Antes de que supiéramos
El verano tenía ese olor. Valentina lo supo en cuanto cerró los ojos frente al espejo de su cuarto actual, con la brisa del puerto colándose por la ventana mal sellada: sal, resina de pino y algo más dulce que nunca había conseguido nombrar, como si las flores silvestres de los acantilados hubieran decidido disolverse en el aire en lugar de morir sobre la roca.
Ese olor era el verano de hace ocho años. Era el verano antes.
Se acordó sin querer.
* * *
Sofía había llegado corriendo por el malecón con las sandalias en la mano y el cabello suelto revoloteando detrás de ella como una bandera.
Así era siempre: desordenada en su alegría, incapaz de contenerla dentro de los límites razonables que el resto de las personas imponían a sus entusiasmos.
Valentina la vio venir desde la balaustrada y sintió lo que siempre sentía al verla: una mezcla de afecto genuino y algo ligeramente parecido a la envidia, no de la que duele, sino de la que admira sin poder evitarlo.
—Ya llegó —anunció Sofía, sin más contexto, como si Valentina hubiera estado esperando esa información toda la mañana.
—¿Quién?
—Mateo. Llegó anoche. Mi mamá dice que trae una mochila enorme y cara de no haber dormido en tres días.
Valentina no respondió de inmediato. Miró hacia el agua.
—Qué bien —dijo al fin, con la neutralidad estudiada que había practicado durante los meses en que Mateo estuvo fuera, en la universidad continental, y ella aprendió a no nombrarlo en voz alta.
Sofía se apoyó en la balaustrada a su lado y la observó con esa mirada suya que no dejaba pasar nada.
—Valentina.
—¿Qué?
—Que ya llegó.
—Ya escuché.
—Entonces deja de fingir que no te importa, porque se te nota desde acá y probablemente desde el faro también.
Valentina soltó una carcajada a pesar de sí misma. Eso también era Sofía: imposible de resistir cuando decidía horadar una mentira con la precisión tranquila de quien tiene todo el tiempo del mundo.
Se fueron juntas al mercado esa mañana, como casi todos los días de ese verano.
Compraron mangos que el señor Villanueva pelaba en espiral con un cuchillo pequeño y preciso, bebieron agua de coco sentadas en el bordillo de la plaza, discutieron sobre si la película que habían visto la semana anterior era romántica o simplemente manipuladora.
Sofía argumentó que la distinción era irrelevante si una lloraba de todas formas.
Valentina sostuvo que el llanto no era prueba de nada.
Ninguna convenció a la otra y ambas lo sabían y les daba igual.
A mediodía, Mateo apareció.
No llegó de pronto, no irrumpió ni sorprendió: simplemente estaba ahí cuando Valentina levantó la vista, parado al otro lado de la plaza con los pulgares enganchados en las correas de la mochila exactamente como su madre había descrito.
Más alto que en diciembre, o quizás solo diferente de la manera en que la gente regresa diferente de los lugares que la trabajan por dentro.
Tenía el pelo más largo y una expresión que Valentina no supo leer del todo, algo entre el cansancio genuino y una especie de alivio que todavía no había terminado de instalarse en su cuerpo.
Sofía lo llamó con un grito que atravesó la plaza entera y no le importó en absoluto que la gente los mirara.
Mateo sonrió. Y esa sonrisa, pensó Valentina sin poder evitarlo, era la sonrisa de alguien que por fin había llegado a algún lugar, aunque ese lugar fuera simplemente aquí, esta plaza de adoquines irregulares, este calor de julio que pegaba en la piel como una obligación.
Sofía cruzó corriendo sin mirar si había coches, que no los había, y Mateo soltó las correas de la mochila justo a tiempo para recibirla.
Valentina los vio abrazarse desde el otro lado de la plaza y no se movió.
Hubo algo en ese segundo, algo que no sabría nombrar entonces y que tardaría años en entender, una conciencia nueva y molesta de que ella era otra persona en ese abrazo: la que esperaba su turno, la que observaba, la que no tenía derecho a correr de esa manera porque Sofía era su hermana y no la suya.
Así que esperó. Y cuando Mateo levantó la vista por encima del hombro de Sofía y la encontró parada junto a la fuente con el helado ya completamente derretido escurriéndole por los dedos, le hizo un gesto breve con la barbilla, casi imperceptible, y Valentina supo que ese gesto tenía historia, que era el tipo de saludo que se inventa la gente que se conoce desde antes de conocerse.
—Se te está cayendo —dijo él cuando se acercó, señalando el cono.
—Lo sé —respondió ella.
No había nada más que decir y sin embargo hablaron durante cuatro horas seguidas, sentados los tres en los escalones del embarcadero con las piernas colgando sobre el agua quieta del puerto.
Sofía preguntó todo lo que quiso saber sobre los últimos seis meses: las clases, los profesores, si había conocido a alguien, si la ciudad le había dado lo que esperaba.
Mateo respondía con esa calma particular que tenía para no cerrar las puertas, para contar sin entregar demasiado.
Valentina escuchaba y a veces intervenía y poco a poco fue entendiéndose a sí misma como una parte natural de esa conversación, no una intrusa ni una testigo, sino alguien que simplemente también estaba ahí y a quien nadie había pedido que se fuera.
Eso fue lo que hizo ese verano: no pedirle que se fuera.
Los días se volvieron una costumbre con una facilidad que todavía le resultaba difícil de explicar.
El mercado por las mañanas, el embarcadero al mediodía, las tardes largas en casa de los Vidal donde la madre de Mateo y Sofía los alimentaba como si la comida fuera una forma de retenerlos.
