OASIS1
El puente quedó atrás pero Álvaro no dio gas hasta que las barandillas se perdieron entre los edificios. Entonces sí: aceleró lo justo para desaparecer del campo visual de cualquiera que estuviera mirando desde el puente.
Ramón iba encajado en una moto que conocía demasiado bien. No dijo nada al principio y Álvaro tampoco. El estruendo de la ciudad llenaba sus silencios: pitidos largos, las sirenas clavadas en el atasco y las voces de la gente que rebotaban en las fachadas.
En el paseo de Yeserías, el río se veía como una mancha negra.
En Acacias, la calzada se había convertido en un pasillo humano: gente caminando por el centro como si los carriles hubieran dejado de existir.
Más adelante, en una rotonda sin semáforos, un taxi se les cruzó y frenó a medio metro de ellos.
Álvaro lo esquivó por instinto con un golpe de manillar; Ramón se puso rígido ante el impacto inevitable y luego soltó aire, muy despacio.
—Hoy no hay reglas —murmuró al oído de Álvaro.
Álvaro no contestó. Seguía conduciendo por calles que un coche no pudiera seguir. De vez en cuando, veían un punto con luz —un edificio con reserva, una farola que aún resistía— y eso hacía más brutal el contraste: lo que funcionaba parecía un decorado y lo demás era verdadera oscuridad.
El inspector giró la cabeza intentando orientarse.
—¿A dónde me llevas? —preguntó al fin.
Álvaro contuvo la respiración. Le tensó el tono, más que la pregunta. Entre ellos se había instalado esa desconfianza marcada por la distancia durante años: verse poco, hablar lo justo y no tocar nunca el tema central.
—A un sitio donde pasemos desapercibidos —dijo.
—¿Qué significa eso?
No hubo tiempo para una explicación más larga. La moto trazó la última rotonda y entraron en una zona sin nada de luz.
Ramón leyó el nombre antes de que Álvaro dijera nada. Vio el edificio y lo reconoció al instante.
—¿Enagás? —preguntó. La palabra le salió sin entender la locura—. ¿Me estás llevando a…?
—Cerca —le corrigió Álvaro sin girarse.
Pasaron la puerta principal y Álvaro redujo ante un portón discreto, sin luces, con una placa de vado que no decía nada a nadie. Apagó el faro dos metros antes de detenerse. Dejó que la moto avanzara por inercia y frenó suave.
Esperó tres segundos y escuchó.
Madrid seguía sonando lejos pero detrás no había nada concreto: ni ruido de motores, ni ecos que se repitieran. Aun así, no se consiguió relajar.
—Baja ya.
Ramón obedeció y eso fue lo más extraño: el hombre que había mandado durante años se bajó, aceptando la orden sin replicar.
Álvaro puso la moto en punto muerto y desmontó.
Sacó una llave sin nombre de su llavero y la introdujo en lo que parecía una cerradura.
El portón no se abrió de golpe; cedió con el sonido pesado de algo que no usas todos los días.
En lugar de arrancar de nuevo la moto, la empujó.
El metal de la rampa vibró bajo el peso.
Ramón se acercó y ayudó sin preguntar, como si su cuerpo supiera qué hacer aunque la cabeza estuviera todavía en otra parte.
Llevaron la moto dentro. Era un garaje grande, casi un taller: había estanterías con material, cajas etiquetadas, un banco de trabajo y, al fondo, una segunda puerta más sólida.
Álvaro cerró el portón. El golpe seco fue un cambio de mundo. Por primera vez desde las 20:30, el ruido exterior quedó lejos.
Ramón respiró y luego volvió a mirar alrededor con esa mezcla de sospecha y curiosidad que nunca se le iba.
—¿Y Enagás? —insistió—. ¿Qué pintamos aquí?
Álvaro se quitó el casco y lo dejó sobre la mesa sin delicadeza.
—Este sitio está unido a un nodo de consumo grande. Aquí, un pico de tensión no levanta sospechas y el ruido eléctrico es normal. Si hay luz en un sitio como este, nadie viene a preguntar por qué.
—¿Y quién es «nadie»? —preguntó Ramón tras pensar un segundo.
Álvaro no respondió. Se acercó a la mochila con cuidado, midiendo cada movimiento y sacó el estuche rígido y dejándolo sobre el banco de trabajo.
Ramón lo observó como se observa un arma.
