Capítulo 36
SIENNA FITZGERALD
Me sentía en paz con la cabeza apoyada en el pecho de Arlo mientras observaba la ciudad a través de la ventanilla. Habían sido dos días interesantes en casa de su tío, pero ahora regresábamos a la realidad y Arlo había vuelto a quedarse callado.
—¿Quieres hablar? —pregunté mientras le dibujaba círculos en el pecho. Arlo me tomó la mano y se la llevó a los labios para besarla.
—Todo está bien. Solo estoy pensando en las decisiones que voy a tomar.
Levanté la cabeza para mirarlo.
—¿Qué decisiones?
—Iba en serio con lo de irnos de la mansión, Sienna. Solo nos quedaremos unos días, hasta que encuentre un lugar seguro para los dos.
—¿Por qué tanta prisa? ¿Hay algo que deba saber?
Arlo parecía un poco nervioso, pero enseguida el coche llegó a la mansión y nos bajamos. No me soltó la mano mientras entrábamos en la casa. Su padre estaba en la terraza y lo saludó con un gesto.
—Tengo que ver qué quiere papá. Sube a la habitación, ¿vale? Coge el teléfono, marca el cinco y pídele a Isabel que nos prepare la cena en la habitación.
—Vale, pero ¿pasa algo que deba saber?
—No es nada, Sienna. Son tonterías de mi padre. —Me besó en la mejilla.
Fui rápidamente hacia la habitación y vi a Beatrice, que venía por el pasillo. Me miró, sonrió y me atrajo hacia ella en un cálido abrazo. Era extraño lo bien que me hacía sentir. Era como estar en casa.
—Sienna. Te he echado de menos, cariño. ¿Cómo estás? ¿Qué tal el viaje? Oh, perdona. Tantas preguntas. —Sonrió—. Deja que te acompañe a tu habitación y hablamos por el camino.
—Estoy bien, Beatrice. El viaje fue bien. ¿Y tú qué tal?
—Bien, gracias por preguntar. Te esperaba con impaciencia; os vi llegar desde mi habitación. Haré que pongan la mesa para la cena. Esta noche cenarás con nosotros.
—No, en realidad Arlo y yo vamos a cenar en la habitación.
—No, cariño. Esta noche hay una cena familiar importante. Tienes que bajar.
Estudié su rostro; su expresión era seria. Me tomó las manos.
—Hoy tengo que decirte algo importante, Sienna. No dejes que Arlo te convenza de no venir a cenar. Tienes que bajar.
Parecía nerviosa.
—De acuerdo, pero ¿qué pasa?
—Ya lo descubrirás, cariño. Pero tienes que venir, ¿entendido?
—¿Qué tiene que hacer mi esposa, Beatrice? —Arlo apareció detrás de ella y se colocó a mi lado—. No vamos a ir a tu estúpida cena, y ¿sabes qué?, esta noche nos vamos a un hotel.
—No lo harás, Arlo. Sabes que no puedes apartarme de Sienna. Sabes que tiene que conocer la verdad.
—No te atrevas... —Arlo levantó la mano hacia ella, pero Beatrice no se inmutó. Alzó la barbilla y le sostuvo la mirada.
—He estado con hombres mucho peores que tú, hijastro. Te va a hacer falta mucho más para asustarme.
—Arlo, basta. —Le agarré el brazo—. ¿De qué estáis hablando vosotros dos?
—No es nada, Sienna. Entremos. —Me agarró, casi levantándome del suelo, y me metió en la habitación de un empujón. Cerró de un portazo.
—¿Qué haces? ¡Suéltame! No seas tan bruto. ¿Por qué le has cerrado la puerta en las narices a tu madrastra?
—Esa mujer es una plaga en mi vida. Desde que llegó, me ha hecho la vida imposible. Y ahora quiere apartarte de mí. Pero no lo voy a consentir, Sienna. No puedo soportarlo. —Arlo se tiraba del pelo, angustiado. Estaba asustado, pero yo no entendía por qué.
—¿Qué está pasando, Arlo? ¿Qué tiene que decirme Beatrice?
—No puedes creer nada de lo que diga, Sienna. Esa mujer... ella... quiere apartarte de mí.
—¿Y cómo iba a hacer eso?
