7. Konstantin
KONSTANTIN
—Ocho en total —dice Ethan mientras se apresura a mi lado, esforzándose por mantener mi ritmo por la mansión hacia el patio trasero—.
Hemos contenido los daños en cuatro de ellas.
Tres se han perdido por completo y una no está confirmada porque el fuego sigue activo.
Los equipos están allí ahora, pero sinceramente…
—se detiene para tomar aire—. No pinta bien.
Esto es una mierda.
No he sido más que justo con estos bastardos italianos y ellos responden quemando todos los laboratorios que caen en sus manos.
El cómo saben exactamente dónde golpear es el motivo por el que he convocado esta reunión.
Salgo al patio donde seis de mis generales llevan una hora esperando bajo el incómodo sol del mediodía.
Todos se tensan en cuanto me ven, y un par de ellos se obligan a parecer relajados bebiendo de vasos que hace tiempo que se quedaron sin hielo.
El único vaso frío que queda es el mío, en la cabecera de la mesa, con hielo suficiente para ahogar el alcohol.
—Caballeros. —Al sentarme, cojo el vaso y bebo despacio, provocando a cada general que está allí sentado, rígido por el sudor y con la piel ardiendo por haber sido obligado a esperarme aquí fuera durante tanto tiempo—. Tenemos un problema.
Ethan se sitúa justo detrás de mí, desliza su tableta electrónica sobre la mesa, frente a mí, y retrocede un paso.
—Un problema, efectivamente —asiente el general más cercano.
—Ocho laboratorios. Teniendo en cuenta cuántos tenemos en total, ocho no son tantos, pero eso no me importa.
No me importa el producto. El producto puede sustituirse.
No me importa el personal. El personal puede volver a contratarse.
Los edificios pueden reconstruirse. ¿Lo que me importa?
—Mi mirada afilada recorre la mesa y se clava en los ojos de cada general, uno por uno—.
¿Cómo cojones saben esos malnacidos italianos dónde golpear?
Un murmullo incómodo surge alrededor de la mesa y un general a mi izquierda se inclina hacia delante. —Estoy seguro de que sabe que descubrimos a un topo en el centro. Vendía información sobre usted al mejor postor...
—No importa eso —interrumpe otro general—. La culpa es tuya, Konstantin.
Le clavo la mirada, exigiéndole que lo explique sin decir una palabra. Él se queda callado cuando todos los ojos se vuelven hacia él.
—Explíquese —ladra Ethan desde detrás de mí.
—Mataste al hijo del Don. ¿De verdad pensaste que asesinarlo no tendría consecuencias?
—Me robó —respondo en voz baja—. Sabes muy bien que no tolero esas mierdas.
—Claro —responde el general—. Pero aun así mataste a un príncipe. Así que los italianos están cabreados, y lo entenderías si tuvieras tu propio hijo que perder.
Aprieto los dientes.
Incluso en medio de una guerra, estos imbéciles temblorosos siempre encuentran la manera de volver a sacar el tema de mi falta de heredero.
No pueden ver más allá de eso, y siguen convencidos de que yo sería un líder mejor y más despiadado si tuviera algo tan preciado que perder.
Para mí no tiene sentido.
—¿Qué querrías que hubiera hecho? ¿Darle una palmadita en la cabeza y mandarlo de vuelta con su familia?
¿Darle las gracias por poner a prueba nuestras defensas y señalar los puntos problemáticos?
—La amargura gotea de mi tono—. No me importa quién me robe.
No me importa quién me traicione. Al final, el resultado es el mismo.
El general se recuesta en su asiento y observa su bebida caliente; luego aparta la vista con asco.
—Da igual —habla otro general—. Los italianos empezaron esto, pero nos falta información para devolverles el golpe. Hemos atacado un par de restaurantes y robado unos cuantos cargamentos de armas, pero el valor no es ni la mitad de lo que hemos perdido con esos laboratorios.
—Entonces indaguemos más profundamente —dice otro—. Quizá si dejáramos de matar a todo el que nos cruzamos, tendríamos a alguien a quien interrogar para saber más sobre los tratos que estamos rompiendo.
—No podemos dejar que vivan —dice otro—. Konstantin tiene razón. Nos robaron y luego esperaron clemencia solo porque era el hijo del Don. Ser el heredero y de la misma sangre no te da inmunidad ante tus enemigos.