—¿Qué es eso?
—Lo único que tengo que puede valer para algo —le contestó.
El policía dio un paso adelante pero no tocó el estuche. Miró la moto un segundo, como si el objeto también formara parte de la conversación. Luego se volvió hacia Álvaro.
—Vale —dijo, y el «vale» no significaba que estuviera de acuerdo; significaba: habla—. ¿Qué está pasando, Álvaro?
Álvaro bajó la vista a los cierres del estuche y los abrió.
—Un apagón—respondió—. Todo esto no es un fallo.
—No me vale «un apagón». —La voz de Ramón se endureció un grado—. ¿Por qué hoy? ¿Por qué ahora? ¿Por qué en mitad del eclipse? ¿Por qué así?
Álvaro conectó un cable y luego otro. Intentaba estar en movimiento para no quedarse quieto en la pregunta. Ramón se acercó y le cortó el gesto con el cuerpo, sin tocarle, pero ocupando el espacio.
—Y no me digas que es casualidad —añadió—. Porque no lo ha sido.
Álvaro levantó la mirada. Ramón tragó saliva y, cuando habló de nuevo, lo hizo más bajo, como si le diera vergüenza admitirlo:
—Hoy… —dijo—. Hoy me han pasado cosas raras: he recibido mensajes, señales, y unas malditas palabras que no deberían entrar cuando no hay cobertura. Sitios que… —Se frenó—. Como si alguien me estuviera llevando de la mano sin que yo lo viera. Luego el apagón, el puente y luego… tú.
El silencio pareció vibrar por la inminencia del generador, todavía apagado.
—No estás loco —dijo al fin Álvaro.
Ramón soltó una risa corta, sin humor.
—Eso es lo primero sensato que me dices en mucho tiempo. —No fue una puya; era una verdad sostenida por los años.
Álvaro se quedó inmóvil con un conector en la mano.
—No sabía cómo… —empezó, y se detuvo—. Después de aquello... —Se tragó el resto de la frase.
Ramón no lo obligó a decirla, pues ya estaba allí entre ellos.
—Nos veíamos poco —dijo Ramón, despacio—. Y cuando nos veíamos… eras correcto y educado. Y ahora apareces con mi moto, con la moto de mi hijo, me traes a un garaje al lado de Enagás y me dices que no es casualidad. ¿Qué esperas que haga yo con eso?
Álvaro respiró hondo.
—Que confíes en mí. Dame cinco minutos —dijo—. Solo cinco.
Ramón lo miró con una dureza que era su única defensa en ese momento y susurró:
—No tenemos cinco minutos. Tenemos un país apagado, una noche que se está volviendo peligrosa y un día entero que no entiendo.
Álvaro señaló el estuche.
—Pues dámelos para levantar esto —exigió—. Porque ahí afuera no hay ningún mapa, no hay coordinación y no tenemos forma de saber nada. Sin esto… solo somos dos hombres en una ciudad a oscuras, y alguien está jugando con ventaja.
Ramón sostuvo la mirada. La mano fue de nuevo a la pistola por puro reflejo, esa necesidad de tocar algo sólido mientras la realidad se desmoronaba.
—¿Alguien te está siguiendo? —preguntó.
Álvaro no contestó con palabras y se limitó a mirar hacia el portón, como si esperara un sonido.
—Creo que nos están vigilando —dijo al final.
—Entonces enciende esto —ordenó el policía—. Y luego me lo explicas sin florituras.
Álvaro asintió, bajó una palanca, encendió un interruptor y tiró con fuerza del arranque del generador auxiliar.
La máquina respondió con un golpe seco, luego otro, y al tercero cogió ritmo.
La vibración subió por el suelo. Dos tubos fluorescentes parpadearon y dieron una luz blanca débil a la sala.
Ramón parpadeó, como si le doliera que volviera a existir luz en algún sitio y Álvaro aprovechó ese segundo para encajar el último conector, cerrar un seguro y comprobar un led. La unidad emitió un pitido breve mientras un led azul cobraba vida en el chasis.
Y entonces, en el silencio del garaje, un aviso sonó desde el portátil de Álvaro mostrando un mensaje por pantalla.
OASIS1: Confirmado.
Álvaro levantó la cabeza. Ramón también lo hizo, con el terror a lo desconocido vaciándole la cara.
Esa frase era un aviso.