—Inventándose mentiras, ¿es que no lo entiendes?
—Pues no. Sé que la odias, pero está claro que los dos me estáis ocultando algo y quiero saber qué es. —Fui hacia el vestidor y abrí uno de los armarios. Arlo me siguió.
—¿Qué dices? ¿No has entendido lo que te he dicho? Esa mujer es una mentirosa.
—¿Y tú, Arlo? ¿Qué me ocultas para estar tan alterado?
Resopló y se llevó las manos a la cara.
—Voy a ir a esa cena —dije con firmeza—. Da igual lo que digas.
—Sienna, escúchame...
—No, Arlo. Soy adulta y tomo mis propias decisiones. Y a menos que te vuelvas loco y decidas encerrarme en esta habitación, voy a ir a esa cena.
Arlo gruñó y golpeó la puerta del armario. Pero su arrebato no iba a convencerme. Sabía que me estaban ocultando algo y quería saber qué era.
En el fondo, sabía cuánto quería Arlo a su familia; era un sentimiento genuino.
Lo había visto cuando estuvo con su hermano en el club, la desesperación en sus ojos mientras intentaba convencer a Archie de que volviera a casa, el miedo a que estuviera en peligro.
El dolor que sintió por haber pegado y echado a Aryan.
Pero con Beatrice, solo veía odio. Un odio que parecía que nunca iba a remitir y que solo crecía con el tiempo.
Pero yo no. Al contrario, sentía cierto afecto por ella y no podía fingir lo contrario solo para complacerlo. No quería que Arlo se distanciara de su familia por mi culpa, así que quizá podríamos suavizar la situación si me adaptaba.
Pero cuando nos sentamos a la mesa, no parecíamos una familia sino enemigos negociando un acuerdo. Con pocas palabras, Beatrice pidió que sirvieran la cena, pero yo estaba tan nerviosa que la ensalada me resultaba imposible de tragar.
—¿Qué tal el viaje? ¿Adónde fuisteis? —preguntó Beatrice, por hacer conversación.
—A casa del tío Theodore —respondió Arlo, y su padre lo miró con enfado.
—No me puedo creer que lo digas así, Arlo —dijo Gerald con brusquedad.
—Yo no me peleé con el tío Theo, fuiste tú, papá. Y sí, Archie está bien.
—¿Lo viste?
—Sí. Puede que vuelva a casa.
El ceño fruncido de Gerald se suavizó un poco, y pude ver una mirada casi emotiva en sus ojos durante el breve segundo en que me miró.
—Eso es bueno, ¿no? La casa estará completa con Archie —dijo Beatrice, fingiendo entusiasmo, pero vi que le temblaba ligeramente la mano. ¿Qué estaba pasando aquí?
—¿Qué ibas a decirme, Beatrice? —pregunté directamente, mirándola.
—Sienna... —comenzó Arlo, pero lo silencié con una mirada.
—Sea lo que sea, quiero saberlo.
—Dilo, Beatrice. Tiene derecho a saberlo —insistió Gerald. A esas alturas, yo temblaba tanto como Beatrice, imaginando mil cosas.
Arlo resopló con aire derrotado a mi lado, pero no intentó impedirlo.
—Siento mucho decírtelo así, cariño —Beatrice se echó a llorar y se secó las lágrimas con la servilleta—.
No quería que fuera así y sé que lo que voy a decir parecerá extraño y aterrador al principio, pero te prometo que te explicaré cada detalle.
Solo te pido que mantengas la calma y me escuches con atención.
Me miró con los ojos brillantes de lágrimas. Y por un instante, fue como si ya hubiera visto esa escena antes, como un déjà vu. Había visto esos ojos antes y recordé a la mujer sentada en la cama que me miraba con ternura.
Me quedé paralizada en la silla, aferrada al borde con fuerza y, como siempre hacía, preparé mi mente para el golpe.
Entré en piloto automático y miré a mi alrededor mientras Arlo y Gerald me observaban con lástima.
Y de repente volví a ser esa niña en un sótano.
Adrian con su látigo en la mano derecha y su bastón en la otra.
Blandió el látigo y descargó el primer golpe.
Di un respingo en la silla, con la respiración entrecortada, y sentí el sudor que me bajaba por la frente.
