La Noche del Eclipse La nota
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La nota

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Lucía caminaba rápido y se abría paso a empujones contra el caos de una ciudad que no sabía dónde ir.

Detrás quedaba el barrio de La Latina, todavía con gente en las aceras sin saber muy bien qué hacer.

En la calle Toledo, el ruido no había bajado; solo había cambiado de forma: cláxones largos que sonaban sin cesar; discusiones en mitad de los cruces donde nadie sabía quién tenía prioridad y sirenas que sonaban desde lejos.

El apagón había desordenado Madrid un poco más.

Sacó la radio portátil de la bandolera y la apretó contra el pecho. La encendió por puro instinto, como si un aparato tan pequeño pudiera devolverle algo de lo que se estaba perdiendo.

—… mantengan la calma… Eviten desplazamientos innecesarios. Los servicios de emergencia están…

La frase se rompió en estática y volvió otra voz más medida: Zarzuela, «unidad», «tranquilidad». Eran palabras limpias para una ciudad que se desmoronaba de ruido.

La periodista escuchaba para ordenar su mente; cualquier cosa era mejor que el vacío que deja la luz al marcharse.

Al acercarse al río, la luz cambió. Sin llegar a ser noche cerrada, el Manzanares se había convertido en una franja oscura y la ribera por la que caminaba parecía otra ciudad: había grupos de personas caminando en silencio, otros corriendo, varias bicicletas sin luces y gente que se detenía a mirar alrededor, como si la calle fuera a contarles algo.

El Puente de Arganzuela apareció como un esqueleto metálico en medio de la nada. Lucía lo encaró sin bajar el ritmo, sintiendo la radio pegada al oído y el golpe rítmico de la bandolera contra su costado.

Entonces lo oyó. Era el zumbido de una moto, cercano y rápido, que atravesó el puente por el carril bici como un cuchillo.

Lucía levantó la cabeza por puro reflejo, tratando de buscar un foco, una forma o cualquier cosa.

No llegó a ver nada claro; solo sombras y gente que se apartaba un segundo antes de que la marea volviera a cerrarse. El sonido se perdió hacia Madrid Río.

Siguió su camino; no podía permitirse el lujo de mirar atrás.

El barrio de Comillas estaba ahí, al otro lado, como un destino al que no había querido volver desde hacía años.

Al entrar, se encontró con las primeras fachadas oscuras, los portales sin luz ni timbres y a muchos vecinos asomados con linternas.

Cuando llegó al edificio de su padre, se detuvo ante el portal; la puerta le pesó como una discusión pendiente.

La última vez que había estado allí, se había marchado como si acabara de escuchar una sentencia.

Miró hacia arriba; la fachada estaba a oscuras. Tragó saliva antes de llamar.

—Papá.

La palabra le salió rara, con una falta de costumbre que le hacía sentir que ya no tenía derecho a decirla. Esperó. Nada. Llamó otra vez, más suave, como si el volumen pudiera cambiar el resultado.

—Papá… soy yo, Lucía.

El silencio no respondió. Solo se oía la ciudad lejana y a alguien gritando un nombre ajeno.

Apoyó la frente un segundo en el cristal del portal y se obligó a respirar.

«No tengo derecho», pensó. Esa había sido su casa durante años; ahora ya no.

Y luego, con un impulso más fuerte: «No tengo alternativa».

Abrió con sus llaves, empujó la puerta y subió hasta el piso de Ramón para enfrentarse al silencio. La respuesta fue la misma: nada. No lo pensó dos veces y entró.

Dentro hacía un calor asfixiante y olía a comida recalentada y a algo más: a una urgencia que lo había dejado todo a medias. La casa de Ramón siempre había sido sobria y ordenada a su manera, pero aquello no era el desorden habitual de la rutina.

Un cajón abierto en el recibidor. Una silla movida en un ángulo extraño. Lucía se quedó quieta un segundo, con el corazón batiéndole el pecho.

—¿Papá? —dijo ya dentro, sin poder contenerse—. ¿Papá?

Nadie contestó.

Su radio portátil seguía reproduciendo frases entrecortadas con la palabra «tranquilidad» en bucle. Le bajó el volumen, como si el silencio del piso pudiera decirle algo más.

Entró en la cocina. Allí había un vaso con café sin terminar y papeles esparcidos por todas partes. Sobre la mesa encontró un montón de hojas arrugadas, hechas una bola con rabia. Reconoció la letra de inmediato: era firme y apretada, con esas mayúsculas que parecían órdenes.

Cogió el papel y lo alisó sobre la mesa. Al leerlo, se le heló la boca.

Toboganes. Voz. Eclipse.

DANIEL.

DAIA → ¿ÁLVARO?

Comprobó uno a uno los papeles: en todos ponía lo mismo. La cocina se volvió aún más pequeña.

Toboganes .

La palabra le trajo el parque, el río y una normalidad que ya parecía de otro mundo.

Daniel .

Su hermano, muerto hacía años, seguía siendo una grieta que nadie en la familia había sabido cerrar.

DAIA → ¿ÁLVARO?

Esa línea la golpeó de otra manera. No por la sigla, sino por el nombre.

Álvaro siempre había visto el truco antes que los demás.

Siempre había arreglado cosas sin avisar y sin pedir nada.

Por eso, sin quererlo, se había convertido en la persona a la que todos miraban cuando nadie sabía qué hacer. Y por eso dolía.

Apretó el papel. Recordarlo seguía doliendo, pero pensó lo mismo que le había dicho Mara: si alguien podía encontrarle sentido a ese caos, era él. Entonces el instinto le pegó un latigazo: llama. A emergencias, a Mara, a tu padre… a él.

Sacó el teléfono del bolsillo. Lo giró entre los dedos y entonces lo notó. No era el peso ni el tamaño. Era el botón de volumen: estaba un milímetro más arriba. La funda era idéntica, negra y mate, exactamente igual a la suya. Habían bromeado con eso: «Maldita idea comprarnos la misma funda».

La yema del pulgar buscó el rasguño de la esquina inferior, el relieve que sus dedos encontraban siempre por puro hábito.

—No…

El estómago se le cerró de golpe. La escena volvió como un fogonazo: ella y Mara corriendo por el salón, los dos móviles idénticos sobre la encimera y Mara entregándole uno.

Miró el aparato una vez más, esperando que por insistencia se convirtiera en el suyo, pero nada cambió. La casa seguía vacía, la nota sobre la mesa y aquel teléfono ajeno, sin cobertura, entre sus manos. La radio, al mínimo, seguía escupiendo la palabra «calma».

Apretó la nota hasta que le dolieron los dedos y lanzó una pregunta al aire que nadie podía contestar:

—¿Qué está pasando, papá?