CAPÍTULO 3
Los Términos
El Aerie no parecía una casa. Parecía una idea sobre el aislamiento, construida en vidrio y hormigón sobre el acantilado norte de Ashford Bay, tan alta que las gaviotas volaban por debajo de sus ventanales.
Emma se quedó de pie en el vestíbulo un momento de más, incapaz de decidir si el frío que sentía venía del aire acondicionado o de la casa misma.
No había fotografías en las paredes. No había desorden, ni correo sin abrir, ni ninguno de los pequeños indicios que delataban una vida realmente vivida en un espacio.
Solo superficies pulidas, ángulos exactos, y un silencio tan cuidado que parecía diseñado por un arquitecto tanto como las paredes.
—Gracias por venir.
Alexander Black apareció desde lo que Emma supuso era un estudio, y por un instante ella olvidó el frío de la casa por el frío distinto, más deliberado, del hombre que tenía delante.
Alto, de traje sin corbata, con el tipo de calma que en algunos hombres significaba seguridad y en otros, como sospechaba en este caso, significaba control ejercido sobre algo que de otro modo se desbordaría.
—No fue una invitación difícil de rechazar —dijo Emma—. Solo la más rara que he recibido en la vida.
Algo cruzó el rostro de él, tan rápido que Emma no pudo nombrarlo: ¿diversión? ¿alivio? Desapareció antes de confirmarse.
—Por aquí.
La condujo a una sala con una pared entera de cristal frente al mar, donde una terraza se extendía bajo un toldo metálico que crujía levemente con el viento.
Sobre la mesa baja de la sala, dos objetos esperaban con la precisión de una puesta en escena: una carpeta de cuero cerrada, y junto a ella, un anillo.
Sencillo, sin ostentación, la clase de anillo que no gritaba su propio precio.
Emma se sentó frente a él y sintió, bajo la blusa, el peso familiar del compás de su padre contra el esternón. Lo llevaba siempre, oculto, un hábito tan antiguo que ya no lo notaba salvo en momentos como este, cuando el cuerpo parecía necesitar recordarle que algo de ella seguía siendo solo suyo.
—Naomi me dijo que dijo que no.
—Y sigo pensando que no. —Emma cruzó las manos sobre el regazo—. Pero decidí que merecía escucharlo de usted antes de cerrar la puerta del todo.
—Justo. —Alexander abrió la carpeta, pero no la giró de inmediato; primero la miró él, como si repasara por última vez algo que ya sabía de memoria—.
Entonces se lo diré con la misma franqueza con la que usted acaba de hablarme.
El testamento de mi padre estableció una cláusula en el fideicomiso familiar: si no estoy legalmente casado antes de mi cumpleaños treinta y cinco, pierdo el control de voto de Black Meridian.
No la propiedad. El control. Los fideicomisarios, entre ellos mi tío Gerald, administrarían la empresa en mi lugar de manera indefinida.
—¿Y su tío estaría encantado con eso.
—Mi tío estaría encantado con eso. —Alexander no suavizó la respuesta, y algo en su tono seco le dijo a Emma que aquella no era una sospecha reciente—.
El matrimonio, además, debe sostenerse durante una revisión de noventa días.
Los fideicomisarios pueden solicitar evidencia de que el matrimonio es legítimo y funcional antes de confirmar el control de manera permanente.
—Legítimo y funcional. —Emma dejó que las palabras se asentaran—. ¿Qué significa eso exactamente? ¿Que tengo que actuar como si lo amara delante de un comité?
—Significa que tiene que parecer real ante quienes quieran ponerlo en duda. No más que eso.
Deslizó la carpeta hacia ella. Dentro, el contrato estaba impreso con la misma precisión fría que Emma había notado en el sobre sellado de Naomi: cláusulas numeradas, sin ambigüedad, sin la calidez retórica que otros documentos usaban para disfrazar sus exigencias.
—Tres reglas —dijo Alexander, señalando la página con un dedo, aunque Emma ya las había encontrado por sí misma—. Nada de besos en público salvo que sea necesario para sostener la apariencia. Ninguna pregunta sobre mi pasado. Y ninguno de los dos puede enamorarse del otro.
Emma alzó la vista.
—¿La tercera regla es una condición contractual o una advertencia?
—Ambas, probablemente. —Por primera vez, algo parecido a una sonrisa tocó la boca de Alexander, aunque no llegó a los ojos—. Le sugiero que la tome en serio de cualquier forma.
—No se preocupe. Tomo en serio todo lo que firmo. —Pasó la página—. ¿Y esto? «Sección 9.»
Ahí, la calma de Alexander se ajustó apenas, un grado, como una puerta que se cierra sin ruido.
—Es una cláusula de confidencialidad reforzada. Cubre asuntos que, si se hicieran públicos durante la revisión, comprometerían el resultado. No es negociable.
—Eso no responde mi pregunta.
—Es la única respuesta que puedo darle hoy.
Emma lo estudió, buscando en su rostro la misma clase de detalle que buscaba en el papel bajo la lupa: la inconsistencia diminuta que revelaba una falsificación, la pincelada que no encajaba con el resto.
No encontró nada legible. Fuera lo que fuese lo que Alexander Black escondía tras la Sección 9, lo escondía bien.
—Está bien —dijo, y pasó a la siguiente página—. Hablemos de lo que sí puedo negociar.
—Adelante.
—Habitaciones separadas. —Lo dijo sin rodeos, mirándolo directamente, decidida a que él entendiera que no era una petición sino un límite—.
