La novia vengadora del rey mafioso (Serpe Rossa Mafia nº 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

SIENNA FITZGERALD

Habían preparado una mesa de desayuno fuera de la casa. Arabella, su madre Grace y yo nos sentamos a desayunar mientras observábamos a Arlo y Raruk enzarzarse en una extraña disputa por un balón de baloncesto; el padre de Arabella jugaba al golf con un empleado en una esquina.

—Disculpadme, voy a la cocina. Podéis comer sin mí —dijo Grace.

Arabella esperó a que su madre se fuera antes de levantarse y cambiarse de sitio. Enseguida entendí por qué: Arlo y Raruk estaban jugando sin camiseta en la cancha y desde ese ángulo teníamos una vista privilegiada.

—Me gustaría pensar que estás mirando a Arlo —dije en voz baja.

—¡Puaj, no! Es mi primo. Estoy mirando al ruso.

Se giró en la silla para observar mejor.

—¿No te parece... atractivo?

Raruk no era feo. Rubio, alto, fuerte, tatuado, con unos preciosos ojos azules, pero bastante hosco y con un carácter insoportable.

—Por Dios, no, Arabella. Tiene edad suficiente para ser tu...

—¡No digas padre, por Dios! No digas eso. No es tan mayor. Unos treinta y cinco quizá, pero yo tengo dieciocho.

—Casi dieciocho.

—Pero solo falta un mes para eso, y entonces seré libre de tomar mis propias decisiones.

Volvió a mirar a Raruk con los ojos brillantes de un deseo extraño. De verdad estaba considerando... ¡Puaj! Ni siquiera quería pensar en ello.

—Eres muy joven para pensar en estas cosas.

Sonrió y se volvió hacia mí.

—Dime una cosa, ¿Arlo te pega?

—¿Qué? ¡No!

—Entonces, ¿qué son esas marcas en la muñeca?

Señaló mi muñeca marcada por el cinturón. Ni siquiera estaba tan roja, pero la chica era observadora.

—Sexo salvaje, ¿verdad? Sé mucho de eso.

—¿Cómo que sabes? Tú...

—No. Sigo siendo pura y virgen. Pero leo muchos libros y sé perfectamente lo que hacen un hombre y una mujer entre cuatro paredes, aunque mamá no quiera contármelo con detalle. Pero sé que es bueno, si no la gente no estaría tan obsesionada y no llenaría la Tierra de niños.

—¿Qué tipo de libros lees?

—Solo novelas románticas.

Esbozó una leve sonrisa y se giró para echar un último vistazo a Raruk.

Él parecía molesto por su mirada incluso desde lejos.

Arlo y él se pusieron las camisetas mientras hablaban.

Por un momento, los dos me miraron sin dejar de hablar.

Arlo le dio una palmada en el hombro a Raruk y vinieron hacia nosotras.

Arabella se agitó al ver que el objeto de su deseo se acercaba.

Él parecía no darse cuenta de ella, o lo fingía muy bien.

Arlo se inclinó hacia mí en la mesa y me tendió la mano para que me levantara.

—¿Puedes venir conmigo un momento, cariño?

—Sí, claro. Arabella, ¿vienes?

Miré a Arabella, que por supuesto no tenía ojos para mí.

—Déjala ahí. Ya entrará —dijo Arlo.

Arabella me dedicó una sonrisita y me guiñó un ojo. Eché un último vistazo a Raruk, que se inclinó para coger una manzana de la mesa, antes de que Arlo me acompañara al interior. Creo que él no entendía lo que estaba pasando.

—¿No deberíamos dejar a Raruk y Arabella solos ahí?

—¿Por qué? ¿Qué van a hacer? Arabella es una niña, Raruk no tiene ningún interés en niñas. No es un pedófilo. Además, respeta mucho a Theodore, jamás miraría a Arabella. Puedes estar segura. Raruk es inteligente y sabe perfectamente cuál es su lugar.

—Ah. Entonces está bien —dije, aunque no me quedé del todo convencida—. ¿De qué querías hablar?

—Te necesito esta noche. Vamos a salir. ¿Has traído algún vestido de esos atractivos?

—Sí, traje uno. ¿Adónde vamos?

—Es como una discoteca. Ponte algo sexy y cómodo, ¿vale? Si necesitas algo, pregúntale a Arabella. Tengo que hablar con mi tío un momento. ¿Puedes subir sola a la habitación?

—Sí.

Arlo me dijo que fuera atrevida con el vestido, así que elegí uno rojo con la espalda al aire que llegaba a medio muslo, el que Beatrice me había ayudado a elegir.

Si eso no era atrevido, no sé qué lo sería.

Arabella me ayudó con el maquillaje y el pelo.

Es joven, pero sabe arreglarse. Me dio varios consejos de maquillaje.

Arlo me esperaba abajo en el coche, porque Arabella no le había dejado verme antes. Cuando salí de la casa, Arlo bajó del coche y vino hacia mí.

—¡Joder, Sienna! Estás jodidamente sexy.

Me miró de arriba abajo y se giró para echarle un vistazo a mi trasero. Luego me atrajo hacia él y me besó el cuello.

—Pero esta es la última vez que te pones este vestido.

—No vas a romperme el vestido esta vez.

—He roto uno por mucho menos, cariño. Este va a salir de circulación pronto, o puedes llevarlo solo para mí.

Puse los ojos en blanco y fui hacia el coche. Había otros dos coches aparcados junto al nuestro.

—¿Seguridad?

—Sí, y Raruk en otro coche.

