La novia virgen del rey de la mafia (Serie Mafia Tirreno nº 1) Capítulo 35 MELINA
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Capítulo 35 MELINA

La tormenta tardó cinco días en desatarse. Como un temporal de verano, frentes fríos y cálidos que chocan, truenos y viento que lo desgarran todo.

Esa tarde, cogí mi teléfono móvil —un regalo de hacía unos días, que todavía estaba aprendiendo a usar— y me puse a revisar cotilleos. Siempre resulta interesante saber qué pasa con alguna actriz, o qué artista le ha puesto los cuernos a su mujer.

Nunca pensé que la esposa sería yo.

Sentada en el sofá, leí en grandes titulares la noticia de que habían visto al «empresario» Klaus Lazio con su cuñada en el centro comercial.

La foto de abajo fue como el golpe de gracia a todo ese dolor. Me sentí la persona más traicionada del mundo al ver la imagen de Melissa aferrada al brazo de Klaus mientras entraban en una joyería.

El texto, que decía poco y a la vez lo decía todo, informaba de que él le había regalado una pulsera con incrustaciones de diamantes valorada en varios millones.

—¿Melina?

Levanté la vista y me encontré con Giulia. Tenía las cejas arqueadas y me miraba confundida.

Así que le tendí el teléfono. Giulia leyó la noticia con expresión indescifrable, y cuando me lo devolvió, dijo:

—Seguramente no es lo que parece. Estoy segura de que Klaus tiene una explicación.

—Mi hermana quiere ser su amante —señalé.

—Tu hermana es exactamente el tipo de persona que Klaus desprecia. Se parece mucho a la madre de Emma en su forma de ver el mundo, de tratar a la gente. Esa mujer veía a todos y a todo como mercancía, solo pensaba en dinero y beneficios. Klaus odia a la gente así.

Intenté levantarme, pero volví a hundirme al instante; se me nubló la vista, como si me hubiera bajado la tensión. Poco después sentí que me subían las náuseas y tuve que llevarme la mano a la boca para no vomitar.

—¿Estás bien? Voy a llamar a Klaus —dijo.

No tardaron en aparecer el mayordomo, Ângelo, y el jefe de seguridad, Carlo, que me ayudaron a volver a mi habitación. Emma entró poco después con una infusión de manzanilla. Les di las gracias a todos y pedí que me dejaran sola.

Tenía el alma cargada de dolor. La verdad era que no confiaba realmente en mi marido, apenas lo conocía, y él guardaba secretos que aún no me consideraba digna de conocer.

Fuera, la luz del sol empezaba a desvanecerse.

Cerré los ojos y contuve las lágrimas mientras veía a Melissa conseguir exactamente lo que quería, una vez más.

Y esta vez era peor. No me estaba quitando un vestido, ni el amor de mis padres.

Me estaba quitando a la única persona con la que había sentido conexión en toda mi vida.

—Esto es ridículo —afirmó Klaus mientras leía el artículo en su teléfono—. Los obligaré a retirarlo. Melissa es una zorra, de verdad... Seguro que ella misma avisó al tabloide para que publicaran el cotilleo.

—No creo que el cotilleo sea el problema —señalé—. ¿Por qué le haces regalos?

Me miró como si no pudiera creer lo que le preguntaba.

—Por ti, obviamente.

No había nada obvio en aquel gesto. Aparté la mirada del hombre del traje oscuro, vestido y arreglado a la perfección, como siempre, incluso cuando trabajaba desde casa o salía a ocuparse de algo en la ciudad.

—Melissa es una mujer exigente. Quiere coches, quiere joyas...

De lo contrario, vendrá aquí a molestarte.

Me lo dejó muy claro. Sinceramente, puedo hacerle regalos si con eso la mantengo tranquila.

O puedo matarla, pero supuse que no querrías que matara a tu hermana, a pesar de la rivalidad entre vosotras.

—Nunca hubo rivalidad —señalé—. Melissa siempre lo tuvo todo. Yo siempre fui la apartada.

—Melina —murmuró con un suspiro—. No me estoy acostando con tu hermana, a pesar de lo que insinúa esa web.

—Dicen que se queda en uno de tus áticos del centro.

—Eso es cierto. Pero se queda allí sola. Me pidió la llave y se la di, porque no he vuelto a pisar ese sitio desde que me casé contigo, y no pienso llevar nunca a mi esposa a un lugar donde solía llevar prostitutas. Venderé ese edificio.

Cada vez que hablaba, parecía tratarme con verdadero respeto.

Parte de mí insistía en que Klaus estaba esforzándose por mí como nunca antes, y que debería estarle agradecida.

Pero la verdad era que, incluso con una explicación, seguía sintiendo tanto dolor al imaginarlo con otra mujer, especialmente con mi hermana.

¿Serían esto... celos?

—Giulia me ha dicho que te has sentido mal al leer la noticia. ¿Quieres que llame a un médico?

Su pregunta interrumpió mis pensamientos.

—No. Ya me encuentro mejor. Solo me bajó la tensión, nada más.

Se sentó a mi lado en la cama y me tomó la mano.

—Tengo que viajar esta noche, Melina. Matteo vendrá a recogerme sobre las nueve. Lo siento, pero es necesario. Debo inspeccionar personalmente un envío que va a Europa.

Asentí, consciente de que no tenía sentido protestar. Pareció satisfecho y añadió:

—Esposa... ¿te gustaría cenar en la habitación?

De repente, una oleada de calor me recorrió todo el cuerpo, algo que no esperaba, como si mis hormonas hubieran estallado en chispas ardientes que me abrasaban la piel, que hacían palpitar todo mi cuerpo, que hacían que el coño me temblara de deseo.

Deslicé la mano por su muslo, ascendiendo hacia el bulto de sus pantalones. Klaus parecía tan sorprendido por mi reacción que ni siquiera se movió. Pero no podía estar más sorprendido que yo misma.

—Quizá prefiera comerte a ti.