La Novia Secreta del Multimillonario CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

El Punto Más Bajo

La carta de Gerald descansaba sobre la mesa de la cocina de Marlin Street, donde Emma la había dejado tres días atrás y donde seguía, sin abrir del todo su significado, como una herida que se negaba a decidir si quería cicatrizar o infectarse.

Cinco millones de dólares por una anulación limpia. Ninguna pregunta, ninguna condición más allá de su firma, y la promesa —vaga, pero insistente— de que el nombre Carter quedaría, por fin, fuera del ojo público que el matrimonio había atraído sobre su familia.

Emma se llevó las manos a la cara y presionó los dedos contra los ojos hasta que aparecieron destellos de color en la oscuridad, un truco viejo de la infancia para no llorar que ya no funcionaba como antes.

Seis días desde que había dejado el anillo sobre la mesa del Aerie.

Seis días desde que Alexander le había confesado, con la voz rota de un hombre que finalmente decía la verdad completa demasiado tarde para que sirviera de algo, que su padre había arruinado al de ella, que el nombre de su familia había sido robado, que la búsqueda de diez años tenía, escondida en algún rincón, una parte que nunca había sido solo sobre ella.

Te busqué por la promesa, le había dicho, pero también busqué pruebas. Los dos motivos vivían en el mismo lugar, y nunca supe cómo separarlos del todo.

Emma no sabía, todavía, si podía perdonar eso.

No sabía si el amor que había crecido entre ellos —real, estaba segura de que había sido real, en el muelle, en la cama compartida de Cedar Hollow, en cada mañana desde entonces— podía sobrevivir al descubrimiento de que también había sido, desde el principio, parte de un cálculo que ella nunca había tenido oportunidad de aceptar o rechazar.

Y ahora estaba esto: cinco millones de dólares, y la vieja pregunta que nunca había dejado de perseguirla, más afilada que nunca desde que había visto el glifo de su padre repetido en los documentos corporativos de una empresa que Richard Black había robado.

¿Y si mi padre también robó algo? ¿Y si el fraude corrió en ambas direcciones, y nadie me lo dijo nunca porque la verdad completa era demasiado fea para contarla?

Era una pregunta que la mantenía despierta, que la hacía dudar de cada recuerdo cariñoso que tenía de Daniel Carter, y en sus horas más oscuras, Emma se descubría pensando que aceptar el dinero de Gerald sería, en cierto modo, una forma de rendición ante esa duda: si su padre había sido deshonesto, ¿qué sentido tenía luchar por su nombre?

Mejor tomar el dinero, cerrar el capítulo, dejar que el pasado se hundiera donde ya estaba, sin removerlo más.

Tomó la carta, la sostuvo entre las manos, y estaba a punto de decidir —no sabía todavía en qué dirección, solo sabía que necesitaba decidir algo, cualquier cosa, para dejar de sentir que flotaba sin rumbo— cuando un grito desde la sala la sacó de golpe de sus pensamientos.

—¡Emma!

Era la voz de Noah, quebrada de un modo que Emma no le había escuchado desde niño.

Encontró a su madre en el suelo de la cocina, junto al fregadero, la mano todavía aferrada al borde de la encimera como si hubiera intentado, en el último segundo, sostenerse de algo que no había bastado.

—¡Mamá! —Emma cayó de rodillas junto a ella, buscando el pulso en su muñeca con dedos que temblaban demasiado para confiar en lo que sentían—. Mamá, mírame.

Claire tenía los labios pálidos, casi grises, y su respiración llegaba en jadeos cortos que no lograban llenar del todo sus pulmones.

—Llama al 911 —le dijo a Noah, con una voz que se sorprendió de mantener tan firme mientras cada célula de su cuerpo gritaba en pánico—. Ahora, Noah. ¡Ahora!

Los siguientes minutos se disolvieron en el tipo de caos que después, al recordarlo, Emma solo podría reconstruir en fragmentos: la sirena acercándose, los paramédicos entrando con la eficiencia calmada de quienes han visto esto mil veces antes, Noah pálido junto a la puerta, incapaz de moverse, y ella misma, arrodillada en el suelo de su propia cocina, sosteniendo la mano de su madre y repitiendo palabras de consuelo que no estaba segura de creer del todo.