Subimos al coche y Arlo indicó al conductor que arrancara rápido.

—¿Qué tipo de discoteca es?

—En realidad es un club.

—¿Qué tipo de club, Arlo?

—Como el Red, pero un poco diferente.

—¿Me estás llevando a un burdel? —pregunté incrédula.

—No es un burdel, cariño. Ya verás.

El club estaba en una calle oscura, en un lugar que parecía más un barrio de las afueras.

Desde fuera, era imposible saber que había alguien dentro.

Los coches estaban aparcados en un almacén contiguo y la gente entraba por allí, por una entrada estrecha y aparentemente secreta.

Raruk salió del coche y le hizo una señal a Arlo para que esperara.

Llamó a la puerta metálica y alguien abrió una pequeña ventanilla.

Raruk habló y nos señaló. Arlo se quitó la chaqueta y me la puso sobre los hombros.

—No dejes que se caiga —me dijo al oído.

Sus manos no se apartaron de mi espalda mientras el hombre cacheaba a Raruk, que entró primero. Luego Arlo me colocó delante de él. El hombre me miró con discreción y señaló la chaqueta que llevaba sobre los hombros.

—Dale la chaqueta, cariño.

Me quité la chaqueta y se la entregué al hombre gordo, que la registró rápidamente y me la devolvió. Arlo la cogió y me la ajustó sobre los hombros de nuevo. Fue entonces cuando noté un peso distinto en el bolsillo.

Me aparté mientras cacheaban a Arlo, y él volvió a agarrarme de la cintura para que pudiéramos entrar al club.

—¿Has metido una pistola en el bolsillo de la chaqueta? —le susurré al oído.

—Sí. Espero que sepas disparar y que no tengas que hacerlo.

Bajamos una larga escalera hasta el sótano.

Cuanto más bajábamos, más fuerte sonaba la música.

Era un lugar sofisticado, con poca luz y algunas personas —hombres y mujeres— restregándose en la pista de baile o en los sofás.

Pero todos los hombres de allí eran sin duda criminales, y las mujeres, posiblemente prostitutas.

Raruk caminó delante, miró a Arlo y nos hizo una señal para que subiéramos.

Arlo me sujetó por la cadera de forma posesiva mientras me guiaba hacia las escaleras.

Había una pareja besándose en la escalera y juro que el hombre tenía la mano metida en las bragas de la mujer, pero pasamos tan rápido que fue difícil confirmarlo.

Arriba, no había duda de lo que estaba viendo: un hombre y dos mujeres en el sofá.

Una de ellas estaba arrodillada, chupándole la polla, mientras la otra le acariciaba la cabeza.

Por un momento, el hombre me miró y sonrió.

Me quedé paralizada, y si Arlo no me hubiera arrastrado hacia otro sofá, no habría podido moverme.

Nos sentamos y Arlo le hizo una señal a un camarero para pedir champán. Raruk estaba a nuestro lado, observando el lugar. Me puse a mirar yo también y, joder, parecía que todo el mundo estaba follando, o casi.

—¿Qué hacemos aquí, Arlo? —dije nerviosa—. ¿Qué coño es este sitio?

—Es un club de intercambio de parejas —sonrió y me sujetó la barbilla—. Mírame. No te pongas nerviosa.

¿Que no me pusiera nerviosa? Estaba alucinando.

—Allí —dijo Raruk. Intenté mirar, pero Arlo no me dejó—. Creo que es él, Arlo.

Arlo me besó y me atrajo hacia su regazo mientras sus manos me apretaban el muslo.

Me sentí avergonzada, pero le dejé besarme.

Me sujetó la nuca, me besó el cuello, y sus manos subieron hasta mis pechos.

Sentí que me excitaba, los pezones marcándose a través de la tela.

Estaba extrañamente excitada. El lugar, el ambiente, la gente enrollándose abajo...

todo era tan erótico que me estaba dejando empapada.

Cerré los ojos, sintiendo su boca en mi cuello, sus manos en los pezones y en los muslos.

—Joder, nos ha visto, Arlo. Se va —dijo Raruk, sacándome del trance.

—¡Joder! —exclamó Arlo, levantándome de su regazo.

Agarré su chaqueta mientras me arrastraba entre la multitud hacia el otro lado. Entramos en un pasillo, persiguiendo a un hombre que avanzaba por corredores llenos de puertas. Era alto, pero solo una luz roja iluminaba el lugar y no pude ver quién era.

—Joder —maldijo Arlo, tirando de mí para que corriera más rápido. Maldije los tacones y pensé en quitármelos allí mismo, pero no había tiempo.

Doblamos una esquina y estábamos casi al final del pasillo cuando tiraron de Arlo hacia una de las habitaciones.

Fui con él porque no me soltó ni un segundo.

El hombre alto lo empujó contra la pared, con las manos en el cuello de Arlo.

Busqué a tientas la pistola en la chaqueta de Arlo para dispararle, pero Arlo gritó en cuanto la agarré y le apunté.

—¡Sienna, no! ¡No dispares! —gritó Arlo con la mano extendida.

Lo miré confundida, y luego al hombre. Era solo unos centímetros más alto que Arlo, con el pelo largo recogido en un moño.

Diría que tenía la misma cara que Arlo, pero los ojos eran diferentes, y estaba un poco más moreno.

El hombre me miró y yo seguí sujetando la pistola con firmeza, apuntándole a la cara.

—Suéltalo o disparo —advertí.

—No, Sienna. Baja la pistola. Es mi hermano, Archie.