29 LA CARNICERÍA FINANCIERA Y EL TRIBUTO DEL DEPREDADOR #2
—Los Omegas poseen una sabiduría biológica muy superior a la nuestra —respondió Maya finalmente—.
Madison conoce la naturaleza de la bestia que la reclama.
Ella anhela la seguridad de los colmillos que la protegen.
Usted ha forjado este imperio para servirle de escudo.
Cuando ella vea a su madre sana, entenderá exactamente por qué el monstruo tenía que mancharse las manos de sangre.
Asentí lentamente, absorbiendo el consuelo pragmático de la científica. Mi instinto primario me exigía creer en sus palabras, aferrarme a la esperanza de que mi compañera aceptaría la brutalidad de mis métodos como la máxima prueba de mi devoción.
—Tenemos que formalizar los traspasos de patentes y asegurar los cortafuegos informáticos de los servidores —anunció Maya, devolviéndonos a la urgencia de la logística corporativa—. Los técnicos necesitan su autorización presencial para el volcado de datos. Llevará un par de horas.
La palabra "horas" cayó sobre mis hombros como una sentencia de tortura.
El tiempo se deformó, convirtiéndose en una sustancia densa, pegajosa y agónica.
Me vi arrastrado a la sala de servidores subterránea de Medica.
El zumbido de los sistemas de refrigeración y las luces LED azules parpadeando en la oscuridad exacerbaron mi frustración sensorial.
Cada minuto alejado de Madison actuaba como una aguja clavada directamente en mi sistema nervioso.
Mi biología rechazaba el entorno tecnológico.
Exigía el calor del nido, el olor dulce y sumiso de mi pareja, la fricción de sus muslos desnudos y el hundimiento total de mi cuerpo dentro del suyo.
Los técnicos trabajaban a un ritmo letárgico, tecleando códigos interminables bajo la presión de mi mirada depredadora.
Paseaba por los pasillos estrechos del centro de datos como un animal enjaulado.
Mi corbata yacía olvidada en alguna parte.
Había desabrochado los tres primeros botones de mi camisa, buscando un alivio inexistente para el calor abrasador que irradiaba mi torso.
La imagen de Madison esperándome dominaba mi mente por completo.
Podía saborear la memoria de su piel salada en la parte posterior de mi lengua.
La urgencia por marcar la curva de su cuello, por hundir mis dientes en la carne blanda de su hombro y bombear mi esencia caliente en su interior me robaba el aliento.
Mi nudo pulsaba con un dolor sordo, rígido y desesperado, rozando torturosamente contra la cremallera de mi pantalón a cada zancada.
Mi teléfono personal vibró en el bolsillo de mi chaqueta.
Extraje el dispositivo con un movimiento brusco. La pantalla iluminó mi rostro con un mensaje único y devastador, enviado desde el sistema de seguridad del ático. Era un registro de la cámara del pasillo interno.
La imagen mostraba a Madison. Llevaba puesta una de mis camisas oscuras, la tela enorme envolviendo su figura delicada.
Estaba parada frente a la puerta del dormitorio principal.
Su rostro reflejaba una vulnerabilidad cruda.
Sus ojos brillaban en la penumbra, dilatados, buscando mi presencia en el aire vacío.
Sus manos aferraban el borde de la tela con fuerza, los nudillos blancos por la tensión.
El informe del sensor térmico adjunto indicaba un aumento drástico en su temperatura corporal y una concentración de feromonas dulces en el ambiente.
Estaba en el inicio de su celo inducido. Me estaba llamando.
El control racional se desintegró por completo.
—¡Detengan el protocolo! —rugí, mi voz destrozando el silencio del centro de datos, cargada con una autoridad feral que hizo encogerse a los técnicos en sus sillas—. La transferencia queda bloqueada. Luke Mercer supervisará el resto de la operación.
No esperé respuestas humanas. Me di la vuelta, cruzando la sala de servidores con zancadas colosales.
Ignoré las llamadas de Maya Lin y las miradas atónitas del personal de seguridad.
Atravesé los pasillos de mármol del nivel ejecutivo movido por una fuerza prehistórica indomable.
Mis pulmones bombeaban oxígeno con una urgencia rabiosa.
La bestia había tomado el control absoluto del vehículo físico.
Presioné el botón de llamada del ascensor privado con una fuerza que amenazó con quebrar el panel de acero.
Las puertas metálicas se abrieron. Entré en la cabina vacía. El descenso hacia el garaje subterráneo se sintió eterno, una tortura gravitacional. Apoyé mis manos contra la pared del ascensor. Mi respiración empañó el espejo reflectante.
El tributo estaba pagado. El imperio estaba asegurado. La madre estaba curada.
Ahora, el monstruo reclamaba su recompensa.
Mi cuerpo entero vibraba con una anticipación violenta, empapado en el sudor espeso del deseo más oscuro y posesivo.
Madison me esperaba en el corazón del ático, envuelta en mi olor, lista para ser devorada, lista para ser marcada, lista para ser destruida y reconstruida bajo el peso aplastante de mi biología.
El indicador luminoso del ascensor marcó la planta baja. Las puertas comenzaron a deslizarse para liberarme en la oscuridad de la noche.