Si voy a fingir un matrimonio, no voy a compartir cama con un desconocido para hacerlo más convincente.
Puede vestirse de esposa. No va a costarme la intimidad de mi propio cuarto.
—De acuerdo.
La rapidez de la respuesta la descolocó más que cualquier objeción hubiera podido hacerlo.
—Así de fácil.
—Así de fácil. —Alexander no apartó la mirada—. Es su vida la que está prestando durante noventa días, señorita Carter. Lo mínimo que puedo ofrecerle es dignidad dentro de mi propia casa.
Emma anotó la frase en algún lugar de su memoria, sin saber todavía qué hacer con ella, y continuó.
—Y necesito una cláusula de atención médica familiar. Mi madre está enferma. Necesita cuidados que no puedo pagar y no voy a esperar noventa días, ni treinta, ni uno, para que ese cuidado empiece. Si firmo esto, esa cláusula se activa el día de la firma. No el día de la boda. El día de la firma.
Esperaba resistencia. Había preparado, en el trayecto hasta el Aerie, tres argumentos distintos para defender ese punto, ensayados en su cabeza como quien repasa un examen.
No los necesitó.
—Hecho. —Alexander ya estaba escribiendo una nota al margen del contrato, con la misma economía de gestos que Naomi había mostrado el día anterior, como si ambos hubieran aprendido el mismo idioma de eficiencia en la misma escuela—.
Redactaré la cláusula esta noche. Cubrirá tratamiento, hospitalización, y sobrevivirá a la terminación del contrato, sea cual sea la causa.
—¿Sobrevivirá a la terminación?
—Si esto termina mal, señorita Carter, no será su madre quien pague el precio.
Emma se quedó mirándolo, y por un momento el silencio de la casa dejó de sentirse vacío y empezó a sentirse cargado, como el aire antes de una tormenta que aún no decide si va a caer.
—No me conoce —dijo por fin—. No sabe nada de mí, salvo lo que Naomi le habrá contado en un informe. Y aun así acepta cada condición que le pongo sin discutir un centavo, sin regatear una sola cláusula. Eso no es generosidad. Es extraño.
—¿Preferiría que regateara?
—Preferiría entender por qué no lo hace.
Alexander cerró la carpeta despacio, y por un instante —tan breve que después Emma dudaría de haberlo visto— algo se movió detrás de su expresión controlada, algo que no era cálculo ni cortesía profesional, sino una especie de hambre contenida, vieja, cuidadosamente enterrada bajo años de práctica.
—Porque el tiempo me importa más que el dinero —dijo—. Y usted, señorita Carter, ya me ha hecho perder menos tiempo discutiendo que cualquier otra persona que haya sentado en este sofá.
No era del todo una respuesta. Emma lo supo incluso mientras la escuchaba, del mismo modo en que sabía, con solo mirarla, cuándo una firma antigua no encajaba con el resto del documento. Había algo debajo de esas palabras que no estaba dicho, una segunda capa de tinta bajo la primera.
Pero no tenía la lupa para esa clase de falsificación. No todavía.
—Necesito tiempo —dijo, poniéndose de pie—. Para pensarlo. De verdad, esta vez.
—Cuanto necesite. —Alexander se levantó también, y por primera vez desde que ella había entrado, pareció simplemente un hombre alto en una casa demasiado grande, en lugar de un problema legal con traje—.
Aunque le recuerdo, sin ninguna intención de presionarla más de lo necesario, que mi cumpleaños no espera a nadie.
—Qué considerado de su parte recordármelo.
Casi sonrió, esta vez de verdad, y el gesto le cambió la cara de un modo que Emma no esperaba y que decidió, en el acto, no examinar demasiado.
Se marchó sin el anillo y sin firmar nada, pero con la sensación incómoda de que ya no llevaba consigo la misma certeza con la que había llegado.
Naomi encontró a Alexander donde siempre lo encontraba después de una reunión difícil: de pie frente al ventanal, con la vista fija en el mar, como si la línea del horizonte pudiera ofrecerle una respuesta que la conversación no le había dado.
—Fue bien —dijo Naomi, no como pregunta.
—Fue bien.
—Aceptaste cada condición sin pestañear. Habitaciones separadas, la cláusula médica de inmediato. Ni siquiera intentaste conservar ventaja en la negociación.
—No hacía falta ventaja. Solo necesito que firme.
Naomi lo observó con la atención de una abogada acostumbrada a leer lo que sus clientes no decían, y también, Alexander lo sabía, con la atención de una amiga que llevaba diez años viéndolo construir muros cada vez más altos alrededor de la misma habitación vacía.
—Alexander. —Su voz bajó, se hizo más privada—. Esto no es solo por el fideicomiso.
No era una pregunta, así que él no la trató como tal. Se quedó mirando el mar, donde una gaviota trazaba círculos bajos sobre el agua gris, y no dijo nada durante el tiempo suficiente para que el silencio mismo se convirtiera en una especie de respuesta.
—Redacta la cláusula médica esta noche —dijo por fin—. Que esté lista antes de que ella cambie de opinión.
Naomi lo miró un instante más, con la expresión de alguien que ha decidido, por ahora, no insistir donde sabe que no obtendrá nada.
—Como quieras.
Se marchó, y Alexander se quedó solo frente al cristal, con la carpeta cerrada sobre la mesa y el anillo aún sin dueña, pensando en una firma que llevaba diez años buscando y que, esa misma tarde, había estado sentada a menos de un metro de él sin saber absolutamente nada de lo que realmente estaba en juego.