La Noche del Eclipse Delicias IV - Siempre estuvo ahí
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Delicias IV - Siempre estuvo ahí

Delicias IV - Siempre estuvo ahí

La última línea seguía clavada en la pantalla.

D: Necesito la firma original de Daniel.

El mensaje no dejaba lugar a dudas, DALIA funcionaba perfectamente, pero pedía algo muy concreto. Ramón fue el primero en reaccionar, ignorando el monitor y acercándose directamente a Álvaro.

—Siéntate un minuto.

—No.

La respuesta le salió más seca de lo que quería. Álvaro no apartó la vista de la pantalla.

—DALIA. Mantén el módulo en espera y amplía el alcance. Rehaz el mapa sin exposición. Quiero un triaje completo.

Las pantallas cambiaron de estado y el mapa de España reapareció con un nivel de detalle mucho mayor. Esta vez los puntos no solo parpadeaban: empezaban a identificarse. En el centro del mapa, uno de los puntos verdes se fijó y arrojó un nombre.

Faro de Moncloa.

Mara fue la primera en leerlo.

—Otra vez el faro...

Luego aparecieron otros: Banco de España, Bolsa de Madrid, hospitales privados. Eran nombres demasiado concretos para ser una casualidad. Lucía se quedó mirando el panel.

—Eso no sigue encendido por casualidad.

—No —respondió Álvaro.

—No han dejado vivos servicios esenciales. Han dejado vivos sitios muy concretos —dijo Ramón.

Mara lo remató casi para sí:

—Dinero, poder… y medicina para unos pocos.

El mapa seguía allí, con unos pocos puntos verdes incrustados en el rojo. La precisión daba más miedo que el apagón. Álvaro volvió al bloqueo del módulo.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Ramón.

—Que no le basta con el módulo y los archivos. Necesita a Daniel o algo que lo identifique como verdadero.

—No tenemos nada. —Lucía bajó la vista hacia su muñeca. La frase se le quedó corta y se corrigió enseguida—: De Daniel no queda nada, solo esto.

Y se tocó el reloj.

El gesto fue mínimo, pero a Álvaro le bastó. La imagen le asaltó de golpe y su cabeza viajó a otra noche.

***

—Si me pasara algo, apártalos de todo esto.

—¿A quiénes?

—A mi padre... y sobre todo a Lucía.

Mientras lo decía, Daniel seguía jugando con el reloj, con la yema del pulgar yendo una y otra vez a la parte de atrás, a una muesca pequeña que Álvaro entonces no había sabido leer.

***

Volvió al presente de golpe.

—Dámelo.

Los ojos de Lucía bajaron instintivamente hacia su propia muñeca al comprenderlo y lo cubrió con la otra mano.

—No.

Álvaro dio un paso hacia ella, decidido y con dolor, pero no se detuvo.

—Lucía… —No.

—Por favor, dámelo.

—Es lo único suyo que me queda.

Lucía se aferró a la esfera con los nudillos blancos por la tensión y nadie en la sala se atrevió a respirar. Álvaro bajó un poco la voz.

—No voy a romperlo.

—Hace tiempo que dejé de confiar en ti.

La frase se quedó entre los dos, pero ni Ramón ni Mara se quisieron meter. Álvaro extendió la mano despacio, sin tocarla todavía.

—No te estoy pidiendo que confíes en mí para todo, pero sí para esto.

Lucía lo miró como si quisiera encontrar en su cara una razón suficiente y lo único que vio fue cansancio, dolor y algo peor: necesidad.

—Nunca se separaba de él —murmuró ella, bajando un momento la vista al reloj—. Siempre lo llevaba encima.

—Lo sé.

—No te voy a perdonar si lo rompes.

—Confía en mí.

Mara dio un paso muy despacio, sin querer romper nada.

—Dáselo. —Lucía no apartó la vista de Álvaro. Mara insistió un poco más bajo—. Creo que sabe lo que hace.

La mano de Lucía tardó un segundo en soltarse.

Cuando por fin se quitó el reloj, lo sostuvo aún un instante antes de entregarlo.

Álvaro alargó los dedos y, al cogerlo, rozó los suyos.

Fue un contacto mínimo y el cruce de miradas fue duro, cargado de dolor, de reproches y de una culpa compartida que ninguno de los dos sabía cómo arreglar en ese momento.

Álvaro apartó la vista primero, dejó el reloj sobre la mesa y lo giró con cuidado buscando la muesca.

Lucía siempre había pensado que aquella pequeña marca en la tapa era un simple golpe en el metal. Álvaro, en cuanto la vio bien, supo que era otra cosa.

—No estaba roto —murmuró.

Con un pulso que amenazaba con traicionarle por la punzada del costado, sacó un punzón del kit y lo encajó en la ranura, haciendo palanca con mucho cuidado.

La tapa cedió al final con un leve clic.

Debajo de una lámina interior había encajada una pieza minúscula y nada espectacular: una pequeña memoria gris, sin marca.

Álvaro la observó un instante antes de sacarla con la punta de la herramienta y dejarla en la palma de la mano. Ramón soltó aire.

—Joder...

—Lucía la ha llevado encima todo este tiempo —susurró Mara.

La periodista no dijo nada.

Álvaro fue hasta la mesa principal, conectó un lector pequeño al sistema y metió la memoria con el pulso más cuidadoso que el dolor le permitía.

DALIA estuvo procesando durante cinco segundos que se hicieron interminables.

Todos se quedaron mirando la pantalla sin hablar ni moverse como si pudieran estropear algo.

Entonces apareció la primera línea.

D: Leyendo dispositivo externo.

Más tarde otra.

D: Verificando identidad.

Álvaro mantuvo la respiración hasta que vio la tercera.

D: Firma original verificada.

Mara dejó escapar el aire, Lucía cerró los ojos un segundo y Ramón acabó apoyándose en la mesa porque necesitaba algo real a lo que aferrarse.

La línea siguiente tardó un poco más en aparecer.

D: Módulo desbloqueado.

Después otra.

D: Cargando archivos.

El sistema abrió una ventana nueva. Era un archivo de vídeo y la imagen tardó un instante en estabilizarse. Primero hubo ruido, luego un fondo oscuro y, por fin, una figura quieta con el gesto cansado.

Daniel.

Nadie dijo nada y la imagen seguía ahí, esperándolos.

Álvaro miró una vez a Lucía y lo leyó en sus ojos:

—Dale al play .