Tengo más que decir.
Órdenes que dar.
Ira que expresar.
Todo se desvanece porque detrás de las cabezas de los generales, las puertas de cristal se deslizan y mi mujer, Rose, sale al sol vistiendo nada más que un bikini de hilo blanco.
Apenas hay tela suficiente para cubrirle los pechos, y los pequeños lazos atados a sus caderas pertenecen a la parte inferior y parecen a punto de deshacerse en cualquier segundo.
Mi corazón se detiene en mi pecho.
Sale descalza y junta las manos.
Luego estira los brazos por encima de la cabeza y arquea el cuerpo con un gemido suave y sutil, lo suficientemente fuerte como para captar la atención de todos los demás hombres alrededor de la mesa.
En el momento en que todos miran hacia el origen del ruido, la ira se enciende en mi pecho.
Rose no nos mira.
Después de estirarse, recoge su pelo oscuro en un puño en la nuca y luego se hace una coleta con un elástico.
Después cruza las baldosas caldeadas por el sol hacia la piscina, todo mientras se ajusta la parte de arriba del bikini.
—Si yo fuera veinte años más joven... —dice uno de mis generales.
—Apuesto a que te mantiene ocupado —dice otro.
—Una belleza así es muy rara —comenta un tercero—. ¿Cómo diablos aguantas el ritmo a una jovencita así?
Ruidos de asentimiento y murmullos recorren la mesa y sé que debería decirles que dejen de mirar, pero estoy igual de hipnotizado... y cabreado de que se atreva a exhibirse así delante de mis hombres.
Calvin irrumpe por la puerta, visiblemente asustado.
Localiza a Rose en un instante, pero mientras él se lanza hacia delante, ella llega al borde de la piscina y estira las manos hacia el cielo.
Tras una respiración profunda que hace que su pecho se mueva y se eleve, se zambulle en el agua azul profundo justo cuando Calvin llega al borde.
Se detiene con un tambaleo, a punto de caer por el borde.
Tras recuperar el equilibrio, se pone en cuclillas y sus susurros apagados no llegan a mis oídos, pero está claro que está haciendo todo lo posible para que ella salga de la piscina.
—Como iba diciendo. —La ira impregna mis palabras y atrae de nuevo la atención de los seis generales hacia mí, pero no están tan concentrados como antes.
Ninguno de ellos puede resistirse a lanzar miradas furtivas a la hermosa mujer que nada perezosamente de espaldas en el agua—.
Necesitamos más información. Ocho no son nada para nosotros ahora mismo, pero si siguen minándonos, estaremos en problemas.
Preferiría atajarlo antes de que ocurra.
Dado que una filtración se ha taponado, debemos tener otra.
—¿Otra? —El general a mi izquierda clava su mirada en mí y la mantiene mientras la tensión se extiende por su cara. Está luchando claramente contra el impulso de seguir el sonido de las risas de Rose y el chapoteo en la piscina.
—Nadie tiene toda la información. Cuatro laboratorios, me lo creería. ¿Pero ocho? Esa información no procedía de una sola persona. Quiero que se compruebe a todo el mundo y la próxima vez que le echemos el guante a un cargamento italiano, preguntad primero, ¿entendido?
Un murmullo distraído pero de asentimiento recorre la mesa y se distraen aún más cuando el gruñido de Calvin llega a través del aire.
Rose salpica con el agua y luego se aleja nadando rápidamente, dejando que él la siga por el lateral de la piscina mientras le hace señas para que salga.
Lo está haciendo a propósito.
¿Pero por qué?
El general de al lado finalmente cede y mira hacia el agua. En el momento en que lo hace, me levanto bruscamente y mi silla chirría ruidosamente al retroceder. —Largo.
Todos empiezan a levantarse.
—Tenéis vuestras órdenes. La próxima vez que nos reunamos, quiero respuestas, ¿entendido?
—Sí, señor —llegan sus respuestas mezcladas.
—Y una cosa más.
Seis pares de ojos se clavan por fin en mí con total atención.
—Si alguien vuelve a mirar a mi mujer, aunque sea un segundo, le cortaré las pelotas y se las serviré como recordatorio a todos los demás hombres que queden en esta mesa. ¿Ha quedado claro?
A pesar del sofoco por el sol, un par de hombres palidecen por completo.
