La novia rechazada por el italiano (Herencia Ferraro nº 3) Capítulo 14
59%

Capítulo 14

El suave clic de la cerradura magnética fue el sonido más fuerte que había oído en la última hora.

Entré en mi amplio salón con vistas al corazón de Milán. El silencio me golpeó como un muro, casi haciéndome caer hacia atrás.

El aire estaba helado, a unos dieciocho grados, pero esta vez el frío parecía venir de mi interior. Dejé caer las llaves en la bandeja de mármol. El metal golpeó la piedra con un tintineo estridente, casi sacrílego.

Aún tenía los destellos de las cámaras grabados en las retinas. Todavía oía el rugido de los periodistas, como el de animales hambrientos.

…Yo soy el padre. …El error y la vergüenza son míos.

Lo había hecho yo. Yo, Marco Valenti, el hombre que construyó un imperio de la nada, que nunca dio un paso atrás, que nunca admitió una debilidad… Me había arrodillado ante el mundo entero y me había ofrecido en sacrificio.

La tensión de la rueda de prensa, esa energía febril y desesperada que me había mantenido en pie, se derrumbó de golpe.

Me quedé inmóvil en medio de mi amplio y vacío salón. Las luces de Milán, que empezaban a encenderse ahí fuera, parecían lejanas, irreales.

Patético…

La parte de mí que era el lobo estaba gritando. Acababa de cometer un suicidio corporativo. ¿Exponer una vulnerabilidad así? ¿Admitir que me habían manipulado? Les había entregado a mis rivales un arma para que la usaran contra mí el resto de mi vida. Parecía débil, emocional y destrozado.

Furioso, me arranqué la corbata del cuello. El nudo estaba apretado y me asfixiaba. La tiré al suelo.

Entonces, volvió a mi mente su imagen.

El rostro de Bianca en la oficina, pálida, aterrorizada, pero feroz. La foto en la tele, su nombre arrastrado por el barro.

No… No era debilidad.

Era la única jugada que me quedaba. La única que importaba.

Llevaba seis meses furioso por haberme dejado engañar. Seis meses centrado en mi humillación, en mi orgullo herido. ¿Y qué hizo ella? Se quedó callada y protegió a mi hijo… Ella sola.

Lo siento mucho, Bianca.

Eso se lo dije a las cámaras. Pero no se lo dije a ella.

La saqué a rastras de su despacho, la secuestré, la besé con rabia y me la follé contra la ventana de mi piso como un animal. Así que, cuando por fin me echó, mi siguiente jugada fue destrozar su vida en la televisión nacional.

Dios mío. No he arreglado nada. Solo he cambiado un desastre por otro.

Tenía que hablar con ella.

Cogí mi móvil. Mi dedo se quedó suspendido sobre su nombre. Bianca.

¿Qué le diría? «¿Has visto las noticias? Me he humillado por ti. ¿Ya es suficiente?»

La arrogancia de ese pensamiento me provocó náuseas.

Ella me odiaba. Y con razón. El hecho de que hubiera admitido la verdad públicamente no borraba lo del Duomo, el abandono, y mucho menos el terror que le había causado y, sobre todo, no borraba lo que había pasado antes de la rueda de prensa.

Estaba perdido… por completo.

Había jugado mi carta más fuerte. Una confesión pública y, por primera vez en mi vida, no sabía qué paso dar a continuación.

No podía obligarla. Lo intenté. El resultado fue violencia y más dolor. No podía comprarla. Lo intenté. Tiró mi comida a la basura y rechazó mi coche. No podía simplemente aparecer por allí. Sus hermanos me matarían antes de que me acercara a la puerta.

El móvil que tenía en la mano parecía pesar mil kilos.

Estaba desesperado, tenía el mundo a mis pies, pero la única mujer que me importaba estaba encerrada en una fortaleza, y yo mismo había entregado las piedras para construir los muros.

Solté el móvil. Golpeó la encimera de mármol con un ruido seco.

No podía llamar, no podía ir, ni enviar nada.

La furia se esfumó, y solo quedó el silencio.

Había hecho mi jugada y me había expuesto. En ese momento, lo único que me quedaba por hacer —lo más difícil y tortuoso que he tenido que hacer en toda mi vida— era esperar.

Tendría que esperar a que Bianca decidiera si lo que había hecho era suficiente para que volviera siquiera a mirarme a la cara.

Me senté en el sofá oscuro, mientras la noche caía sobre Milán. Por primera vez, no tenía ningún control sobre lo que ocurriría a continuación.

No me moví. El whisky que tenía en la mano permanecía intacto, con el hielo derritiéndose lentamente, diluyendo un valor que no poseía. El ático estaba a oscuras, salvo por las luces de Milán que se colaban por los cristales, creando largas sombras que parecían barrotes de prisión.

Había jugado mi última carta, me había expuesto públicamente, esperando que los fragmentos la protegieran de alguna manera.

Y… nada.

El silencio era ensordecedor. Cada minuto que pasaba era una confirmación de que no había sido suficiente. Ella lo había visto, claro que sí. Todo el mundo lo vio, pero ella me dejó aquí, solo en mi silencio autoimpuesto.

Estaba completamente perdido. Era un general sin ejército y un rey sin reino. Tenía todo el poder del mundo y no podía hacer lo único que importaba: conseguir que ella me mirara sin odio.

Tengo que hacer algo.

Me levanté, mientras la desesperación volvía a agitarme la sangre. Iba a ir a la Villa, me enfrentaría a sus hermanos y recibiría otro puñetazo. No importaba, necesitaba verla.

