La Novia Secreta del Multimillonario PRÓLOGO
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La Novia Secreta del Multimillonario

La Novia Secreta del Multimillonario

Por Raquel Clara

© inepub.com

PRÓLOGO

La Sala De Lectura

Tobias Grant dejó la carpeta sobre el escritorio con la discreción de quien ha aprendido a no hacer ruido al entregar noticias importantes.

—Está aquí —dijo—. Ahora mismo. Segundo piso, sala de lectura, ala este.

Alexander no abrió la carpeta. La conocía de memoria antes de que existiera: los años, las ciudades, los callejones sin salida, los nombres que no eran el nombre correcto.

Diez años de informes que terminaban igual, con una disculpa cortés y la promesa de seguir buscando.

Este no terminaba así. Este tenía una dirección, un empleo, una fotografía tomada sin que ella lo supiera, a través del cristal de una puerta.

—Gracias, Tobias.

—¿Quiere que lo acompañe?

—No. —Se puso de pie, se abrochó el botón central de la chaqueta como si el gesto pudiera ordenar algo por dentro—. Iré solo.

Grant asintió, recogió su abrigo y se marchó sin más preguntas. Era bueno en su trabajo precisamente porque sabía cuándo no hacerlas.

La Biblioteca de Ashford Bay conservaba ese silencio particular de los edificios que llevan más de un siglo escuchando pasos.

Alexander subió la escalera de piedra sin apresurarse, aunque cada músculo de su cuerpo quería correr, y se detuvo en el umbral de la sala de lectura del ala este como si un cristal invisible le impidiera avanzar.

Ahí estaba.

Sentada frente a una mesa de trabajo iluminada por una lámpara de brazo articulado, inclinada sobre algo que sostenía con un cuidado casi religioso.

Guantes blancos. Una lupa binocular colgada al cuello.

El cabello recogido de cualquier manera, con un mechón que se le había soltado y que ella apartó con el dorso de la muñeca, sin soltar lo que tenía entre las manos.

Alexander se quedó en la puerta.

No reconoció su rostro de niña en aquel rostro de mujer —los años habían hecho su trabajo, afilando lo que antes era redondo, dándole a la mandíbula una determinación que antes solo era testarudez infantil— y sin embargo la reconoció por completo, de un modo que no tenía nada que ver con la memoria y todo que ver con algo más antiguo, algo que llevaba guardado desde los dieciséis años como quien guarda una brasa bajo la ceniza para no perder el fuego.

Ella levantó un fragmento de papel hacia la luz.

Sus dedos se movían con una precisión quirúrgica, sosteniendo algo tan frágil que Alexander pudo sentir, desde la puerta, la contención de todo el cuerpo de ella, la manera en que parecía respirar menos para no alterar el aire alrededor del documento.

Había algo devastador en observar a alguien tratar un objeto con tanta reverencia.

Alexander se preguntó, sin poder evitarlo, si alguna vez alguien la había sostenido a ella con esa misma delicadeza.

Él, no. Él la había perdido.

Contó los años sin querer, como hacía siempre: diez desde la última vez que la vio, diecinueve desde la noche del muelle. Diecinueve años desde una promesa hecha por un niño que no sabía todavía cuánto pesaría cumplirla.

Ensayó, en el silencio de la puerta, las palabras que llevaba preparando desde hacía tanto tiempo que ya ni siquiera podía recordar su primera versión.

Perdón por haber tardado. Perdón por no haber vuelto.

Te until. Ninguna frase sobrevivía entera al intento de pronunciarla.

Cada una se astillaba antes de llegar a los labios, porque detrás de cada una había una pregunta que no tenía derecho a hacer todavía: ¿y si ella no quería ser encontrada?

¿Y si lo que él llevaba en el pecho como un mapa, para ella no era más que una fecha borrosa de la infancia?

Un hombre pasó cerca de la mesa de Emma —un colega, quizá, a juzgar por la familiaridad casual con que dejó una caja de archivo junto a ella— y ella levantó la vista, sonrió, dijo algo que Alexander no pudo oír desde donde estaba.

La sonrisa le cambió toda la cara. Alexander sintió esa sonrisa como un golpe seco en el centro del pecho, no porque fuera para él —no lo era, no podía serlo—, sino porque medía con exactitud la distancia que los separaba: ella tenía una vida entera de la que él no formaba parte.

