Capítulo 13 MELINA
La puerta del dormitorio se abrió y miré a Klaus mientras entraba, con el rostro inescrutable. Era extraño pensar en él así ahora: no como mi prometido, no como mi futuro marido, sino como mi esposo.
Según mamá, ahora debía llamarlo «mi señor» o «mi esposo» cuando le hablara. Se esperaba de mí que dejara claro que le pertenecía.
Estaba solo. Me pregunté qué habría sido de la amable rubia y cuál era realmente su relación con Klaus, pero, sinceramente, apenas importaba.
Conocía mi lugar en esta familia. Que me hubiera mentido, que me hubiera poseído la noche antes de nuestra boda, no cambiaba nada: Klaus tenía la novia virgen que siempre había querido.
Mi destino estaba sellado. Sería, en efecto, su esposa perfecta, la madre de sus hijos, la mujer en las sombras, destinada a verlo disfrutar al lado de otras mujeres mientras yo criaba a sus descendientes.
Se acercó. Ya se había quitado el esmoquin negro de la ceremonia.
Ahora solo llevaba los pantalones de vestir y una camisa blanca, cuidadosamente arremangada hasta los antebrazos.
Klaus me estudió durante unos segundos antes de levantar la mano y tocarme la barbilla. La garganta me ardió y quise llorar.
—¿Señor? —Mia captó su atención—. Quizá convendría llamar a un médico.
Miró a la criada, que estaba junto a la entrada del baño.
—¿Un médico? —Los ojos de Klaus volvieron hacia mí—. ¿Te duele algo?
Me arriesgué a mirarlo, sopesando respuestas plausibles. Siempre me dolía algo. Ya estaba acostumbrada.
—No hace falta un médico —dije.
—De todos modos, haré que venga uno a examinarte mañana —me contradijo. Si ya lo había decidido, ¿para qué molestarse en preguntar?—. Mia —se volvió hacia ella—. Los Fiorin se van. Quiero que digas al personal que recoja sus cosas y los eche de aquí cuanto antes.
—¿Y la fiesta?
—La fiesta sigue para mis hombres y sus familias. Los Fiorin ya no son bienvenidos.
La forma en que lo dijo me provocó un escalofrío. Pensé inmediatamente en Marco, pero tenía miedo de preguntar qué le había hecho a mi primo. No conocía a Klaus Lazio lo suficiente como para saber si toleraba las preguntas.
—Sí, señor Lazio —Mia inclinó la cabeza y salió de la habitación.
Se hizo un breve silencio. Todo el cuerpo me ardía de nervios. Ya no llevaba el vestido de novia; ahora vestía una bata de felpa, y sabía que mi cuerpo no se veía bajo la tela, pero me sentía desnuda ante su mirada.
Era nuestra noche de bodas. Klaus reclamaría lo que se le debía. No se había contenido la noche anterior y, para mi vergüenza, parte de mí incluso deseaba repetir aquello. Aun así, tantas otras cosas me pesaban. La preocupación por el futuro, especialmente por la vida de Marco.
—¿Mi primo? —Reuní el valor para murmurar esas dos palabras.
Todas las demás preguntas quedaban aplastadas bajo ellas, en mi corazón.
—Está vivo, si es eso lo que te preocupa.
Casi me dejé caer de rodillas ante él para agradecerle su misericordia.
—¿Y mi familia?
—Tu padre se atrevió a hacerte daño, aun después de que dejara claro que ya no le perteneces. Normalmente no tolero la desobediencia, pero esta noche haré una excepción, porque no quiero empezar un matrimonio matando a toda la familia de mi esposa.
Asentí. No sabía qué sentir al respecto. Parte de mí quería que mi familia sufriera por todo lo que me habían hecho. Otra parte se empeñaba en seguir queriéndolos, especialmente a mamá, a quien siempre había querido tener cerca.
—Gracias, esposo mío —murmuré.
Volvió a deslizar la mano por mi rostro, y sus dedos me sujetaron de nuevo la barbilla. Me la levantó, obligándome a mirarlo. Algo volvió a arder en mí y apreté los muslos, intentando contener aquella poderosa sensación que se apoderaba de mí.
—Relájate, esposa mía —dijo, y jadeé ante el calor de su voz—. Sabes, Melina... me tienes fascinado. Tan hermosa, tan inocente. Parte de mí solo quiere hundirse en ti y olvidar toda esta mierda del Tirreno: honor, negocios, poder. Pero la otra parte...
¿La otra parte, qué?
—Ah, Melina... sigo preguntándome por qué tus padres te vendieron a los míos.
Claro, no soy idiota, sé que hay mucho poder en juego.
Que los Fiorin quieren la ventaja de tener a una de vosotras en mi casa, mantenida por nosotros.
Pero aún me pregunto si eso es realmente todo.
Tu padre, cómo me desobedeció esta noche...
Demuestra que no me tiene respeto ni miedo.
Una de las cosas feas de la ambición es que nunca se satisface. Siempre exige más y más. ¿Lo entiendes?
No. Sinceramente, yo me habría conformado con que simplemente no me pegara. Solo con eso habría estado agradecida. En cuanto al lujo y el poder que Klaus Lazio podía ofrecerme... habría vivido mucho mejor en la pobreza, con amor.
El amor era lo único que siempre había querido en la vida. El amor de mi madre, el de mi familia, el de un esposo. Solo quería que la gente se preocupara de verdad por mí. ¿De qué servían los vestidos hermosos o beber en copas de cristal si las personas a mi alrededor ni siquiera me querían?
