Reencuentro
Reencuentro
Ramón llegó al Puente Espiral antes de la hora y se quedó apoyado en la barandilla, mirando hacia la zona de los toboganes.
Con el apagón, Madrid Río había cambiado de forma. Las luces de emergencia y las linternas de los móviles arañaban apenas el paseo. Los grupos se movían despacio, pegados unos a otros, como si la oscuridad hubiera estrechado el parque.
Ramón tenía la camisa pegada a la espalda y las piernas cargadas. Pero lo que más notaba era el peso que ya no llevaba. El niño.
Aún podía sentirlo contra el pecho: el cuerpo pequeño, sudado, la respiración atropellada, el pelo húmedo pegado a la frente. Lo había sacado del tubo y se lo había entregado vivo a los sanitarios. Los padres habían corrido hacia él con una mezcla de alivio y terror que Ramón conocía demasiado.
Todo había salido bien y esa era la parte extraña.
Miró de nuevo hacia los toboganes. A esa distancia solo eran una silueta oscura contra una luz pobre de emergencia.
Horas antes habían relucido como metal al rojo bajo el sol convertidos en una trampa absurda en mitad de un parque infantil.
Ahora parecían otra cosa: una estructura muda, vacía y demasiado quieta.
Daniel habría subido hasta arriba sin pensarlo. La idea le llegó sola, sin violencia, y por eso le dolió más.
De niño, Daniel se lanzaba a cualquier sitio antes de que Ramón pudiera terminar la advertencia.
Toboganes, árboles, muros, escaleras, cualquier cosa en alto servía.
Siempre había una risa antes del golpe y una confianza insolente en que el mundo se apartaría a tiempo.
Tenía las rodillas llenas de costras y una facilidad tremenda para hacer que los demás miraran.
Mira, Lu. Mira esto.
En ese momento no se acordó del hospital, ni la llamada, ni el entierro. Recordó eso: una tarde cualquiera, el pelo de Daniel empapado de sudor, la camiseta pegada al cuerpo, las manos negras de tierra y aquella risa limpia y sin miedo.
Álvaro solía quedarse un poco más atrás pero no por cobardía y Ramón lo había entendido pronto.
Álvaro miraba la altura, el borde, el suelo y la distancia entre un salto y una caída.
Daniel convertía el mundo en juego; Álvaro intentaba entender primero las reglas.
Y, aun así, si Daniel insistía lo suficiente, el otro acababa subiendo. Los dos acababan subiendo juntos.
Ramón bajó la vista hacia sus manos. Le temblaban muy poco, casi nada, pero él lo notó, igual que se notan las cosas que el cuerpo intenta esconder.
Aquel día había sacado a un niño vivo de un tubo de metal. Eso debería haberle dado algo parecido a paz. En cambio, le había dejado una pregunta clavada en el pecho: cuántas veces hay que salvar a alguien para no pensar en quien no se pudo salvar.
Pero el ruido de un motor subió desde el otro extremo del puente y le sacó de sus pensamientos.
Álvaro avanzó por el puente sin quitarle el ojo a Ramón. No iba más deprisa porque no podía: entre los peatones y las bicicletas, la moto era un gigante moviéndose por un pasillo estrecho donde cualquier error acabaría en accidente. A cada metro, la sensación era la misma: el tiempo se agotaba.
Ramón no se giró del todo al principio. Solo lo justo. Un gesto mínimo, como si no quisiera delatar que había oído el motor, pero su mano sí habló por él: bajó hacia la cintura con un automatismo.
Álvaro lo vio y se le secó la boca. Aquello era pura lógica. En mitad de un apagón, con dos sombras a un lado y una moto acercándose por el otro, nadie espera buenas noticias.
—Ramón… —intentó decir, pero la palabra se le perdió bajo el ronroneo del motor.
Al frenar un poco más, el foco delantero barrió el puente y le dio de lleno en la cara.
Ramón levantó el brazo para taparse los ojos.
Fue un instante a contraluz pero el cuerpo ya estaba en guardia.
Sin embargo, Álvaro reaccionó rápido y bajó el haz al suelo.
En cuanto pudo ver, Ramón se quedó quieto.
Fue por la moto, ese perfil, la postura del manillar y la forma concreta en la que vibraba al ralentí.
En mitad del caos, Ramón la reconoció. La miró como a un fantasma; de pronto, estaba ahí.
Álvaro se levantó el casco. El aire caliente le golpeó la cara. Tenía el sudor pegado a la sien, y en la mochila, a su espalda, notó el peso rígido de DALIA como un recordatorio: no hay margen para esto.
El inspector lo reconoció entonces y se le cambió la cara. Más que alivio o reproche, lo que sintió fue algo más íntimo y doloroso: un temblor breve, como si se le abriera una grieta interior que no sabía cómo tapar.
Álvaro no le dio tiempo a nada. Miró por encima del hombro de Ramón y vio cómo las sombras se recolocaban. No pretendían perseguirlos, sino controlar lo que estaba pasando.
Eso bastó.
—Sube —dijo.
Ramón abrió la boca, a punto de preguntar qué estaba pasando, pero se tragó la frase al ver la urgencia en la mirada de Álvaro. Dio un paso, luego otro y montó detrás con torpeza. Una mano aún quedó cerca de la pistola; la otra se agarró donde pudo.
Álvaro pivotó la moto en un arco corto. El neumático chirrió y alguien entre la multitud soltó un grito —«¡Cuidado!»— y la gente se apartó por instinto. Volvieron por el mismo camino por el que llegó Álvaro, pero con el puente ya convertido en su línea de escape.
Al bajar del acceso, Ramón se inclinó hacia él, pegado al casco, para que la frase no viajara más de lo necesario.
—Sabía que eras tú —murmuró con una mezcla de rabia y alivio—. Pero pensé que no vendrías.
Álvaro no respondió. Tenía la atención dividida hacia todas partes: en el carril estrecho, en el siguiente giro y en la salida. Aunque la ciudad estaba rota, la moto aún podía encontrar un camino libre.
***
Detrás, en el puente, las sombras no corrieron, porque no entraba en sus planes. Una de ellas se llevó la mano al oído con un gesto mínimo, casi perezoso, como si informar fuera un trámite.
—Confirmado —susurró—. Cifuentes y Ortega están juntos.
Hubo un segundo de silencio metálico al otro lado del auricular. Luego llegó la respuesta, fría y exacta:
—Entonces, priorizad a Rey. Que no se encuentren.
La comunicación se cortó.
En Madrid Río, el puente siguió allí, igual que siempre. Pero para los que observaban desde la oscuridad era una línea trazada en un mapa y alguien acababa de decidir por dónde cortarla.