La novia vengadora del rey mafioso (Serpe Rossa Mafia nº 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

SIENNA FITZGERALD

Me abrazo las piernas contra el pecho, intentando respirar. Un vacío se abre en mi estómago y empiezo a jadear, desesperada por aire. Me duele el pecho, me arden los ojos por las lágrimas que amenazan con caer. Es difícil mantenerse fuerte cuando eres la presa en una guarida de lobos.

Doy un salto cuando se abre la puerta. Últimamente me pasa mucho. Siempre espero que alguien entre a golpearme, humillarme o atarme.

—¿Niña? —dice una voz femenina.

Me inclino hacia delante para ver quién es. Una señora de mediana edad, la que me trajo comida al sótano, está en la puerta. Me dijo su nombre, pero no lo recuerdo.

—Soy yo, Isabel, el ama de llaves.

Observo cómo se acerca y deja un montón de ropa sobre una silla. Parece tener miedo de acercarse más. Me siento en la cama abrazándome las rodillas y ella se sobresalta.

—No te preocupes, no voy a matarte —digo, levantando las manos para que vea que no escondo nada.

—Traje ropa limpia —señala el montón de ropa sobre la silla—. Voy a ayudarte a bañarte y vestirte. Después puedo traerte sopa caliente.

—Ya comí lo que me trajiste. Gracias.

Me observa como si no esperara que le diera las gracias. Es increíble cómo la gente espera que les salte encima con las garras o algo así.

Va al baño, vuelve y me dedica una sonrisa maternal.

—El agua está deliciosa.

El agua me da igual. Estoy tan agotada que me quedaría en esta cama y dormiría tal como estoy.

Me arrastro hasta el baño. Ella me sigue con una esponja y champú.

Me meto bajo el agua caliente, pero enseguida las heridas empiezan a arder y gimo. Tengo la espalda, las piernas y los pies en carne viva, y un enorme moretón me cubre las costillas.

—Oh, cielos. ¿Qué te han hecho? Lo siento mucho —dice con voz llorosa.

Me doy la vuelta para que pueda lavarme la espalda. El agua oscura corre por mi cuerpo mientras me lava el pelo.

Aprovecho para dejar que las lágrimas se mezclen con el agua, mientras esta mujer que ni siquiera conozco me ayuda. No para de decir que lo siente y, por un segundo, creo que está llorando conmigo.

No quiero que sienta lástima por mí, pero estoy demasiado vulnerable para ocultar mis debilidades. Prefiero llorar delante de ella que delante de Arlo y sus secuaces.

Ya limpia, Isabel me envuelve en una toalla y me ayuda a volver a la cama. No quería comer la sopa que trajo, pero acepté el agua y un analgésico para el dolor que me recorría el cuerpo.

Acostada y vestida, me abrazo el cuerpo y lloro. Recuerdo a papá, toda una vida de hombres pegándome. Mi propio padre o mi tío pegándome cuando les daba la gana. Sótanos inmundos, poca comida, hombres crueles, entrenamientos absurdos. Y lo peor de todo: que siempre estoy sola.

Sé que papá no vendrá a buscarme. Quizás de verdad necesito ganar tiempo y ceder.

Estoy corriendo por un enorme campo de girasoles. Me encantan los girasoles. Mi padre siempre decía que señalaban exactamente por dónde salía el sol.

—¡Pequeña! —me llama papá.

Corro directa hacia su voz.

Lo veo de espaldas, mirando el atardecer. Lo abrazo, pero él me agarra. Sus manos firmes en las muñecas.

—¡Ay! Duele, papá —gimo, pero no se detiene. Duele tanto, tengo la muñeca roja y palpitante.

Se da la vuelta y su rostro se rompe en mil pedazos. Parece un monstruo, no lleva la máscara. Tiene las manos en mi cuello, grito mientras me asfixio, buscando aire. Oigo cómo me cruje el cuello, me está matando. Por más que intente alcanzarle la mano para que pare, no puedo.

Cierro los ojos y caigo, es una caída rápida y de pronto estoy sobre un colchón, algo sigue asfixiándome. Es una almohada. Intento liberarme, forcejeo para apartarme de ella.

Es real.

