Capítulo 24
La prisión de San Vittore era un lugar que le quitaba el color al mundo.
Paredes de hormigón gris, luces fluorescentes que zumbaban como moscas atrapadas y el olor constante a desinfectante barato que intentaba enmascarar el hedor de la desesperación humana.
Era lo opuesto a mi mundo y a la casa llena de luz y vida que había construido en Brera.
Pero tenía que venir.
El juicio se acercaba y no había dejado margen para el error.
En cuanto le dieron el alta a Bianca, dirigí a la policía directamente hacia él.
No me detuve ahí; entregué a los fiscales cada rastro de suciedad que él había ocultado durante años.
Silvio no estaba en la cárcel solo por el intento de homicidio contra Bianca, sino por una extensa lista de delitos corporativos, fraudes y blanqueo de dinero que mis abogados habían desenterrado para garantizar que nunca más volviera a ver la luz del día.
Mi abogado principal, Corrado, me había llamado. Silvio Moretti quería verme. Afirmaba tener algo que decirme antes de desaparecer en el sistema penitenciario para el resto de su miserable vida.
Me senté en la sala de visitas con el cristal grueso y rayado separándonos.
Cuando los guardias lo trajeron, apenas lo reconocí.
El hombre arrogante e impecable que había irrumpido en mi piso hacía un año, tirando fotos sobre la mesa como si fueran cartas de un mazo, había desaparecido…
y solo quedaba una figura destrozada. El pelo, antes teñido de negro, estaba canoso y ralo.
Tenía los hombros encorvados, como si el peso de sus propias mentiras lo hubiera aplastado por fin.
Se sentó al otro lado del cristal. Cogió el teléfono negro con las manos esposadas que le temblaban.
—Marco. —Su voz era un susurro, seca y sin vida.
—Silvio —murmuré en un tono frío y controlado.
Se miró las manos, evitando mi mirada.
—No quería… —comenzó, con voz vacilante—. No quería hacerte daño de esa manera. Estaba borracho. Estaba… furioso. Tú… me lo quitaste todo con esa rueda de prensa… me humillaste.
—Te lo has quitado todo tú mismo, Silvio —le interrumpí, sin piedad—. Mentiste, manipulaste e intentaste destruir a una familia porque no podías afrontar tu propio fracaso.
Levantó la cabeza y, por un segundo, el antiguo fuego volvió a brillar en sus ojos.
—¿Crees que sabes lo que es el fracaso? ¿El niño prodigio que lo construyó todo «por sí solo»?
¡No tienes ni idea! —Silvio se inclinó hacia delante, con el aliento empañando el cristal—.
Siempre he odiado a los Ferraro. Alessandro…
ese viejo arrogante. —El nombre sonó como veneno—.
Hace años, fui a verle con una propuesta.
Una fusión que habría salvado la empresa de mi padre.
Ni siquiera miró el contrato, se rio en mi cara, Marco.
Dijo que los Moretti no tenían «la fibra necesaria». Nos destrozó con una sonrisa educada.
Lo observé, viendo cómo la amargura lo carcomía por dentro.
—Y luego… tú. —Me señaló con un dedo tembloroso—. Mi protegido. El hijo que nunca tuve. Te enseñé todo… ¿y qué hiciste? Te uniste a ellos… decidiste casarte con su hija. Unir tu sangre a la de quien me destruyó.
—Me enamoré de ella, Silvio. No tenía nada que ver contigo.
—¡Todo tiene que ver conmigo! —gritó. El guardia dio un paso al frente. Silvio bajó la voz, temblando—. Verte abandonarlos en el altar… fue el día más feliz de mi vida. Creí que había ganado. Entonces… volviste.
—Intentaste matar a la mujer a la que amo.
Silvio se encogió y la ira se disipó, dejando solo la ruina.
—No quería matarla —susurró, y vi lágrimas de verdad en sus ojos inyectados en sangre—. Solo quería… que sufrieran. Como yo sufrí.
Apreté los dientes y los puños; para él, esas excusas quizá fueran suficientes, pero a mí solo me hacían querer odiarlo aún más.
—El bebé… —La pregunta se le escapó antes de que pudiera contenerla—. ¿Él… sobrevivió?
Su pregunta me pilló desprevenido.
—Está vivo —respondí, con la voz dura como una piedra—. Gracias a ella y a la fuerza que tú dijiste que los Ferraro no tenían. Mi hijo está vivo y sano.
Silvio asintió, tragando saliva.
—Perdóname, Marco. Por el amor de Dios… he perdido mi alma.
Lo miré fijamente. El hombre que casi destruyó mi vida, que me enseñó a ser implacable y que acabó siendo mi mayor lección sobre lo que no debía ser.
Quería sentir odio y gritarle que se pudriera en el infierno. Sin embargo, lo único que sentí fue… lástima y alivio por saber que estaba entre rejas.
—Nunca te perdonaré, Silvio —dije, y la verdad de mis palabras resonó en el cristal—. Por lo que le hiciste a Bianca… no hay perdón. Pero no voy a cargar contigo. Tu odio ya no envenenará mi vida como envenenó la tuya.
Me levanté.
—¿Adónde vas? —preguntó él, con un pánico infantil.
—Me voy a casa… con mi mujer y mi hijo.
Colgué el teléfono. No miré atrás mientras salía. Lo dejé allí, condenado a la prisión que él mismo se había construido con décadas de resentimiento.
Cuando salí de San Vittore, el aire de Milán nunca me había parecido tan dulce. Llovía, una llovizna fina y grisácea que parecía un bautismo.
Me subí al coche y conduje; cuando llegué a casa, todo estaba en silencio. Me recibió el aroma a lavanda y talco.
Bianca estaba en el salón, junto a la ventana que daba al jardín, meciendo suavemente a Leo, y se giró al oír la puerta. Sabía dónde había estado.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó con voz suave y cautelosa.
No respondí con palabras. Ya no las necesitaba.
Me acerqué a ella. Le quité a Leo de los brazos y le di un beso en la frente, sintiendo en él el aroma de la vida. Lo dejé en la cuna de viaje junto al sofá.
Luego volví junto a ella.
La atraje hacia mí en un abrazo apabullante, hundiendo mi rostro en su cuello, inhalando su aroma.
—Se acabó, Bianca —le susurré contra la piel—. El pasado se acabó. Se quedó allí.
Ella me estrechó contra su cuerpo mientras me acariciaba la espalda. La última sombra había desaparecido y solo quedábamos nosotros.