Capítulo 23 KLAUS
—¿Emma no ha salido de su habitación? —le pregunté a Giulia, que se acercaba a la mesa con pasos lentos.
—No. La criada le subirá el almuerzo.
Giulia se sentó dos sillas más allá de mí. Siempre se había sentado a mi derecha, desde que murió mi padre, y yo daba por hecho que seguiría disfrutando de ese lugar, pero entonces recordé que el asiento ahora le pertenecía a Melina, y me sorprendió un poco lo que eso despertó en mí.
Ahora tenía una esposa, la mujer a la que había jurado ante Dios y el sacerdote cuidar hasta el final de mis días. Era una extraña sensación de pertenencia.
Hasta ahora, Melina no se había unido a nosotros a comer ni a cenar, y yo había respetado su decisión de encerrarse en su habitación, pero como hoy había salido a ver el lago, y como ya había conocido tanto a Giulia como a Emma, pensé que era hora de que empezara a compartir las comidas con nosotros.
Vi a Matteo coquetear con Giulia, como siempre. Lo ignoré, sabiendo que era inofensivo, que no representaba ninguna amenaza real para ella. Mi atención estaba puesta en otro sitio. En la esposa a la que había pedido a Mia que avisara para que bajara a almorzar con nosotros.
¿Se negaría Melina?
Había insinuado dos o tres veces que creía que Giulia y Emma eran mis amantes.
Era lo que todos creían, y me gustaba que lo creyeran, porque aunque las dos fueran objetivos, no serían los objetivos principales.
Los hombres del Tirreno consideraban a las amantes desechables, así que las dos gozaban de un mínimo de libertad, siempre que la gente diera por hecho que solo me acostaba con ellas.
Pero la idea de que Melina creyera eso me molestaba. Y sin embargo, ¿cómo podía explicárselo? ¿Cómo iba a saber si era lo bastante digna de confianza para contarle la verdad? Podría traicionarme, y eso podría costarle la vida a las personas que más me importaban.
De repente, vi aparecer una figura esbelta en el umbral. Matteo se puso de pie respetuosamente, y yo hice lo mismo, como dictaba el protocolo cuando una esposa entraba en la estancia. Incliné la cabeza hacia ella y retiré la silla a mi derecha para que Melina se sentara.
Olía de maravilla. Había dejado un frasco de L'Interdit de Givenchy en su tocador el día antes de que viniera a vivir a esta casa. Había sido el perfume favorito de mi madre, y pensé que mi esposa también podría llevarlo, compartiendo así algo con la mejor persona que había conocido.
A mi madre le habría encantado Melina. Casi podía ver el parecido entre ellas: la dulzura en la mirada, esa sinceridad que le impedía ocultar lo que sentía.
Mi padre era un hijo de puta por hacer sufrir tanto a mi madre.
Mamá murió a los cuarenta y siete años, demasiado joven, de depresión.
Básicamente se consumió, y mi padre ni siquiera se dio cuenta, demasiado ocupado viajando a Milán con su última amante.
En su funeral, había tenido el descaro de decirme que ella había sido la única mujer a la que había amado. Me pregunté cómo un hombre podía amar a una mujer y hacerla sufrir tanto, pero nunca se lo planteé, porque me habían criado desde niño para no cuestionar jamás.
—Melina, este es Matteo —le presenté a mi amigo.
—Tu esposa es deslumbrante —dijo con todo su encanto, y me dieron ganas de clavarle un cuchillo donde no da el sol a ese italiano desvergonzado.
Pero no podía negar que era verdad. Llevaba un vestido multicolor con encaje blanco que le favorecía el escote. Era tan delicada, tan perfecta, y eso mismo disimulaba lo sensual que era. Parte de mí se tensó al pensar en lo tentadora y excitante que estaba desnuda, retorciéndose debajo de mí.
—Gracias —respondió ella, mientras el rubor se extendía por sus mejillas.
—Eres un hombre afortunado, Klaus.
—Lo sé.
Me senté a la cabecera de la mesa, esperando a que sirvieran el almuerzo. Nuestras comidas en casa siempre eran sencillas: cocina italiana, vino de calidad producido en las colinas. Cuando la criada entró con la primera bandeja, la risa de Giulia me distrajo de la comida.
—¿Qué? —pregunté, al captar el intercambio de susurros entre la morena y Matteo.
—Giulia ha dicho que Melina también tiene suerte, porque la belleza es cosa de familia y tú eres muy guapo —informó Matteo, y supe que Melina solo entendería la mitad de la broma.
—Ignóralos —le dije a mi esposa.
Bajo la mesa, llevé la mano a su pierna. El satén del vestido se sentía fresco al tacto. Solo pretendía consolarla, pero tocarla me encendió sin más, ya que había pasado más de un día desde que la había tenido.
Melina era como una adicción. Pasar la noche con Emma me había costado la oportunidad de disfrutar de mi propia esposa.
Quería arrastrarla directamente a la habitación y hacerle el amor en ese mismo instante, pero aún tenía demasiadas cosas que atender ese día, y todas mis fantasías con ella tendrían que esperar.
—¿Cuándo os vais de luna de miel? —preguntó Matteo.
El modo en que se le sonrojaron las mejillas ante la pregunta hizo que se me endureciera la polla.
—Todavía no lo sé.
—Seguro que Matteo puede encargarse de todo, para que puedas llevarte a tu esposa de viaje —insistió Giulia.
Melina permaneció completamente callada, como si no se atreviera a opinar, así que la hice partícipe de la conversación.
—¿Qué piensas? ¿Te gustaría viajar?
—Yo... —tartamudeó—. No lo sé.
—¿No lo sabes?
—Nunca lo he pensado.
Podría haber insistido más, pero veía lo incómoda que estaba al tener que responder delante de los demás. Melina era muy tímida, no estaba acostumbrada a la presencia efusiva de Matteo. Así que le di otro ligero apretón en la pierna para reconfortarla de nuevo.
Era como si quisiera decirle que todo estaba bien. El modo en que se le iluminaron los ojos al mirarme me golpeó en el pecho como un martillo, tan fuerte que dolió. Retiré la mano y aparté la mirada, centrándome en el plato que acababan de servirme.
No estaba acostumbrado a ese tipo de reacción. Ni de ella, ni de mí mismo. Me daba un miedo de muerte.