La novia rechazada por el italiano (Herencia Ferraro nº 3) Capítulo 26
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Capítulo 26

Un año… Trescientos sesenta y cinco días desde que salí del despacho de Bianca y vi a mi hijo por primera vez.

Era el primer cumpleaños de Leonardo.

—¿Adónde vamos, Marco? —preguntó Bianca desde el asiento del copiloto. Estaba radiante con un vestido de seda verde que hacía juego con sus ojos.

—Es una sorpresa.

Aparqué el coche y, cuando vio dónde estábamos, se quedó paralizada.

El Duomo de Milán…

Las torres góticas se alzaban contra el cielo nocturno, exactamente igual que aquella fatídica mañana.

—Marco, no. —Su voz era un susurro de pánico. El trauma seguía ahí, bajo la superficie—. No puedo.

Salí, le abrí la puerta y le tendí la mano.

—Confía en mí, mia cara. Por última vez.

Vacilante, me cogió de la mano.

La guié a través de las macizas puertas de bronce.

No estaba vacía, pero tampoco había seiscientas personas. En el centro de la catedral, bajo la cúpula, estaban ellos…

Enzo, con un Leo de un año muy desconcertado en un trajeecito. Matteo y Priscilla, cogidos de la mano, con Luca. Larissa, con Sofía en brazos. La madre de Bianca, sonriendo entre lágrimas, e incluso Alessandro, el viejo patriarca, con un raro brillo de aprobación en los ojos.

El mismo sacerdote de aquel día estaba de pie en el altar.

Bianca me miró con los ojos muy abiertos, llena de desconcierto.

—Marco, ¿qué es esto?

La acompañé hasta el altar. El mismo lugar donde no había conseguido aparecer.

Me volví hacia ella. Leo extendió sus bracitos hacia mí y se lo cogí de los brazos de Enzo, apretando a mi hijo contra mi pecho.

—Bianca. —Mi voz salió áspera. No había preparado ningún discurso, solo tenía la verdad—. Hace casi dos años, en este mismo lugar, cometí el mayor error de mi vida, rompí la promesa que te hice y huí como un cobarde, cegado por el orgullo.

Miré a nuestro hijo, que balbuceaba feliz, y luego volví a mirarla a ella.

—Me he pasado el último año intentando, desesperadamente, demostrar que soy el hombre que vosotros dos os merecéis. Ya no quiero huir. Quiero quedarme. Quiero ser tu pareja, tu codirector general y tu mejor amigo.

Me arrodillé.

El gran Marco Valenti, de rodillas, en el Duomo, sosteniendo a su hijo.

Bianca se llevó las manos a la boca, dejando escapar un sollozo.

Saqué una cajita de mi bolsillo. No era el diamante de ocho quilates que había lanzado al viento. Era una delicada alianza de platino, con un grabado en el interior: «Me quedo».

—No quiero un matrimonio por conveniencia, Bianca, ni una fusión… te quiero a ti… Bianca Ferraro, ¿quieres casarte conmigo?

Las lágrimas le corrían libremente por el rostro. Miró a su familia, que sonreía. Miró a Leo, que aplaudía.

Me miró.

—Sí —susurró—. Sí. Mil veces, sí.

Me levanté. El cura ofició la ceremonia. No fue larga. No versó sobre imperios. Versó sobre el perdón, la familia y una segunda oportunidad.

Cuando dijo: «Puedes besar a la novia», la besé.

El círculo se había cerrado. Ya no se trataba de la novia rechazada. Se trataba del marido que había vuelto.