—Insuficiencia renal —dijo uno de los paramédicos, revisando el historial que Emma le entregaba con manos temblorosas—. Necesita diálisis de emergencia. Vamos a llevarla a St. Brendan's ahora mismo.

En la ambulancia, camino al hospital, Emma se descubrió pensando —con una vergüenza que la asqueó de sí misma incluso mientras el pensamiento se formaba— en la carta de Gerald sobre la mesa de la cocina, y en cuán fácil sería, ahora, justificar tomarla.

Cinco millones bastarían para todo esto. Para siempre. Nunca más tendría que ver a mi madre en el suelo de una cocina porque no pudimos pagar el tratamiento a tiempo.

Odió el pensamiento incluso mientras lo tenía. Odió que su mente, en el momento de mayor terror, corriera directamente hacia el dinero de un hombre que había pasado meses tratando de destruir todo lo bueno que había encontrado en su vida.

Pero el miedo no desaparecía tan fácilmente, y Emma se quedó ahí, en la ambulancia, sosteniendo la mano de su madre, atrapada entre el amor y el terror y la vergüenza de haber considerado, aunque fuera por un instante, vender su dignidad a cambio de seguridad.

Alexander se enteró por una llamada de Noah, quien —para sorpresa de Alexander, considerando la frialdad con la que se habían despedido las últimas semanas— había marcado su número casi por instinto, antes de detenerse a pensar si todavía tenía derecho a hacerlo.

—Claire está en St. Brendan's —dijo Noah, la voz tensa a través del teléfono—. No sé si Emma quiere que estés ahí. Pero pensé que debías saberlo.

—Voy para allá.

Colgó, y por un momento se quedó de pie en medio de su oficina, el corazón latiendo con una urgencia que no tenía nada que ver con la Torre, con Gerald, con ninguno de los mil problemas que había estado manejando en los últimos seis días de silencio glacial desde que Emma se había ido.

Fue entonces cuando notó a Julian.

Su asistente estaba de pie junto a la puerta, pálido de un modo que Alexander no le había visto antes, las manos entrelazadas con una tensión que parecía costarle un esfuerzo físico mantener quietas.

—¿Julian? ¿Estás bien?

—Sí. —La respuesta llegó demasiado rápido, demasiado tensa—. Lo siento, señor Black. Es solo... la noticia de la señora Carter. Es una lástima.

Algo en el tono de Julian no encajaba del todo, una nota discordante que Alexander, en cualquier otro momento de su vida, habría notado y perseguido hasta el fondo.

Pero el pánico por Claire, por Emma, por todo lo que se estaba desmoronando a la vez, no le dejó espacio para detenerse en la extraña palidez de su asistente más de un segundo.

—Cancela mis reuniones de esta tarde —dijo, ya caminando hacia la puerta—. Voy al hospital.

Naomi lo interceptó en el pasillo, con esa mirada perceptiva que Alexander había aprendido a temer un poco, porque rara vez se equivocaba sobre lo que veía.

—¿Vas a ir aunque Emma no te haya llamado?

—Voy a estar ahí, la vea ella o no. —Se detuvo un instante, la mano ya en el botón del ascensor—. Naomi, ¿notaste algo raro en Julian?

—¿Raro cómo?

—No lo sé. Parecía... asustado. Más de lo que la noticia debería justificar.

Naomi frunció el ceño, el tipo de expresión que Alexander reconocía de años de trabajar juntos: el instinto de abogada activándose, archivando el detalle para después, aunque en ese momento ninguno de los dos tuviera tiempo de perseguirlo.

—Lo vigilaré —dijo ella—. Ve. Claire te necesita más que cualquier reunión.

Alexander asintió y entró al ascensor, y mientras las puertas se cerraban, se permitió, por primera vez en seis días, dejar que el miedo por Emma —por lo que ella estaría sintiendo en ese hospital, por si alguna vez volvería a permitirle estar cerca— se mostrara sin disfraz en su rostro, ahora que no había nadie más para verlo.

Detrás de él, en la oficina que acababa de dejar, Julian Voss se quedó de pie un largo rato, el teléfono en el bolsillo pesando como una condena, pensando en la llamada que había hecho esa mañana a Gerald Black, informándole que Naomi Reyes había empezado a buscar un documento antiguo llamado el acuerdo fundacional, y preguntándose, con una náusea que no lograba controlar, cuánto más tendría que traicionar antes de que el peso de todo aquello terminara por aplastarlo del todo.