La novia vengadora del rey mafioso (Serpe Rossa Mafia nº 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

ARLO FITZGERALD

—Buenas tardes, señor —me saludó Isabel en cuanto entré en la casa.

—Buenas tardes. ¿Está todo bien en casa?

—Sí. Todo está en perfecto orden. Pero el señor Fitzgerald le pidió que fuera directamente a su habitación.

—Eso tendrá que esperar.

—Señor, dijo que es urgente.

—De acuerdo. ¿Sienna está en la habitación?

—Sí, señor.

—Bien. Iré a ver a mi padre entonces. Gracias.

Asintió y se apartó, dándome espacio. Llamé a la puerta de papá y esperé a que me diera permiso para entrar. Estaba de espaldas a mí, mirando por la ventana.

—¿Qué hay tan urgente, papá? Dime que han encontrado a Spyder.

—Ojalá fuera eso.

Se volvió y me miró fijamente. Tenía esa expresión que odio: la de alguien a punto de soltar una bomba a mis pies.

—Siéntate, hijo.

—No quiero sentarme, papá. Si vas a darme malas noticias, suéltalo de una vez. Me has contado tantas mentiras que ya estoy curado de espanto. ¿Cuál es la nueva?

Se sentó en un sillón, manteniendo cierta distancia.

—Esta vez no es una mentira, sino una confesión. Sobre Sienna.

—¿Qué pasa con Sienna? ¡Solo dilo!

—Como sabes, Beatrice es la madre de Sienna.

—Eso es lo que dice el ADN. Pero si crees que voy a aceptar a esa mujer, estás muy equivocado.

—Lo sé muy bien, Arlo. Estás obsesionado con Sienna, desde antes de que supiéramos quién era. Pero Beatrice es su madre y tiene derecho a estar cerca de su hija.

—Eso no me corresponde decidirlo. Lo decidirá Sienna.

—De acuerdo.

Levantó las manos en señal de derrota.

—Pero no es de eso de lo que quiero hablarte, sino del padre de Sienna.

Ese tema me puso en alerta. Ya había pensado en pedirle a Raruk que recopilara información al respecto.

—Entonces, ¿sabes quién es?

Esbozó una sonrisa ahogada.

—Como sabes, conocí a Beatrice hace años, cuando tu madre aún estaba viva.

Ese tema me revolvió el estómago y quise gritarle que no empezara con esa mierda. Decidí sentarme en el borde de la cama, porque algo me decía que la conversación iba a ser horrible.

—Beatrice era joven y necesitaba ayuda, así que me ofrecí a cuidar de ella.

—Ve al grano, papá. No quiero oír tu mierda con Beatrice —dije irritado.

—Nos enamoramos y tuvimos una aventura mientras tu madre aún estaba viva.

Apreté los puños a los costados, sintiendo que la rabia se apoderaba de mí.

—Eres un maldito mentiroso, Gerald. Lo negaste, pero siempre lo supe.

—No estoy orgulloso de ello, hijo. Pero es el pasado.

—¿El pasado? Convertiste a esa puta en la señora de la casa.

—Entiendo tu enfado, pero eso no ayudará ahora, Arlo. Tengo algo mucho peor que decirte.

—¡Solo dilo!

Me levanté, gesticulando con rabia.

—Ya estoy harto de este tema.

—Lo que quiero decir es que de mi relación con Beatrice nació una hija. Tenemos una hija.

—¿Una hija? ¿Una maldita hija? Debes estar bromeando.

Me tiré del pelo, gesticulando con rabia.

—No me lo creo, joder. ¿Y dónde está esa supuesta hija?

Papá guardó silencio, pero ese era el problema. Su silencio decía más de lo que quería oír.

—No. No. No. No lo hiciste...

Retrocedí, apoyándome en la cama.

—Soy el padre de Sienna, hijo —pronunció las palabras como si fuera algo natural, común. Pero no lo era, joder, no lo era.

Me dejé caer sobre la cama y me llevé la mano a la cara. Mi mente no podía asimilar lo que había dicho, pero sabía que era una mierda.

—No. Estás loco, papá. Eres un maldito mentiroso. Esto solo puede ser...

Empecé a reír nerviosamente y hundí la cabeza entre las rodillas.

—Esto solo puede ser una broma.

—Hijo...

Papá se levantó y me puso las manos en la espalda.

—No bromearía con algo tan serio.

—¿Siquiera entiendes lo que estás diciendo? Que Sienna es tu... No, eso no es posible. ¿Cómo puedes estar seguro de esto? ¿Te lo dijo esa puta? Porque es una mentirosa.

—No son solo palabras. Hice una prueba de ADN, Arlo. Estoy seguro. Sienna... es mi hija. Cálmate y te mostraré la prueba.

—¿Calmarme?

Lo miré con incredulidad.

—¿Cómo quieres que me calme? ¿Cómo puedes inventarte una mentira así, papá?

—Ya te dije que no es una mentira y puedo probarlo. Sienna es tu hermana.

—¡Cierra la boca!

Me levanté de la cama, alejándome de él.

—¿Qué vas a decirme ahora, que no soy tu hijo? Porque estás diciendo que me acosté con mi hermana. ¿Tienes idea de lo asqueroso que es eso?

—Hijo, lo siento, pero no sabía quién era ella cuando te casaste.