Ya me dirigía hacia la puerta, recogiendo mi chaqueta del suelo, cuando sonó el aviso.

Un suave «ding» procedente del ascensor privado.

Me quedé paralizado.

¿Quién? Era tarde. ¿Bianca Ferraro? ¿Silvio, que venía a darme el golpe de gracia verbal? ¿Matteo?

Las puertas de acero cepillado se abrieron y me quedé sin aliento… Era ella.

Estaba de pie en el umbral del ascensor, con la mano aún agarrada al asa de su bolso como si fuera un ancla. Tenía el rostro pálido, agotado, y sus ojos, esos que me atormentaban, estaban enrojecidos e hinchados de tanto llorar.

Nos limitamos a mirarnos fijamente. El silencio del ático vibraba.

No podía respirar. Mi corazón acelerado latía en mi garganta, presa de un pánico salvaje. Había venido… Está aquí.

—Tú… —Mi voz salió como un graznido áspero—. ¿Cómo has entrado?

—Tu portero me conoce —susurró ella, con voz débil, pero firme. No entró. Se quedó allí, en el límite entre el pasillo y mi piso.

—Lo vi.

La confesión fue tan baja que casi no la oí.

—Lo vi… en la televisión. La rueda de prensa.

Tragué saliva. El sabor a whisky y a culpa era lo único que tenía en la boca. No sabía qué decir. «Lo siento» sonaba como un insulto. «Gracias por venir…» sonaba patético.

—¿Por qué? —preguntó ella, y sus ojos por fin se encontraron con los míos. No había ira en ellos. Solo un profundo agotamiento y una confusión que me partió el corazón—. ¿Por qué hiciste eso, Marco?

No se refería al altar, sino a la rueda de prensa…

—¿Por qué exponerte así? ¿Humillarte ante todo el mundo?

Me apoyé en la pared de mármol. No podía mantenerme en pie bajo el peso de su mirada.

—Porque… —intenté decir, pero la verdad pesaba demasiado—. Porque era lo único que me quedaba… porque era la verdad.

—¿La verdad? —Por fin dio un paso hacia el interior de la sala—. ¿Ahora hablas en serio?

Su ira estaba volviendo.

—Me humillaste, Marco. En el altar. Hiciste que fuera el hazmerreír de Milán. Me arrastraste fuera de mi despacho. Me… —Se detuvo, incapaz de decir el resto.

—Lo sé —susurré, y las lágrimas que había contenido en la rueda de prensa amenazaron con brotar—. Lo sé, Bianca. Me comporté como un animal. Estaba… aterrorizado.

—¿Aterrorizado? —Se rio con amargura.

—¡Sí! —grité mientras la confesión brotaba de mi interior—. ¡Estaba aterrorizado! Lo descubrí todo de golpe. Silvio, las mentiras… y el embarazo… perdí el control.

Me acerqué a ella, pero me detuve cuando ella dio un paso atrás.

—No tengo excusa, Bianca —dije, dejando que se trasluciera la desesperación de estos seis meses—. No hay nada que pueda decir que borre lo del Duomo, ni lo que te hice aquel día en la oficina. Lo sé.

Ella me miró fijamente, con las lágrimas resbalando en silencio por su rostro.

—Me has destrozado, Marco. Una y otra vez…

—Lo sé. —Di un paso más y esta vez ella no retrocedió—. Y me pasaré el resto de mi vida intentando arreglarlo.

—No puedes… —sollozó, negando con la cabeza—. No lo entiendes. Tengo mucho miedo.

Su confesión me impactó.

—¿Qué? —pregunté en un hilo de voz.

—¡Sí, tengo miedo! —gritó, golpeándome la camisa con los puños cerrados, sin fuerza—. …de quedarme sola… de… —Se detuvo y se llevó instintivamente una mano al vientre—. …¡de no tenerte a ti para criar a este bebé!

Se derrumbó y la rabia se desvaneció, dejando solo el dolor crudo y aterrador.

La abracé y, esta vez, ella no se resistió, no me pegó, solo se dejó caer contra mí y sus sollozos nos sacudieron a los dos. La rodeé con mis brazos, atrayéndola hacia mi pecho, hundiendo mi rostro en su cabello.

—No te vas —le susurré al oído—. No te dejaré ir.

—Te odio —sollozó contra mi camisa.

—Lo sé —respondí, apretándola con más fuerza, como si pudiera fundirla conmigo—. Pero estoy aquí y no me voy a ir a ningún sitio.

Ella no me perdonó, no dijo que todo estaba bien, solo lloró y yo no huí. La abracé y, en el silencio de mi ático, entre los escombros que habíamos creado, esa fue la primera conversación sincera que tuvimos.

La abracé, sintiendo cómo sus temblores iban amainando poco a poco. Me dolían los brazos por la fuerza con la que la sujetaba, como si pudiera, físicamente, impedir que se hiciera pedazos delante de mí.

—Estoy aquí —le susurré de nuevo al oído—. No voy a…

Dejó de sollozar.

Su cuerpo, que estaba tenso contra el mío, se relajó por un segundo y, entonces, se apartó.

El movimiento fue lento. No me empujó con rabia, solo se apartó lo suficiente para poder mirarme a la cara.

Me preparé para el golpe, para el odio, para la acusación y para el desprecio que veía en sus ojos desde el día en que volví…

Su rostro era un caos: hinchado, enrojecido, manchado de rímel y, aun así, era la visión más sincera y hermosa que jamás había tenido.