La Novia Secreta del Multimillonario CAPÍTULO 4 #2
13%

CAPÍTULO 4 #2

El piso legal de Black Meridian ocupaba la planta veintiocho, y tenía el mismo silencio pulido que el resto del edificio: alfombras que se tragaban los pasos, ventanales que convertían la ciudad en una maqueta distante, aire acondicionado que olía a nada.

Emma llegó con el mismo blazer gris que se había puesto para la primera reunión, porque no tenía otro que le pareciera apropiado para firmar su vida en préstamo, y con el colgante de la brújula escondido bajo la blusa, apretado contra el esternón como si pudiera anclarla a algo.

Alexander la esperaba de pie junto a la mesa de reuniones, y por un momento —solo un momento— algo en su expresión no fue el control habitual sino una especie de alivio contenido, casi torpe, que desapareció tan rápido que Emma pudo haberlo imaginado.

—¿Cómo está su madre? —preguntó él, y no era una pregunta protocolaria; tenía el peso de alguien que había pedido informes durante la noche y los había leído todos.

—Estable. La diálisis empezó esta mañana. —Emma se obligó a sostenerle la mirada—. Gracias por el depósito. Llegó antes de que el hospital terminara de preguntar cómo íbamos a pagar.

—No tiene que darme las gracias por cumplir un trato. —Le señaló la silla frente a él, y Naomi, sentada al otro extremo de la mesa con una pila de documentos ya organizados por pestañas de colores, empezó a hablar de cláusulas con la cadencia práctica de quien ha hecho esto cientos de veces.

Emma firmó página tras página. Firmó la cláusula de las tres reglas —nada de besos en público salvo necesidad, nada de preguntas sobre su pasado, nada de enamorarse—, firmó la Sección 9 sin entender del todo su alcance más allá de la explicación breve y evasiva de Naomi sobre "protección de la privacidad en caso de disputa legal", firmó los noventa días marcados en un calendario impreso que alguien había preparado con la fecha exacta de vencimiento resaltada en amarillo.

Firmó el reconocimiento de los dos millones de dólares que recibiría al cumplirse el contrato, una cifra tan desproporcionada respecto a los cuatrocientos mil urgentes de esa noche que le costó procesarla como parte de la misma realidad.

En un momento, su bolígrafo se detuvo sobre la línea de la firma final, y levantó la vista hacia Alexander.

—Si mi madre necesita algo más —dijo, con la voz más firme de lo que se sentía—, algo que no está en esta lista, algo que surja dentro de tres semanas o de dos meses. ¿Sigue en pie?

—Sigue en pie mientras dure el matrimonio. —Una pausa—. Y aunque no durara.

No explicó lo que quería decir con eso, y ella no se lo preguntó, porque las reglas ya estaban firmadas y una de ellas era precisamente no preguntar. Firmó.

Naomi guardó el original en una carpeta de cuero oscuro con un cierre metálico, y algo en la manera en que lo hizo —con un cuidado casi ceremonial, como quien guarda una prueba y no solo un papel— le pareció a Emma más significativo de lo que debería.

Se preguntó, brevemente, por qué un contrato de noventa días necesitaba tanta solemnidad.

—Doscientos cincuenta mil ya están en camino al servicio de la hipoteca de la casa de Marlin Street —dijo Naomi—.

La ejecución programada para el día dieciséis queda formalmente detenida en cuanto el banco confirme la recepción, lo cual, dado quién envía el dinero, no debería tardar más de una hora hábil.

Cuatrocientos mil dólares habían bastado para deshacer tres semanas de terror. Emma sintió que debería sentir alivio, y en algún lugar lo sentía, enterrado bajo una capa más densa de algo que se parecía peligrosamente a la vergüenza.

—Bienvenida a Black Meridian, señora Black —dijo Alexander, con una formalidad que no llegaba a ser fría del todo, y le tendió la mano por encima de la mesa.

Emma se la estrechó. Su palma era cálida y firme, y el gesto duró exactamente lo que dura un apretón de manos entre desconocidos, ni un segundo más.

Y sin embargo algo en ese instante —el contacto breve, la mirada que él no apartó tan rápido como debería— le erizó la piel de un modo que no supo nombrar y que decidió, con firmeza deliberada, no examinar.

Volvió a Marlin Street esa misma tarde con una excusa preparada, ensayada en el trayecto en autobús mientras miraba pasar las fachadas conocidas del barrio: romance relámpago.

Sonaba a título de película mala, a la clase de historia que nadie en su sano juicio se creería, y sin embargo era la única mentira lo bastante simple para no desmoronarse bajo preguntas repetidas.

Encontró a Noah en la cocina, calentando sopa enlatada en una olla que llevaba usando desde que Emma tenía memoria, con el teléfono de Claire —que él había ido a buscar a la habitación del hospital— apoyado contra la tostadora, en llamada abierta para que su madre pudiera oír.

—Mamá, ¿me escuchas bien? —Emma se sentó frente al teléfono, con las manos entrelazadas sobre la mesa para que no le temblaran—. Tengo que contarte algo.