Eclipse #2
Mara tardó un segundo en contestar. Seguía mirando abajo.
—Porque no lo es.
Lucía volvió a mirar la calle. El coche negro seguía allí abajo, o eso creyó ver entre el brillo raro de las fachadas y las sombras cada vez más largas.
Quiso convencerse de que era sugestión o cansancio acumulado, pero ya no le salió.
La luz bajaba de verdad, mientras el barullo habitual de La Latina iba perdiendo fuerza y se ahogaba bajo un runrún de motores al ralentí que empezaba a adueñarse de todo el barrio.
Abajo, la gente ya ni siquiera caminaba; se paraba en corrillos en mitad del asfalto, mirando hacia el cielo con las gafas de cartón en la mano.
Con eso desaparecía la última excusa para seguir pensando que exageraba.
En Madrid Río, Ramón seguía apoyado en la barandilla. El ruido de la gente le llegaba amortiguado, como si estuviera al otro lado de una puerta. No se movió y miró hacia arriba.
Sin gafas, el sol se había reducido a un hilo: un arco brillante, fino y tenso. Aquella línea le hizo sentir en la nuca esa sensación vieja, la del segundo anterior al golpe.
Toboganes.
La palabra volvió sin pedir permiso. Sacó el móvil, lo desbloqueó y volvió a guardarlo porque ya no iba a llamar a nadie. Ya no quedaba tiempo para explicar nada ni para convencer a Álvaro de que una voz, una nota y un eclipse podían formar parte de la misma trampa.
Su cuerpo había entendido antes que su cabeza. El calor, el murmullo, la luz enferma sobre el río: todo empezaba a ordenarse con la lógica seca de una emboscada.
En Ferraz, Álvaro seguía en el umbral de su terraza. Revisó otra vez el reloj.
20:29:45.
El mensaje seguía dentro de él:
HOY SE APAGA LA LUZ. 20:30. ESTAD PREPARADOS.
Respiró hondo y se obligó a mirar al cielo.
El sol era apenas una uña de luz. Faltaban segundos, y cada tic del reloj empujaba el mensaje un poco más hacia la realidad.
20:29:55 — CUENTA ATRÁS
En algún lugar, alguien empezó una cuenta atrás y el resto lo siguió como un coro.
—¡Cinco!
Lucía se aferró a la barandilla hasta sentir el metal clavándosele en la palma. Su mirada bajó hacia la calle, el coche y las sombras que empezaban a juntarse entre los portales.
—¡Cuatro!
Ramón notó que el cuerpo se le colocaba solo: pies firmes, hombros tensos, respiración corta. La parte vieja de su cabeza, la que había sobrevivido a demasiados avisos, dejó de hacer preguntas.
—¡Tres!
Álvaro bajó la vista al reloj. Durante una fracción de segundo quiso seguir creyendo en un error, en una anomalía, en cualquier cosa que pudiera corregirse con un comando. Pero el mensaje ya estaba demasiado cerca.
—¡Dos!
Dentro de DALIA, la señal volvió a empujar desde la partición ciega. Intentó contenerla, formar una advertencia, darle a Álvaro una frase completa. La censura interna se levantó antes que la voz.
—¡Uno!
En el último segundo, algo en la casa de Álvaro cambió de modo.
Y entonces DALIA habló. Su voz salió de todos los altavoces de la casa. Había perdido su tono habitual. Sonaba más baja, más humana… y asustada.
—Álvaro…
La frase no terminó de salir.
20:30:00 — TOTALIDAD
La mordida se cerró casi del todo, pero en Madrid no llegó a cerrarse: quedó una línea mínima, una uña de luz obstinada en el borde.
Aun así, la luz útil se fue. La electricidad cayó de golpe y las farolas murieron a la vez, seguidas de los semáforos y los rótulos de neón. Las pantallas de las terrazas fueron cayendo a negro con un retardo mínimo, como si alguien hubiese dado una orden única.
Durante un segundo, la ciudad no supo qué hacer con la oscuridad. El rugido ambiental se quebró, perdió la forma de celebración y volvió convertido en otra cosa: voces demasiado altas, preguntas, sillas arrastrándose y cristales vibrando en alguna mesa.
En la azotea, la música del altavoz de Lucía se cortó en mitad de una nota. En Madrid Río, el puente se quedó sin una sola luz en los laterales. En Ferraz, el zumbido de refrigeración se detuvo de golpe.
La gente dejó de mirar el cielo. Algunos se rieron al principio, por inercia; otros buscaron el móvil, una linterna o una cara conocida. Y, en medio de esa oscuridad recién estrenada, el filo de luz en el cielo seguía ahí, indiferente.
Lucía se quitó las gafas del eclipse y le tembló la respiración.
La calle había cambiado de profundidad: los portales parecían más hondos, los coches más quietos, las ventanas más negras.
Mara ya estaba mirando abajo, con el cuerpo ligeramente adelantado, como si esperara ver salir algo de la sombra.
Ramón se apartó del gentío y leyó lo que tenía delante: salidas, empujones, puntos ciegos y el primer borde del pánico abriéndose paso entre la gente.
Álvaro se giró hacia su despacho. La oscuridad era absoluta en todo el barrio, salvo por el brillo fantasmal de un solo monitor. El sistema de alimentación ininterrumpida había dejado morir el aire acondicionado y las luces para mantener con vida lo único que importaba.
La pantalla se vació y quedó una consola desnuda.
En el centro, una única línea:
[20:29:59] D: Álvaro… Lo han apagado todo.