—Sienna, ¿estás bien? —preguntó Arlo, pero yo no podía apartar los ojos de Beatrice. Sus ojos, su voz... todo de repente me resultaba tan familiar.
—Sienna, soy tu madre —la oí decir, pero fue casi un susurro. Lloraba con la cabeza gacha—. Lo siento mucho, quería decírtelo antes, pero... —sollozó—. No tuve el valor, cariño. Pero soy tu madre. Eres mi hija, Sienna.
—¡No! —me tapé los oídos con las manos y apreté con fuerza. Pensé que si no lo oía, no dolería tanto.
—Sienna —Beatrice estaba a mi lado, con la mano en mi brazo—. Hija...
—¡No me toques! —grité y la aparté de un empujón. Empujé a Arlo e intenté levantarme.
—Sienna... —Arlo intentó acercarse, pero le aparté las manos.
—¡No me toques! —grité de nuevo mientras me levantaba, pero me fallaron las piernas y caí de rodillas al suelo.
No podía respirar ni pensar, se me cerró la garganta y, por un instante, pensé que me iba a volver loca. Sentí las manos fuertes de Arlo que me ayudaban a incorporarme, pero lo empujé en cuanto estuve de pie.
—No me toques. Puedo caminar sola.
—Sienna, por favor. Escúchame —dijo Beatrice, pero la ignoré. Corrí hacia las escaleras.
Angustiada, subí las escaleras. Arlo me guió y abrió la puerta del dormitorio.
—Cariño, cálmate —me dijo Arlo al oído. Lo empujé y me senté en la cama, tratando de pensar con claridad. Me dolía el pecho, me daba vueltas la cabeza.
Sienna, soy tu madre.
Joder.
¿Ya lo sabía?
Mi mente la recordaba de alguna manera, pero ¿cómo? ¿Cómo era posible?
—¿Sienna? —dijo Arlo, sujetándome la cara—. Háblame, me estás asustando.
Lo miré y el dolor me abrasó el pecho. El dolor por las mentiras de Arlo y por mi madre recién descubierta. Arlo lo había sabido todo y había decidido no decírmelo, me había traicionado como todos los demás. Se me revolvió el estómago y lo aparté de mí.
—¡Tú lo sabías! —grité—. ¿Desde cuándo lo sabes?
—Sienna, no es así. No sabemos si es verdad.
—Claro que lo es. Mírala. Esos malditos ojos —señalé hacia la puerta—. La recuerdo, Arlo.
—¿De qué hablas, Sienna? —Arlo se agachó a mis pies junto a la cama.
—Los ojos. Ella... No. Lo recuerdo claramente, pensé que eran cosas mías.
—Sienna, cálmate. Pensemos esto con calma.
—¡No intentes desviar la atención! —grité mientras lo señalaba con el dedo—. Me traicionaste. Me mentiste. ¿Cuánto tiempo hace que lo sabes?
—Desde hace un tiempo, pero no me lo creía, Sienna.
—¿Desde antes de que Luke me secuestrara?
—Sienna...
—¡Respóndeme!
—Sí, pero no me lo creía.
—No importa si te lo creías, Arlo. Soy yo quien tiene que creérselo, no tú.
Era mi derecho decidir y me lo quitaste.
Todos me lo quitasteis. Me viste llorar angustiada, gritar que no tenía a nadie en mi vida, ¿y me ocultaste a mi madre?
¿Por qué? ¿Por capricho, porque la odias? Eres un cabrón. ¡Te odio!
Le golpeé el pecho con fuerza, abofeteándolo con rabia. No me detuvo, solo dejó que lo golpeara hasta que me quedé sin fuerzas.
—Sé que estás furiosa ahora mismo, pero tienes que saber que no sabemos si esta historia es verdad. Papá y esa mujer mienten constantemente. Tenemos que hacer una prueba de ADN para confirmarlo.
—Déjame en paz, Arlo.
Me tumbé en la cama llorando y me acurruqué envuelta en las mantas.
—Sienna, por favor...
—¡Déjame en paz! —grité, abrazándome las piernas y dejando que las lágrimas corrieran.
Había tantas mentiras, una encima de otra, que no sabía cómo reaccionar, pero sabía que necesitaba sentir ese dolor si algún día quería sanar.