Me están asfixiando con una almohada en la cama. Alguien intenta matarme.

Por un segundo considero no luchar, solo cerrar los ojos y dejar que pase. Pero el instinto se impone y lucho. Pateo y forcejeo hasta que caigo de espaldas al suelo.

Grito por mi vida. La habitación está oscura, pero veo a un hombre. Me tira del pelo y me empuja contra el suelo. Tiene las rodillas clavadas en la espalda y me sujeta la cabeza. Está a punto de romperme el cuello cuando oigo un fuerte golpe, seguido de un disparo.

Grito sin parar, con los ojos cerrados mientras oigo dos disparos más. Siento la sangre salpicarme.

—Sienna —es la voz de Arlo. Me atrae hacia sus brazos y me apoya la cabeza en su pecho—. Ya está. Está muerto —me estrecha contra su pecho desnudo.

Lloro. No quería, pero no puedo evitarlo.

Miro hacia un lado y veo al hombre en el suelo, con un agujero limpio en la cabeza del que mana sangre y masa encefálica.

—No lo mires —dice Arlo, estrechándome contra su pecho de nuevo.

—¿Qué ha pasado aquí? —Es la voz de Gerald Fitzgerald.

—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado? —Ahora es la de Beatrice.

—¡Han intentado matarla, joder! —ruge Arlo—. Uno de nuestros hombres. ¿Quién ha sido? ¿Quién ha ordenado esto? —Arlo me suelta y va hacia su padre—. Has sido tú, ¿verdad? ¡Te dije que no la tocaras!

—¡Arlo! —grita Beatrice y lo empuja—. ¡Es tu padre!

—¡Vete a la mierda, Beatrice! —dice, apartando a Beatrice de un empujón. Su padre lo agarra del cuello de la camisa y lo estampa contra la pared. Es casi gracioso, porque bastaría un empujón de Arlo para tirarlo al suelo. Pero Arlo no lo hace, solo mira a su padre con rabia.

—¿Estáis locos? —El hermano de Arlo se interpuso entre ellos—. ¿Vais a pelearos por esta chica?

—Intentó matarla, joder.

—¡No fui yo, Arlo! —gritó su padre.

—Gilipolleces. No hay manera de que os crea. ¡No os creo a ninguno! —Señaló a cada miembro de su familia—. Voy a averiguarlo, joder. Y estáis todos jodidos.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Matar a tu familia por esta puta asesina? —gritó Aryan.

—Parad los dos, mirad a Sienna. Cubierta de sangre —dijo Beatrice, y caminó hacia mí, pero me abracé las rodillas y me encogí—. Oh, cariño. Lo siento mucho.

—Déjala en paz. Ya habéis hecho suficiente, ¡joder! —gritó Arlo—. Dije que no la tocarais, por el amor de Dios. No teníais ningún derecho. Si no hubiera bajado a la cocina, estaría muerta.

—Hijo, por Dios. Somos tu familia. Esta chica... es una asesina. ¿Cómo puedes acusarnos para defenderla? ¿Has perdido la cabeza por completo?

—¡Me he vuelto loco, papá! ¡Loco! ¿Queréis ver lo loco que estoy?

Se agachó y recogió la pistola del suelo y, por un momento, pensé que iba a disparar a alguien.

Todos gritaron al unísono, pensando lo mismo.

Arlo se metió la pistola a la espalda y me levantó del suelo.

El dolor del esfuerzo se reflejaba en su rostro, pero eso no le impidió alzarme en brazos.

Entre gritos y protestas, me llevó dentro de la casa.

—¡Arlo! ¿Qué estás haciendo? —gritó Gerald.

—Hermano, ¿adónde vas? —insistió Aryan, corriendo tras nosotros—. Arlo, por el amor de Dios.

No escuchó y no apartó los ojos de mí mientras subía las escaleras conmigo en brazos.

Estaba inerte, sin reaccionar.

No entendía por qué estaba haciendo esto otra vez, por qué me salvaba. ¿Por qué tenía que ser él quien siempre hacía lo que nadie había hecho jamás por mí? El hombre al que odiaba, al que había intentado matar, era el mismo que me salvaba la vida una y otra vez.