Amar con los ojos abiertos
El amanecer llegó sin permiso, como siempre llegan las cosas que uno no sabe si desear.
Valentina lo vio colarse por la ventana sin cortinas del cuarto de Mateo, esa franja de luz anaranjada que fue tiñendo el piso de madera, los zapatos abandonados cerca de la puerta, el dobladillo de la sábana que cubría sus piernas.
Se quedó quieta un momento, escuchando su propia respiración, comprobando que seguía siendo real.
Mateo dormía de espaldas a ella. Podía ver el movimiento lento de su pecho, la curva del hombro que tantas veces había querido tocar en otra vida y que ahora había tocado de verdad, con las manos torpes y honestas de alguien que sabe que no tiene derecho a pedir más de lo que le ofrecen.
Pensó en levantarse. Pensó en salir antes de que él abriera los ojos y los dos tuvieran que enfrentar lo que significaba seguir ahí.
Pero no se movió.
Eso también era nuevo: quedarse.
Cuando Mateo despertó, no dijo nada durante un rato.
Simplemente se volvió hacia ella y la miró como quien termina de reconocer un lugar al que creyó no poder volver.
Valentina sostuvo esa mirada aunque le dolía, aunque le recordaba todo lo que existía entre ellos además del deseo, además de la ternura que había reaparecido sin que ninguno la invitara.
—¿Dormiste? —preguntó él, con la voz todavía rasposa de sueño.
—Un poco.
—Mentira.
Ella sonrió a pesar de sí misma. Él siempre había sabido leerla, y eso no había cambiado. Quizás era lo único que el tiempo no había podido llevarse.
—¿Y tú? —preguntó ella.
—Más de lo que esperaba.
Se lo dijo sin orgullo, con una honestidad sencilla que a Valentina le apretó algo adentro.
Mateo no estaba tratando de parecer fuerte ni de minimizar lo que había pasado entre ellos.
Estaba ahí, con los ojos abiertos y los brazos sin cruzar, eligiendo no esconderse.
Ella no sabía si merecía esa clase de valentía dirigida hacia ella, pero la recibió en silencio como se recibe algo que cuesta mucho dar.
Se incorporó lentamente y se sentó en el borde de la cama. A través de la ventana se veía el puerto todavía dormido, los mástiles quietos, el agua gris volviéndose azul despacio. La isla despertaba igual que siempre, indiferente al caos privado de quienes la habitaban.
—Mateo —dijo, y su propio nombre en la boca de ella hizo que él también se sentara.
—No tienes que decir nada todavía.
—Sí tengo que decirlo. —Se giró para mirarlo de frente—. No quiero que pienses que esto fue... que yo vine aquí buscando esto. No vine a pedirte nada.
—Lo sé.
—No sé si puedo quedarme. No sé si es justo que me quede.
Mateo guardó silencio un momento. Afuera, una gaviota pasó sin detenerse. El cuarto olía a madera vieja y a sal, y Valentina pensó que ese olor era Mateo, que ese olor lo había sido siempre.
—¿Y si lo justo o lo injusto ya no es lo que importa? —dijo él por fin, despacio, como si estuviera midiendo cada palabra antes de soltarla—. Llevamos siete años hablando de lo que merecemos o no merecemos. Los dos.
Valentina no respondió. Él continuó:
—Yo también me pregunté durante mucho tiempo si merecía seguir aquí.
Si merecía el mar, el trabajo, los días.
Si merecía dormir sin verla. —Hizo una pausa corta, apenas un segundo, pero en ese segundo cabía todo—.
Y un día me di cuenta de que esa pregunta no me llevaba a ningún lado.
Solo me mantenía en el mismo lugar, parado frente a la misma orilla, sin moverme.
Valentina escuchaba sin interrumpir. Tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas y las miraba como si no le pertenecieran del todo.
—No te estoy diciendo que lo superé —aclaró Mateo—. No te estoy diciendo que dejé de extrañarla o que alguna vez voy a dejar de hacerlo. Te estoy diciendo que aprendí a caminar con eso. Que no hay otra manera.
—Tú no cargabas lo mismo que yo.
—No. Pero cargaba lo mío.
Hubo un silencio que ninguno de los dos intentó llenar demasiado rápido. Por la ventana, la luz seguía abriéndose paso con esa calma irritante que tiene el amanecer cuando uno no ha dormido, cuando el cuerpo todavía lleva el peso de la noche anterior como ropa mojada.
—Cuando me fui de la isla —dijo Valentina al fin—, creía que la distancia lo aplastaría. Que si ponía suficiente océano entre yo y este lugar, entre yo y lo que hice, eventualmente se volvería más pequeño. —Soltó un aire lento—. No se vuelve más pequeño. Solo se vuelve más tuyo. Más adentro.
—Lo sé.
—No sé si puedo ser alguien para ti, Mateo. No sé si tengo el derecho de ocupar ese lugar.
Él la miró entonces con una claridad que a ella le resultó casi incómoda, como cuando alguien te ve justo donde no querías que te vieran.
—No te estoy pidiendo que seas alguien para mí —dijo—. Te estoy pidiendo que estés. Nada más que eso. Aquí, hoy, con todo lo que traes.
Valentina abrió la boca y la cerró. Algo en el pecho se le movió de lugar, no como alivio, sino como cuando se acomoda un hueso que llevaba tiempo torcido: duele de otra manera, pero ya duele menos.
