Capítulo 48
El hermano de Qasim no dijo una sola palabra durante todo el trayecto hasta casa. Es increíble lo parecidos que son sus ojos: todos tienen un brillo frío, metálico. Excepto los de mi marido, que, al menos cuando me mira a mí, son llamas, fuego ardiente.
Mi... ¿cuñado?... Bueno, al menos así fue como Qasim me lo presentó. Se llama Zehab. También me presentó a sus otros tres hermanos: Cenk, el mayor, Emir y Kahraman.
En fin, estamos dentro del ascensor y, mientras sube, intento no pensar en la locura de esta noche, porque todavía no logro entender qué esperaba conseguir Ilgaz al ir detrás de mí.
No es como si hubiéramos tenido una relación de verdad cuando terminé con él. No existe una sola razón para que se obsesionara tanto conmigo como para averiguar dónde trabajaba, utilizar a su hermana como señuelo para hacerme salir y después... ¿qué?
¿Iba a secuestrarme? No consigo creer algo así. La vida no es una película. En el mundo real, las personas ricas como él tienen demasiado que perder.
La paliza que Qasim le dio a Ilgaz fue brutal, pero merecida.
Nunca había visto a mi marido tan furioso. No creo que, cuando dijo que mataría a mi ex si volvía a acercarse a mí, estuviera lanzando una amenaza que no tuviera intención de cumplir.
Qasim hablaba en serio.
No conseguí tranquilizarme durante todo el camino a casa y estoy tan tensa que, cuando el ascensor emite el sonido que anuncia la llegada, doy un salto del susto.
—Estás a salvo, Kadri. —Zehab se dirige a mí por primera vez porque, hasta ahora, solo me había saludado con una inclinación de cabeza cuando nos presentaron.
—Lo sé.
La puerta del ascensor se abre.
—¿De verdad lo sabes?
Nos detenemos en el pasillo y no me sorprende verlo apoyar el dedo en el sensor de la cerradura electrónica para abrir la puerta de nuestra casa.
Ya me di cuenta de que los Yavuz Aydin son muy unidos, así que supongo que todos los hermanos de Qasim tienen acceso a este ático y quizá también a sus otras propiedades.
—Me muero de vergüenza por lo que hizo ese cretino. Le pedí a Qasim que dejara de estrangularlo porque no quería que lo arrestaran por asesinato, pero, si nadie hubiera estado mirando, me habría encantado darle unos cuantos golpes a Ilgaz con mis propias manos.
Para mi sorpresa, sonríe.
—¿Alguna vez golpeaste a alguien?
Me encojo de hombros.
—Siempre hay una primera vez para todo.
Vuelve a ponerse serio.
—¿Sabes por qué fue detrás de ti?
—¿Me creerías si te dijera que no tengo la menor idea? Jamás llegó a besarme.
—¿Qué? ¿No era tu novio?
Avergonzada hasta la médula, le cuento a Zehab algo que ni siquiera le he dicho a Qasim, y eso se debe a que mi marido parece volverse loco de celos cada vez que surge el nombre de Ilgaz.
No oculto nada. Le hablo de mi amistad con Elif, de cómo conocí a Ilgaz y de que mantuvimos una relación platónica durante algunos meses, hasta que, al acercarse la fecha en la que yo saldría del internado, él empezó a querer estrechar nuestros lazos, invitándome a dar un paseo en yate y diciendo que deseaba tener una relación seria conmigo.
—Querida, no te ofendas, pero, según mi forma de ver las cosas, lo que ustedes tuvieron no fue un noviazgo.
Siento que el rostro me arde.
—Sí, ahora que lo veo desde afuera, creo que no lo fue.
—Y eso me hace preguntarme de dónde surgió esa obsesión.
—¡Exactamente lo mismo estaba pensando! No éramos una pareja enamorada ni nada parecido. Antes de reencontrarme con él hoy, solo lo había visto en persona una vez. Sé que tú y tus hermanos no sienten simpatía por mí, pero no soy una mentirosa. Yo no le pedí a Ilgaz que fuera a buscarme.
—No tengo nada contra ti, Kadri. El problema es el apellido que llevas.