Entonces, los seis se apresuran a salir del patio como si el mismísimo sol les quemara los tobillos mientras huyen. En ningún momento nadie vuelve a mirar a la piscina.
—¿Jefe? —Ethan se acerca, y luego mira más allá de mí, a la piscina—. ¿Quiere que me encargue yo?
—No —respondo con sequedad—. Yo me ocupo.
Quitándome la chaqueta del traje dado el calor del sol, me remango la camisa y bajo los pocos escalones del patio que llevan a la piscina cercana.
Calvin, en medio de la persecución de Rose alrededor del otro lado de la piscina, se detiene inmediatamente y se endereza al verme.
—Jefe —jadea, un poco agitado—. Lo siento, yo...
Ignorándolo, paso de largo hasta el borde de la piscina y me detengo. —Rose. —Su nombre corta el aire cálido como el chasquido de un látigo y el agua a mis pies se agita y burbujea cuando ella sale a la superficie con una carcajada.
Está más que preciosa. Las gotas de agua se adhieren a su cara y hombros como si se hubiera bañado en cristal, su pelo se abre en abanico detrás de su cabeza, y el color oscuro que se ha pintado en los labios se curva en una amplia y burlona sonrisa.
—Esposo mío —murmura ella—. ¿Estás bien?
—¿A qué estás jugando? —le espeto—. ¿A salir aquí vestida así?
Sus cejas se juntan y ladea la cabeza. —¿Te refieres a ir en bañador?
—Lo que llevas puesto difícilmente puede llamarse así.
Sus brazos se mueven de un lado a otro sobre la superficie mientras se mantiene a flote, mientras el calor se enrosca en lo bajo de mi vientre.
Las gotas de agua resbalan por sus hombros y siguen la curva de su cuerpo hasta el valle entre sus pechos.
Sonríe con malicia cuando me pilla mirando.
—Es un bikini. Si vas a decirme que eres demasiado puritano para algo así, entonces vamos a tener un problema.
—No tengo ningún problema con el bikini.
—¿Estás seguro? —Rose me pone morritos—. Pareces muy enfadado.
—Tengo un problema con que te vistas así delante de mis hombres. ¿Has olvidado nuestros votos?
—Sí. —Su sonrisa se ensancha y algo en la honestidad de sus ojos me lleva a creer que realmente los ha olvidado.
—No quiero que mis hombres miren lo que es mío.
Rema hacia atrás unos centímetros. —Entonces diles que no miren.
—Rose.
—Me dijiste que este era mi hogar. No es culpa mía que te hayas traído el trabajo a casa cuando yo quería nadar.
—Los hombres son unos perros —respondo, y sus ojos parpadean como si estuviera de acuerdo—. No te lo diré otra vez. Vístete decentemente cuando mis hombres estén cerca o te despertarás y verás que tu armario ha sido reemplazado por ropa del siglo XIX.
—Entonces iré desnuda —responde Rose y su voz suave gotea una pesada intención. Me clava la mirada y arrastra las manos por el agua hasta tenerlas frente a ella, luego las desliza alrededor de su cuello y tira del lazo anudado que descansa allí.
—Calvin —digo en cuanto la parte de arriba de su bikini se afloja—. Vete.
Él ya está a mitad de camino de la casa.
—Rose. Suficiente. Sal de la piscina para que podamos hablar de esto.
—¿Sobre qué? —hace un puchero, sosteniendo la parte superior de su bikini en alto—. Sabes, Kon, que necesitas relajarte. Relájate más y diviértete.
—¿Diversión? —repito, apenas capaz de contener la punzada de irritación que me muerde el pecho.
Se ha exhibido ante hombres que nunca, jamás, debían ver cómo es.
Su belleza es para mí y solo para mí, y sin embargo ella está aquí fuera provocándome como si fuera ella quien tiene el control.
Me pongo en cuclillas y le tiendo la mano. —Ven.
Rose vuelve a hacer un puchero, luego pone los ojos en blanco y gime. —Vale —murmura, y nada hacia delante para cerrar el espacio entre ella y el borde de la piscina.
Justo cuando alcanza mi mano extendida, un destello de picardía brilla en sus ojos y no tengo tiempo de reaccionar.
Simplemente me agarra la mano con las suyas y se lanza hacia atrás, usando su impulso y su peso para hacerme perder el equilibrio.
Su risa resuena en mis oídos mientras caigo a la piscina y desaparezco bajo la superficie.