La Novia del Mafioso CAPÍTULO ONCE #2
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CAPÍTULO ONCE #2

—No lo soy —respondí—. Solo sé lo que quiero.

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La reunión pasó dos días después.

Dante me había contado, la noche anterior, lo que se discutiría: los aliados de Marchesi, la extensión de la amenaza, las opciones de respuesta. Me lo había contado con una completud que reconocía como nueva, como algo que había decidido hacer distinto después de la conversación en la biblioteca.

Incluirme.

No en los detalles operativos: había un límite razonable ahí que no necesitaba cruzar y que no quería cruzar. Pero sí en la situación. En el estado real de las cosas. En lo que estaba llegando y en lo que él estaba considerando.

—¿Puedo preguntar algo? —había dicho, mientras hablaba.

—Siempre.

—Los aliados de Marchesi: ¿qué quieren de verdad?

Se había quedado mirándome un segundo.

—Venganza —dijo.

—¿Eso es objetivo o es emoción?

Una pausa.

—Es emoción que se manifiesta como objetivo.

—Entonces el objetivo es satisfacer la emoción —dije—. No necesariamente a través del método específico que están usando ahora.

Inclinó la cabeza.

—Continúa.

—Cuando un grupo actúa por emoción en vez de estrategia —dije, pensando en voz alta— son menos predecibles a corto plazo pero más predecibles a largo plazo.

Porque la emoción tiene patrones. La rabia que no encuentra salida se vuelve otra cosa.

A veces agotamiento. A veces negociación.

—Pausa—. ¿Ya intentaste negociar con alguno de ellos?

Silencio largo.

—No —dijo.

—¿Por qué no?

—Porque no es así como funciona.

—Es así como funciona en cualquier conflicto humano que se haya resuelto sin exterminio total —respondí—. Lo cual no significa que vaya a funcionar ahora. Significa que es una opción que existe antes que las otras.

Dante se quedó mirándome un buen rato.

—Me estás diciendo cómo gestionar una situación de conflicto armado.

—Te estoy diciendo lo que aprendí enseñando Dostoievski y Tolstói y Steinbeck durante seis años —respondí—. La naturaleza humana tiene consistencia independientemente del contexto.

Más silencio.

—Marco te va a adorar —dijo, finalmente.

—Marco ya me quiere.

—Te va a adorar todavía más.

En la reunión, me senté junto a Dante.

Los hombres alrededor de la mesa —los mismos de la cena familiar, más algunos que reconocía de vista pero no por el nombre— me miraron con variaciones de sorpresa, respeto y curiosidad que había aprendido a no registrar de forma explícita.

Dante no presentó justificación para mi presencia. Solo empezó la reunión conmigo ahí, lo cual era en sí mismo una declaración más elocuente que cualquier explicación.

Había sido en ese momento —viendo a los hombres alrededor de la mesa recalibrar rápidamente, sin objeción, porque el Capo había establecido el marco— que había entendido algo sobre Dante que tal vez debería haber entendido antes.

El poder que tenía no era solo sobre fuerza o intimidación.

Era sobre el hecho de que cuando él decidía que algo era así, el mundo alrededor se reorganizaba para ser así. No por miedo: por confianza. Porque había un historial de que cuando él decidía algo, había una razón para eso, y que la razón era válida incluso cuando no estaba explicada.

Esa era una forma de liderazgo que había leído en libros y rara vez había visto en la práctica.

Y era con quien me había casado.

Ese pensamiento, que llegó en medio de una reunión sobre aliados de venganza y estrategia de conflicto, me dio ganas de reír, y no reí porque no era el momento, pero guardé las ganas de reír para después, para contárselo, para ver esa expresión enternecida-contenida que hacía cuando yo decía cosas que él no había esperado.

• • •

La guerra —porque eso era lo que era, aunque a veces intentara llamarla de otra forma para que sonara más soportable— duró tres semanas.

Fueron tres semanas de tensión constante.

De noches en que Dante llegaba tarde y yo estaba despierta en la biblioteca fingiendo leer cuando en realidad estaba escuchando los pasos en la escalera.

De mañanas en que el desayuno en el balcón ocurría pero con una cualidad distinta: más callado, más denso, como dos personas saboreando el momento con la conciencia de que había incertidumbre alrededor.

Aprendí cosas sobre mí misma en esas tres semanas.

Que podía cargar más de lo que había creído que podía. Que había una diferencia entre el miedo que paraliza y el miedo que afina: el miedo que volvía los sentidos más precisos, la atención más completa, cada momento más vivido porque había conciencia de que los momentos eran contingentes.

Que podía ser compañera de Dante Romano de la forma en que había dicho que quería ser: no solo emocionalmente, sino prácticamente. Que había formas de contribuir que no eran operativas y que eran igualmente reales.

Y que el amor que sentía por él se había profundizado durante esas tres semanas de una forma que la felicidad de los primeros días de matrimonio no había producido.

Como si la adversidad tuviera una capacidad de revelación que la facilidad no tenía: de mostrar lo que había debajo cuando la superficie era presionada.

Lo que había debajo era sólido.

En ambos.