—Tengo miedo de hacerte daño otra vez —dijo, y la voz le salió más pequeña de lo que hubiera querido.
—Ya me hiciste daño. —No lo dijo con crueldad, sino con la sencillez de algo que ya no tiene filo porque se ha dicho adentro demasiadas veces—. Y yo a ti. Y aun así aquí estamos, sentados en esta cama a las seis de la mañana sin saber bien qué sigue. Eso ya es algo, Valentina.
Ella lo miró. Lo miró de verdad, de esa manera en que uno mira a alguien cuando ya no está tratando de descifrar qué esperan de uno, sino simplemente tratando de ver.
Y lo que vio fue a un hombre cansado, honesto, que había decidido no mentirle ni a ella ni a sí mismo.
Que no le estaba ofreciendo un amor sin cicatrices porque ese amor no existía.
Le estaba ofreciendo uno con los ojos abiertos.
—No sé cómo se hace esto —admitió ella.
—Nadie sabe. —Mateo extendió la mano sobre la sábana, sin exigir, solo dejándola ahí—. Se hace nomás.
Valentina tardó un momento. Luego posó su mano sobre la de él, despacio, como quien pone el pie en un suelo que no sabe bien si va a sostenerse.
Pero se sostuvo.
No dijeron nada durante un rato. El amanecer seguía abriéndose paso por la ventana con esa parsimonia lenta que tienen los días que no tienen prisa, y la luz fue cayendo sobre sus manos unidas, sobre la sábana arrugada, sobre el vaso de agua que nadie había terminado de tomar.
Valentina notó que la respiración de Mateo era pareja, que no estaba aguantando nada, que simplemente estaba ahí, presente de una forma en que pocas personas sabían estarlo.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella, sin quitar la mano.
—Sí.
—¿Cuándo dejaste de odiarme?
Mateo no respondió de inmediato. Observó el perfil de ella, la línea tensa de su mandíbula, como si la pregunta le hubiera costado más decirla que lo que aparentaba.
—No creo que haya sido un momento —dijo al fin—. Fue más como... como cuando el mar baja la marea. Uno no ve el momento exacto. Solo ve que ya no está.
Valentina asintió despacio. No era la respuesta que habría esperado, pero era la verdadera, y a estas alturas sabía distinguir la diferencia.
—Hubo noches —continuó Mateo, con la voz baja, casi para sí mismo— en que te odiaba tanto que se me olvidaba respirar. Y luego había otras en que te extrañaba de una manera que tampoco tenía nombre. Las dos cosas al mismo tiempo. Me volví loco con eso durante mucho tiempo.
—Lo sé —dijo ella—. Yo también.
—¿Me extrañabas?
—Todos los días.
Fue una confesión pequeña en tamaño y enorme en todo lo demás. Mateo apretó ligeramente los dedos sobre los de ella, no para retenerla, sino como si necesitara confirmar que lo que estaba pasando era real y no una de esas fantasías que uno fabrica en los años de ausencia para sobrevivir el dolor.
Valentina giró la cabeza para mirarlo. Tenía el cabello revuelto y las ojeras marcadas de quien no ha dormido bien en mucho tiempo, y sin embargo había algo en él que se veía más ligero que la noche anterior, como si algo que había cargado muy apretado contra el pecho se hubiera aflojado apenas un poco.
—No voy a pedirte que me quieras igual que antes —dijo ella—. Sé que no es posible. Que ese lugar ya no existe.
—No —concedió él—. Pero existe este.
Y no señaló ningún sitio en particular, solo el espacio que había entre ellos dos en esa cama, ese territorio sin nombre que habían ido construyendo en las últimas horas sin darse cuenta, ladrillo por ladrillo, cada verdad dicha, cada silencio que habían dejado pasar sin llenarlo de mentiras.
Valentina pensó en todo lo que les había costado llegar hasta ahí.
Los siete años de distancia, el peso de lo no dicho, las versiones de sí misma que había tenido que desmantelar para poder sentarse frente a él sin esconderse.
Pensó en Lucía, que siempre había estado entre ellos y que ahora también estaba ahí, no como un obstáculo, sino como una presencia que ninguno de los dos nombraría pero que ninguno de los dos olvidaría. Así tenía que ser. Así debía ser.
—No sé qué va a pasar —dijo Valentina.
—Yo tampoco.
—¿Y eso no te asusta?
Mateo la miró, y en sus ojos había algo que ella no supo clasificar del todo: no era certeza, no era valentía de la que se anuncia. Era algo más parecido a la calma de quien ha decidido, simplemente, quedarse.
—Sí me asusta —respondió—. Pero ya no más que perderme esto.
Valentina no dijo nada. Dejó que la respuesta ocupara el espacio entre ellos como ocupa el aire una habitación recién abierta: sin ruido, sin ceremonias, simplemente ahí.
Afuera, el mar seguía su propio ritmo, indiferente y constante, el mismo que había estado ahí antes de ellos y que estaría después.
Ella pensó que quizás eso era suficiente.
No una promesa, no una garantía. Solo la decisión de no irse.
Se quedaron sentados hasta que la luz cambió y las sombras del cuarto se alargaron sobre el suelo de madera.
En algún momento, Mateo extendió la mano y Valentina la tomó.
Sin palabras, sin preguntas. Con los ojos abiertos, como se mira lo que uno ha elegido de verdad: sabiendo lo que cuesta, sabiendo lo que pesa, y quedándose de todas formas.