28 EL ESCUDO DE SANGRE #2
Luke se incorporó, limpiándose un rastro de sangre ajena de los nudillos con una calma helada.
—Día encantador para un picnic, jefe. Supongo que los emparedados tendrán que esperar —comentó el Beta, su humor defensivo cortando la densidad eléctrica del ambiente con una ironía afilada como un bisturí.
Ethan no respondió. Su pecho vendado subía y bajaba con una furia asmática. Sus feromonas dominaban el aire, un manto denso, caliente y ahumado que reclamaba la propiedad absoluta sobre el territorio y sus habitantes. Giró su cuerpo colosal hacia mí.
Sus ojos dorados estaban completamente dilatados, ferales, desprovistos de cualquier filtro civilizado.
Cruzó el césped con zancadas pesadas y depredadoras.
El olor a sangre fresca, sudor acre y adrenalina saturaba su figura.
Cada paso que daba hacía que mi útero latiera con una urgencia fantasma, exigiéndome abrir los muslos y recibir el peso aniquilador de su anatomía.
Se dejó caer de rodillas justo frente al borde de la manta.
El impacto de su peso masivo hizo vibrar la tierra debajo de mí.
Mantuve a Chloe asegurada contra mi pecho.
Ethan extendió sus manos ensangrentadas, deteniéndose a escasos centímetros de mi piel, conteniendo el impulso de ensuciarme con la carnicería.
Su respiración ronca y caliente chocó contra mi rostro.
Inclinó su cabeza inmensa. Presionó su frente directamente contra la mía.
El contacto físico constituyó una marca territorial íntima, un reclamo brutal y silencioso.
Sus pulmones absorbieron mi aroma con avidez, tragándose el olor de mi excitación y mi entrega.
La fricción de su piel sudorosa contra la mía envió descargas eléctricas por mi columna vertebral.
Me sumergí en la oscuridad de sus pupilas dilatadas.
Acepté la verdad absoluta de mi existencia en aquel segundo.
Yo pertenecía a este entorno de violencia y linajes oscuros.
Mi identidad previa quedaba borrada. Yo era la compañera de esta bestia, la guardiana de su sangre, la dueña de sus instintos homicidas.
—Mía —gruñó contra mis labios, su voz un eco oscuro de posesión.
—Tuya. Siempre —respondí, mi voz temblando por la fuerza de mi propia rendición biológica. El calor de mi respuesta empapó aún más la tela de mis shorts, una capitulación líquida ante su autoridad.
El aullido estridente y agudo de las sirenas policiales cortó la burbuja de feromonas y sangre que nos envolvía. Las fuerzas de seguridad humanas se acercaban, amenazando la privacidad de la matanza.
Luke pateó el arma caída de uno de los agresores, alejándola del alcance de las manos temblorosas del herido en el suelo.
—Las patrullas locales están a noventa segundos de la intersección. Tenemos que mover el paquete completo, ahora —ladró Luke, asumiendo el control logístico de la extracción.
Ethan rompió el contacto de nuestras frentes con una lentitud agónica. Se puso de pie, su presencia elevándose como una torre inexpugnable. Me tendió una mano limpia, cuidando de no manchar mi piel.
Levanté a Chloe en brazos, acomodándola en mi cadera. La niña mantenía el rostro oculto en la curva de mi cuello, ajena a la destrucción esparcida en la hierba. Tomé la mano de Ethan. La dureza de sus callos y el tamaño de sus dedos envolviendo los míos cimentaron mi seguridad.
Caminamos hacia los todoterrenos blindados con una prisa coordinada.
El equipo de seguridad que Luke había dejado en la reserva perimetral abrió las puertas de los vehículos.
Subí a la cabina oscura de la SUV, asegurando a Chloe en el asiento del medio.
Ethan subió a mi lado, bloqueando la puerta con su propio cuerpo masivo.
Los motores rugieron, despertando como bestias mecánicas. El vehículo aceleró, dejando atrás el césped pisoteado y los cuerpos caídos de los enviados de Garrett Sterling.
El interior blindado del todoterreno se selló herméticamente. Las luces de la ciudad comenzaron a desfilar al otro lado de los cristales ahumados. La caída repentina de la adrenalina permitió que el dolor reclamara su tributo.
Noté la mancha fresca y oscura que se expandía sobre el flanco derecho de la camiseta de Ethan. El esfuerzo titánico de la pelea había rasgado las suturas recientes de su anatomía herida. La sangre caliente brotaba, empapando el algodón y llenando la cabina con un olor metálico punzante.
Mi corazón se apretó con una garra de pánico y devoción. Solté la mano de Chloe por un instante y llevé mis dedos temblorosos hacia el costado de Ethan, presionando la herida para intentar detener la hemorragia.
—Estás sangrando. Te has abierto las heridas —susurré, mi voz teñida de una angustia protectora.
Ethan cubrió mi mano ensangrentada con la suya. La presión de su agarre resultaba cálida, posesiva e inquebrantable. Apoyó su cabeza contra el respaldo de cuero oscuro. Sus ojos dorados se entrecerraron, el fuego feral atenuándose bajo el peso del dolor físico y el agotamiento celular.
Me miró fijamente en la penumbra del vehículo. La dureza de su mandíbula se acentuó.
— Garrett Sterling acaba de firmar su propia sentencia de muerte —declaró Ethan.
Las palabras salieron de su boca cargadas de un veneno oscuro y absoluto.
Representaban un hecho inamovible, una promesa de aniquilación total.
El eco de su amenaza reverberó en el interior de mis huesos.
La guerra de linajes había dejado de ser una disputa corporativa para transformarse en una cacería sangrienta, y yo estaba indisolublemente encadenada al cazador más letal de todos.