Colegas. Costumbres. Una risa que existía sin necesitar su permiso.

Dio un paso hacia el interior de la sala.

Se detuvo casi de inmediato, la mano apoyada en el marco de la puerta como si necesitara sujetarse a algo sólido.

No tenía nada que ofrecerle todavía. Ninguna prueba, ningún nombre limpio que ponerle delante para que ella entendiera por qué un extraño la había buscado durante una década.

Lo que tenía era sospecha sin demostrar, un apellido que pesaba como una condena y un plazo que se le venía encima como una marea que ya podía ver desde la orilla.

Presentarse ahora, sin nada más que un rostro que ella no reconocería y una historia que no podía contarle entera, no era un reencuentro. Era una intrusión.

Todavía no, se dijo. Cuando tenga algo que ofrecerle. Cuando pueda protegerla de lo que no sabe que la amenaza.

Era la misma frase de siempre. La reconoció incluso mientras se la decía, con la lucidez amarga de quien ve una trampa y entra en ella de todas formas porque la trampa tiene la forma exacta de su propio miedo.

Se quedó allí varios minutos más —no supo cuántos; el tiempo, frente a ella, se comportaba de otra manera—, viéndola trabajar, viéndola existir, memorizando el ángulo en que inclinaba la cabeza y el modo en que fruncía el ceño ante algo que no terminaba de convencerla.

Luego, sin que ella llegara a saber jamás que había estado ahí, dio media vuelta y bajó la escalera de piedra con el mismo paso ordenado con que había subido, como si no acabara de dejar la mitad de sí mismo en aquella sala.

En La Atalaya, el estudio del último piso permanecía cerrado con llave incluso para el servicio doméstico. Alexander encendió una sola lámpara, se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de la silla sin doblarla, un descuido que jamás se permitía en ninguna otra habitación de la casa.

Abrió el cajón inferior del escritorio. Bajo un falso fondo de madera —una precaución que a estas alturas parecía casi ridícula, y que sin embargo nunca había considerado innecesaria— guardaba una caja de metal deslustrado. La abrió con el cuidado de quien maneja algo que podría desintegrarse.

La fotografía Polaroid había perdido saturación con los años; los colores se habían vuelto ocres, como si el propio tiempo hubiera decidido envejecerla junto con ellos.

Una niña sostenía un farol de papel encendido contra el cielo del atardecer, la cara vuelta hacia la llama con una expresión de asombro absoluto, como si en su vida hubiera visto algo tan sencillamente milagroso.

A su lado, un muchacho más alto la miraba a ella y no al farol, con una atención que a los dieciséis años no sabía todavía nombrar y que a los treinta y cinco reconocía con una claridad que dolía.

Alexander pasó el pulgar por el borde blanco de la fotografía, con el mismo gesto de siempre, el que había repetido tantas veces que el cartón se había suavizado en esa esquina exacta.

La leyó como quien relee una promesa que aún no ha cumplido.

No había fecha escrita al dorso —nunca la había necesitado—, solo el recuerdo intacto de una noche de muelle, de un farol subiendo hacia las estrellas, de una voz infantil prometiendo algo que ahora, con los años, se le antojaba menos una promesa que una condena que él mismo se había impuesto.

Diez años buscándola. Diez años y todavía no sabía decir, con honestidad completa, por qué. Se decía que era la promesa. Se decía que era la deuda. Había noches, como esta, en que sospechaba que era simplemente que no soportaba la idea de un mundo en el que ella existiera sin que él supiera dónde.

Guardó la fotografía de vuelta en la caja, cerró el falso fondo, devolvió el cajón a su sitio.

Esperaré el momento adecuado, se dijo, y la frase sonó, incluso para él, como algo que ya había decidido creer antes de pensarlo.

Un momento en que tuviera pruebas. Un momento en que pudiera acercarse a ella no como una amenaza disfrazada de desconocido, sino como alguien capaz de protegerla de lo que se avecinaba.

No se permitió preguntarse cuántas veces más repetiría esa misma frase, ni cuánto tiempo podía dilatarse un "momento adecuado" antes de convertirse, simplemente, en la manera en que un hombre elegía no vivir su propia vida.

Apagó la lámpara. La sala de lectura, y la mujer que había en ella, quedaron atrás por esa noche.

Pero solo por esa noche.