—¡Cierra la boca, Gerald! ¡Que te jodan! ¡Te odio! —Tiré todo lo que había en su mesita de noche al suelo mientras gritaba de rabia.

—Arlo, cálmate...

—No me hables —rugí, señalándolo—. Eres un miserable, papá. Un mentiroso. No te creo.

Volqué el sillón con rabia y fui hacia su mueble de whisky. Golpeé el maldito cristal y me corté la mano, pero no me detuve. Destrocé todas las botellas con rabia, golpeé el mueble hasta que mi mano quedó en carne viva. No podía ver nada frente a mí, solo la rabia que me impedía respirar.

¿Es esto posible? ¿Papá inventaría algo tan vil para destruir mi vida?

Me giré hacia él y retrocedió. Dos guardias de seguridad entraron en la habitación y papá levantó la mano para que se mantuvieran alejados.

—¡Eres un cabrón! —me acerqué a él, señalándole la cara—. Cuando descubra que esto es mentira, nadie te va a salvar, joder.

—No es mentira, Arlo. Y ya he dicho todo lo que tenía que decir. Me da igual si te lo crees.

—¡Cierra la boca! Mentiroso. ¡Maldito seas!

—Soy tu padre, Arlo. Recuérdalo —dijo en tono de advertencia.

—Y una mierda lo eres. Te odio a ti y a tus mentiras. Destruiste mi vida. Destruyes las vidas de todos tus hijos, papá. Uno por uno. Vas a acabar solo, pudriéndote en el infierno.

Me di la vuelta y arranqué las cortinas, los jarrones. Destrocé todo lo que vi frente a mí. Era eso o cometer un acto hostil contra mi propio padre.

No podía respirar, mi mente era un torbellino de información y pensamientos. No podía procesarlo. Solo sentía un dolor intenso en el pecho, una rabia. Tiré de la parte superior de mi camisa y los botones salieron volando. Miré a mi padre, que parecía asustado. Vi el horror en sus ojos.

Incapaz de mirarlo más, salí de su habitación, dejando un rastro de sangre de mi mano cortada. Dos guardias de seguridad más venían por el pasillo.

—Señor, ¿qué ha pasado?

No respondí, solo caminé hacia la salida. Quería huir, pero me detuve cuando vi a Sienna corriendo desde el lado opuesto. Me apoyé contra la pared mientras la sangre manchaba la pintura blanca. No podía respirar, así que tiré de mi camisa hasta que la parte delantera se rasgó.

—¡Dios mío, Arlo! —Sienna me tocó, pero me aparté. No podía dejar que me tocara—. ¿Qué ha pasado? Mira tu mano. ¿Qué has hecho? —Me cogió la mano, pero le agarré la muñeca.

—Por favor, vete —murmuré.

—¿Qué? Estás herido. Déjame ayudarte. Vamos a la habitación, traeré un botiquín.

—No...

—Arlo, estás herido.

—¡He dicho que no! —grité, sujetándole la muñeca con firmeza—. Necesito que te alejes ahora mismo y entres en la habitación, ¿entendido?

Me miró confundida, pero no pude sostenerle la mirada. No podía quedarme cerca de ella en ese momento. La aparté a un lado y me arrastré hacia las escaleras.

—¡Arlo! —gritó Sienna, que venía detrás de mí.

—¡Sienna, ahora no! —grité, y se detuvo. Se quedó allí mientras yo bajaba las escaleras.

Sentía tanto dolor, tanta rabia. Un torbellino de sentimientos me ardía en el pecho.

Si lo que dijo mi padre es verdad, ¿qué voy a hacer? ¿Cómo voy a vivir sin Sienna? No, no puedo vivir sin ella.

En cuanto bajé las escaleras, vi a Beatrice. Fui hacia ella. Gritó y se escondió detrás de una empleada. Pero tiré de ella, la agarré del cuello y la empujé contra la pared.

—Arlo —jadeó, sin aliento—. Por favor...

—Dime que papá está mintiendo, que Sienna no es mi hermana —sus ojos se abrieron de par en par mientras me arañaba la mano. Tenía la cara roja y casi se quedaba sin aire cuando aflojé el agarre. Tosió—. ¡Dilo, puta! ¡Dime que esto es mentira! —grité y la empujé por el cuello contra la pared.

—L-lo siento, Arlo... Pero es verdad —ni siquiera parpadeó al decirlo.

—Mentirosa —la empujé y retrocedí. Cayó al suelo llorando.

—Señor, ¿está todo bien? —preguntó Arturo mientras se acercaba a mí.

—¿Dónde están las llaves del coche, Arturo?

—Venga, yo le llevo —me sujetó y me sacó de la casa.

—¡Arlo! —gritó Sienna detrás de mí, pero no pude mirarla—. ¡Soltadme! —gritó, y vi que Beatrice estaba a su lado, sujetándola.

Arturo me metió en el coche y me dejé caer en el asiento. Estaba sudando y jadeando. No podía respirar.

—¿Adónde vamos, señor? —preguntó Arturo.

—Llévame a... —Se me oscureció la visión, me dolía el pecho. Por un momento, pensé que de verdad me estaba dando un infarto.

—¿Señor?

—Al hospital —fue lo último que dije antes de desmayarme en el asiento trasero del coche.