitosas se codeaban y celebraban su buena fortuna.

Y todo fue soportable porque Paul resultó ser un tipo realmente agradable, más interesado en Edy que en el pez gordo de la mesa de al lado o en la monísima mujer que intentó sentarse en su regazo.

La comida fue estupenda pero la música anticuada, y Paul estaba más que dispuesto a abandonar el evento pronto.

No fue ninguna sorpresa que no fueran directamente a casa de Edy: la limusina entró en el camino de acceso de una casa que podría haberse tragado la de Edy y escondido los restos en uno de sus cuartos de invitados.

—Madre mía —exclamó Edy—, sabía que te dedicabas a los tejados, pero no pensé que fueras dueño de un trozo de cada tejado de la ciudad.

Paul se rio educadamente y quitó importancia a la finca en la que habían entrado, diciendo que su esposa tenía más que ver con la casa y todo lo demás que él.

Entraron a un salón del doble del tamaño del jardín delantero de Edy y luego recorrieron la cocina hasta llegar a un invernadero junto a la piscina, donde Paul sirvió el vino y Edy fue directa al grano:

—Bueno, el chófer se ha ido a su alojamiento junto al garaje y aquí estamos, solos después de la fiesta con tu mujer convenientemente de viaje toda la semana. ¿Qué pasa? ¿Por qué yo, por qué ahora y por qué aquí?

—Vamos, Edy —respondió Paul con una sonrisa irónica—, solo intento disfrutar de la velada con alguien cuya compañía me gusta. Lo siento si te sientes presionada, pero ¿qué se supone que debo hacer si no?

Y así hablaron: Paul básicamente impaciente porque Edy no se dejaba seducir, y él, claro, esperaba una sesión en el dormitorio, pero también esperaba, quizás, que ella apartara a Don y que le llamara a él cada vez que se aburriera o necesitara un poco de diversión.

Edy tuvo que admitirse a sí misma que Paul solo hacía lo que la mayoría de los hombres intentan hacer con las mujeres en todo el país, pero le dijo a Paul que quizás su riqueza exagerada la había cegado y la había hecho resistirse.

Y además, tenía esposa. Paul la interrumpió, reconociendo que sí, tenía esposa, pero añadiendo que la mayoría de los hombres de su edad la tienen.

Según Paul, la esposa estaba más interesada en el color de sus uñas que en él o en sus negocios.

Y cualquier monada estaría encantada de instalarse en un apartamento y hacer lo que él quisiera, pero eso ya estaba hecho y la vida vale más que toda la agonía que las mujeres difíciles exigen.

¿Y por qué Edy? Porque era joven e interesante y con una vida propia y muy hermosa cuando la salpicaba una lluvia fina y la bañaba la luz de la luna.

En serio, eso dijo, y Edy casi se lo creyó, pero cuando llamó a su chófer para que la llevara a casa, Edy sí se acercó para un beso, y estaba más que contenta de recibir el beso de Paul de vuelta.

Suspiro profundo. «Bueno», pensó Edy cuando estuvo a salvo y sola en casa, «ya tengo suficientes hombres en mi vida.

Es bueno saber que cuando se me rompa el tejado tengo a alguien a quien llamar.

» Se levantó a la mañana siguiente a preparar café, contenta de saber que tenía el fin de semana entero para ella sola, aunque con la posibilidad de que Jorge pasara a media tarde, o quizás Alex.

Cualquiera de los dos la habría alegrado.

Y entonces sonó el timbre: un mensajero con media docena de rosas, una cafetera de plata y panecillos para dos.

Y una nota con el nombre y el número de Paul, nada más.

Edy puso los ojos en blanco, marcó el número y Paul respondió.

Edy, que nunca dejaba pasar una pista evidente, lo invitó a desayunar.

Dos minutos después estaba allí, conduciendo su propio coche y en vaqueros, un tipo corriente pasándose a saludar y charlar tomando un café, aunque no llegaron más allá de los primeros sorbos, y los panecillos no se tocaron hasta la hora de comer.

Edy recuerda la carrera hacia el dormitorio, el problema que tuvo para quitarle los vaqueros a Paul, cómo pasó un rato arrodillada junto a la cama y bajando a por él, Paul teniendo que arrastrar su cuerpo sobre el suyo y enroscar la lengua en su clítoris, compartiendo el festín carnal como debe hacer todo buen hombre.

Edy se alegró mucho de encontrar a Paul más interesado en una larga sesión de amor que solo en su primera y rapidísima eyaculación.

Al final pasaron dos horas y un buen número de orgasmos compartidos antes de que pudieran encontrar la determinación de salir de la cama y recalentar los panecillos.

Estaba fregando algunas cosas en la cocina cuando Paul entró y empezó a acariciarla: una mano en su culo, otra masajeando un pecho ligeramente cubierto, besándole el cuello y diciendo cosas que no pueden repetirse. Edy lo apartó diciendo:

—Como si no hubieras visto tetas más grandes y culos más apretados. Vamos, Paul, es que sigues caliente.

A lo que Paul la dio la vuelta y dijo que solo cuando le tocaba el culo podía escucharla suspirar, que después de besarle el pecho podía oler su cuerpo, que solo tenía ojos para Edy, aunque quizás a veces parecía ser cruel.

Y además, añadió, en realidad no tenía energía para una nueva erección —dos veces sería el límite de esa mañana—, pero que si quería podía volver a intentarlo y quizás trabajar para una tercera vez durante la cena.

Edy se ruborizó: en parte por el intento de poesía de Paul, en parte por su reprimenda por haber malinterpretado su interés en ella, y por supuesto se deslizó entre sus brazos para un beso, expresando muy claramente el deseo de pasar la tarde con él si de verdad lo quería.

Y así Edy se encontró pasando otro largo día y otra larga noche en los brazos de un hombre casado al que no conocía dos días antes.

Lo siguiente fue, solo sexo, solo comida, bebida y luego sexo, sueño y luego camino a la casa de Paul.

Por supuesto él añadió su toque personal a la mezcla ya mencionada.

Después de una cena de costillas y ensalada César y pasar el rato junto a la piscina con una botella de vino, por supuesto llegaron hasta un dormitorio, con un equipo de sonido de calidad ronroneando algo de Bach por toda la casa mientras se tomaban su tiempo para desvestirse el uno al otro.

Pero mientras la recostaba en la cama, Paul deslizó algo en la boca de Edy: una cereza con licor bañada en chocolate, y mientras ella masticaba y tragaba lo sintió empujando otra abajo, y luego una segunda.

Podía sentir los bombones chocolateados dentro de ella, preguntándose qué haría Paul a continuación cuando la empujó de vuelta sobre la cama y la levantó, con las rodillas sobre sus hombros y los muslos envolviendo su cabeza, de modo que Edy podía mirar y ver a Paul lamerla durante unos minutos antes de que la bajara al suelo, rodando bajo ella con Edy sentada sobre su cara.

Podía sentir el chocolate derretido chorreando por sus ardientes entrañas, frotando su hendidura contra la cara de Paul mientras él bebía el jugo con sabor a cereza y chocolate de dentro de sus entrañas mientras llevaba a Edy a un maravilloso orgasmo.