—Mi hermana... —las palabras se me escaparon antes de pensarlas siquiera—. Mi hermana insinuó que podrías llevártela a vivir a Suiza.
—¿Tu hermana quiere ser mi amante? —Pareció sorprendido—. Melissa es muy guapa, pero no la quiero.
—¿Porque ya tienes muchas amantes? —No sé por qué quería saberlo, pero así era.
Una sonrisa burlona le cruzó el rostro, y entonces se inclinó y me besó. El gesto me sorprendió, aunque sabía que era natural que me besara, puesto que era mi esposo.
—Las mujeres que yo tenga no son asunto tuyo —me advirtió, y no supe qué pensar.
Que un hombre del Tirreno tuviera amantes era natural, incluso deseable, pues así dejaría a su esposa en paz. Pero un dolor abrumador se apoderaba de mí cada vez que lo imaginaba con otras mujeres. Quizá incluso con aquella rubia de esta noche.
—La chica que me rescató en la fiesta —señalé—. ¿Cómo se llama?
—Emma.
—Giulia y Emma son muy amables.
De pronto, recordé la advertencia que me habían hecho. Ya sabía que dos amantes de Klaus vivían en la casa. Me habían asegurado que me respetarían, y Emma realmente había sido amable conmigo, pero solo pensar en tener que convivir con sus amantes me angustiaba tanto que estuve a punto de llorar.
—¿Emma es tu concubina?
—Melina, ya te dije que no es asunto tuyo.
—Solo quería saber...
Las lágrimas me brotaron de los ojos.
Era tan humillante.
—Lo único que necesitas saber es que Emma tiene mi absoluta confianza.
—¿Y Giulia también?
Recordé el otro nombre.
Arqueó las cejas.
—¿Alguien te ha hablado ya de ellas?
—Sí. ¿Está prohibido?
—Giulia y Emma cuidaron de ti —me aseguró.
—Pensé que era Mia quien lo hacía.
Una risa traviesa escapó de sus labios. Creo que reconocía en mí un sentimiento que ni siquiera yo sabía nombrar. ¿Celos, tal vez?
—Sí. Giulia y Emma tienen mi absoluta confianza —repitió, recalcándolo—. Y cuidarán de ti en todo lo que necesites. Mia también. Y eso es todo lo que te incumbe.
De pronto, se arrodilló frente a mí. Sus manos se deslizaron por mis muslos y me levantaron la bata. El aire desapareció de mis pulmones, porque no esperaba ese movimiento, y porque el calor era tan intenso que me sentía arder.
—No tienes que temerme, esposa mía. Nunca te haré daño.
Sonaba como una promesa tan dulce. Debería aceptarla. Era más de lo que había tenido en toda mi vida. Sí, viviría con sus amantes cerca, pero me estaba diciendo que nunca levantaría la mano contra mí. Podía soportar a las amantes, pero que me golpeara... eso sí era aterrador.
Eso es. Aceptaré mi destino.
Y sin embargo, me descubrí retrocediendo, alejándome de él en dirección opuesta a la cama. Una parte de mí exigía saber qué demonios estaba haciendo, pero otra me decía que debía insistir en que echara a sus amantes.
Porque... quería ser su única mujer. Y quería que fuera solo mío. Era una tontería pensar así, pero eran sueños que había guardado en lo más profundo de mi alma, desde que leía las novelas de Açucena o veía telenovelas.
Solo tontos sueños de niña...
De pronto, sentí su mano en mi cintura. Klaus me atrapó y me atrajo hacia él. Estaba de espaldas, y podía sentir su erección contra mi trasero, su boca pegada a mi cuello.
—¿Cómo tienes los moratones del estómago? ¿Todavía te duele?
—Un poco —respondí.
Había otro tipo de dolor en mi pecho. Pero ese no sabría cómo expresarlo.
—¿Por qué me dejaste creer que eras un guardia anoche? —me atreví a preguntar.
—Fue divertido ver tu cara cuando me viste en el altar —se rio mientras su boca volvía a deslizarse por mi cuello—. ¿De verdad pensaste que cualquier guardia se atrevería a tocar a mi prometida?
—Melissa dijo que ningún hombre rechaza a una mujer que se ofrece.
—Tu hermana sobreestima la importancia del sexo —me recorrió el cuello con la lengua y luego la presionó contra mi oído.
Se me aflojó todo el cuerpo y no pude contener un gemido desesperado—.
Aunque tú, Melina... Me encanta cómo tu cuerpo parece suplicar que te folle.
Ah, tu cuerpo es mío, Melina. Tu alma es mía.
—Para darte hijos —concluí, porque esa era la única razón por la que estaba aquí.
—Sí. Eso no tiene por qué dejar de ser placentero.
Puedo ser un esposo cariñoso y darte mucho placer de paso.
Pero necesito hijos, porque necesito que el legado de mis ancestros continúe.
Verás... los Lazio han controlado el Tirreno desde la Edad Media.
Nos da poder y muchísimo dinero, pero si decidiera abandonar todo eso, dejar que nuestro legado desapareciera...
¿Crees que podría alejarme de una mafia sin más?
Me matarían por traición. Tengo la lealtad de mis hombres mientras me mantenga fuerte y decidido.
Mi padre siempre me lo enseñó, y lo necesito, porque tengo mucho que proteger. La vida no es fácil, Melina.
Eso ya lo sabía.
—Ahora vayamos a la cama, esposa mía. Me muero por volver a tener este coño en mis labios...
No había escapatoria de ese deber. Así que asentí y lo seguí a la cama.