Valentina aprendió que Mateo leía antes de dormir aunque no siempre terminaba los libros, que odiaba el café pero lo tomaba de todas formas, que tenía la costumbre de quedarse callado justo cuando algo lo movía por dentro, como si el silencio fuera el único contenedor lo suficientemente grande.
También aprendió, sin que nadie se lo dijera, que debía tener cuidado con eso.
Con el silencio de él y con lo mucho que le importaba llenarlo.
Sofía lo veía. Claro que lo veía. Una tarde, mientras Mateo había ido a buscar algo adentro de la casa, la miró con esa expresión suya de saber exactamente lo que pasaba sin necesidad de preguntar.
—No me hagas decirlo —dijo Valentina antes de que Sofía abriera la boca.
—No iba a decir nada.
—Mentira.
Sofía sonrió y se recostó sobre el respaldo de la silla con los brazos cruzados, completamente satisfecha consigo misma.
—Solo iba a decir que me alegra —dijo al final, con una seriedad que era casi enteramente genuina—. De verdad. Me alegra.
Y no añadió nada más, porque no hacía falta. Valentina entendió que eso era todo: la bendición más honesta que Sofía sabía dar, sin adornos, sin el peso de las advertencias que a veces llegaban disfrazadas de cariño. Solo eso. *Me alegra.*
Mateo volvió con tres cervezas que no había pedido nadie pero que todos aceptaron, y el momento se disolvió en la tarde como si nunca hubiera existido, como hacen los momentos que importan demasiado para sostenerse mucho tiempo a la luz.
Fue el verano de las tardes largas y los planes sin forma.
De las noches en que los tres se quedaban en la terraza de la casa de los Aldana hasta que el puerto se apagaba y el faro comenzaba su turno, y nadie decía *ya es hora* porque nadie quería ser el primero en romper aquello.
Valentina aprendió la geografía de esas horas con una precisión que no supo que estaba construyendo: la forma en que la voz de Sofía bajaba un tono cuando hablaba de algo que le dolía, la manera en que Mateo cruzaba los brazos cuando estaba pensando de verdad y no solo escuchando.
Aprendió que había una diferencia entre estar con alguien y estar *dentro* de algo, y que ese verano era lo segundo, esa cosa rara y frágil que no se puede nombrar sin que empiece a irse.
Hubo una noche, casi al final de julio, en que Sofía había entrado a dormir temprano porque le dolía la cabeza y los dejó solos en la oscuridad del jardín con el sonido del mar de fondo.
No pasó nada que no pudiera contarse, pero tampoco fue eso.
Mateo había dicho algo sobre las estrellas —algo más inteligente de lo que parecía, sobre cómo la luz que veían había viajado tanto tiempo que era casi una carta enviada desde otro siglo— y Valentina lo había mirado sin responder, porque la respuesta que tenía no era sobre las estrellas.
—¿En qué piensas? —preguntó él, después de un rato.
—En que me va a costar irme —dijo ella, y fue más verdad de lo que pretendía.
Mateo no respondió de inmediato. Miró hacia el mar, cruzó los brazos —ella ya sabía lo que eso significaba— y luego la miró a ella de una manera que Valentina guardó sin saber todavía que lo estaba haciendo.
—Entonces no te vayas —dijo, como si fuera simple.
No era simple. Valentina lo sabía y él también lo sabía, y ninguno de los dos movió eso de donde estaba, suspendido entre los dos como algo demasiado nuevo para tocarse.
Pero ahí quedó. Y ella se fue a dormir esa noche con la extraña certeza de que algo había comenzado, o estaba a punto de comenzar, o ya llevaba semanas comenzando sin que ninguno de los dos hubiera tenido el valor de decirlo en voz alta.
Eso fue lo que había. Eso fue lo que perdieron.
Valentina abrió los ojos en el presente y el cuarto de la pensión la recibió con su luz de media mañana y sus paredes que olían a humedad y a tiempo detenido.
Tenía el diario de Sofía sobre el pecho, cerrado, como si en algún momento de la noche hubiera decidido protegerlo o protegerse de él, no estaba segura de cuál.
Afuera, el puerto hacía sus ruidos de siempre: las gaviotas, las cuerdas de los botes, alguien que arrastraba algo pesado sobre los adoquines.
El verano anterior a la tragedia había sido el más hermoso de su vida.
Eso era lo que no había podido decirle a nadie en siete años.
Que había sido hermoso. Que todavía lo recordaba así.
No como una antesala del horror, sino como algo que había sido real y completo en sí mismo, aunque luego el mundo se hubiera encargado de borrarlo todo.
Se preguntó si Mateo también lo recordaba de esa manera, o si la memoria, igual que el mar, terminaba por cubrir con sal todo lo que alguna vez fue dulce.
Puso el diario sobre la mesita de noche con cuidado, casi con ceremonia, y se quedó mirando el techo un momento largo.
No había manera de devolverle a Sofía aquel verano.
No había manera de devolverle nada. Pero quizás, si tenía el valor suficiente para quedarse en esta isla, para no huir de nuevo, podría al menos dejar de traicionarla en lo único que aún era posible: en el recuerdo.
Recordarla entera. Recordarla viva. Recordarla como la chica que se había reído demasiado fuerte aquella tarde en el muelle y que no había necesitado explicar por qué.
Eso era lo que le debía.
No el silencio. No el olvido. No los siete años de distancia que había construido ladrillo a ladrillo para no sentir lo que ahora, con la luz entrando oblicua por la ventana y las gaviotas gritando afuera, sentía de todas formas.