Mi expresión se endurece.
—No permitiré que nadie hable mal de mis padres, de mi abuela ni de mi abuelo.
—No iba a hacer eso. No voy a mentirte: ninguno de nosotros se alegró cuando mi hermano firmó ese contrato de matrimonio por conveniencia con Doruk.
Pero he visto lo protector que es Qasim contigo.
Te trata como a una esposa de verdad y, de ahora en adelante, nosotros también te trataremos así.
No hay otra opción. Aunque no quieras tener a ninguno de nosotros cerca, estaremos a tu alrededor a partir de ahora.
Mi corazón, tan necesitado de afecto, se reconforta con aquella promesa brusca.
—Soy una persona, no solo la heredera Zengin Okan. Aunque jamás renegaré de mi apellido, ustedes ni siquiera me dieron una oportunidad. No me conocen.
Intento ocultar el dolor en mi voz.
¿Qué tan humillante es que solo vaya a conocer a la familia de mi marido por la cena que Qasim está organizando para su amigo griego, Atticus?
Además, que sus hermanos estén dispuestos a aceptarme como parte de la familia no significa que la matriarca vaya a hacer lo mismo.
—¿En qué estás pensando? —pregunta después de que entramos.
—¿Qué le hizo mi familia a la tuya, Zehab?
—Deberías preguntárselo a tu marido.
Siento una punzada de dolor en el pecho.
Tuvo que ser algo muy grave. De eso estoy segura.
—Nunca ha hablado del tema.
—En algún momento lo hará, Kadri.
Qasim
Llegué a la comisaría con la furia contra ese hijo de puta todavía palpitando bajo mi piel.
Hasta hoy, jamás había sentido el verdadero deseo de matar a alguien, pero no habría perdido ni cinco minutos de sueño si le hubiera aplastado el cuello hasta sentir cómo se quebraba bajo mis dedos.
Después de prestar declaración y de que la policía aceptara tomar la de Kadri mañana, salí de la comisaría acompañado por Cenk, Emir, Kahraman y los abogados.
—Tenemos que investigar a ese miserable —digo después de que nuestros representantes legales se marchan.
Zehab acaba de llamarme y me contó la conversación que tuvo con Kadri, después de asegurarme que la dejó a salvo en nuestro ático.
—Ya pensaba hacerlo —dice Emir.
—No, no lo entienden. Zehab habló con mi esposa. Ella le contó que Ilgaz ni siquiera llegó a besarla.
Y me gusta saberlo.
Como un maldito egoísta, me satisface tener la certeza de que Kadri es completamente mía.
—Creí que habían sido novios —dice Cenk, sorprendido.
—Al parecer, fue una relación platónica —respondo.
—¿Y tú no lo sabías? —pregunta Kahraman.
—No. A mí no... me gusta hablar de ese tema. Cuando nos conocimos, Kadri me dijo que estaba enamorada de ese imbécil.
—Sentiste celos de un rival imaginario —se burla Emir.
—Imaginario, una mierda. De algún modo, él todavía creía tener derechos sobre Kadri. El caso es que, como bien señaló Zehab, si ese infeliz ni siquiera la besó, ¿cómo pudo obsesionarse con ella hasta el punto de ir detrás de mi mujer, incluso sabiendo que está casada?
—Yo diría que a algunos hombres les importa una mierda un anillo o un certificado de matrimonio —argumenta Kahraman.
—Estoy de acuerdo, pero nuestra familia es muy conocida en el país —dice Cenk—.
Ir detrás de una de nuestras esposas es la forma más segura de meterse en un problema infernal.
Tiene que haber algo que haya empujado a ese desgraciado a cometer un acto tan desesperado.
Esto no fue solamente consecuencia de un ego herido.
—Un amante enamorado podría correr ese riesgo —replico—, pero ¿arriesgarse a terminar en prisión o algo peor por una mujer a la que nunca tocó?
A menos que Ilgaz Sungur sea un completo demente y tenga un verdadero problema mental, detrás de esta historia hay mucho más de lo que estamos viendo.
Y ahora no voy a detenerme hasta descubrir todos sus secretos.