27 EL DEPREDADOR Y LA CORONA #2
Mi verga saltó libre. Era una masa gruesa, venosa y letalmente caliente. La corona oscura brillaba con mi propio líquido preseminal. La longitud completa de mi erección Alfa imponía una sombra sobre su piel pálida.
Agarré sus caderas y tiré de ella hacia el borde del sofá.
—Boca abajo —mandé con una voz gutural.
El mandato rústico y autoritario exigía obediencia absoluta.
Madison giró sobre el cuero con una rapidez cegadora.
Apoyó las rodillas desnudas en los cojines y los codos en el asiento.
Ofreció la curva pronunciada de su retaguardia, abriendo los muslos para dejar su vulva goteante expuesta desde atrás.
Su espalda desnuda, frágil y perlada de sudor, temblaba bajo mi mirada.
Me coloqué detrás de ella. Mi pecho vendado, rugoso por las capas de gasa médica y esparadrapo blanco, presionó contra su espalda caliente. El contraste térmico resultaba devastador. El calor humano de su piel se fundía con la fiebre monstruosa que emanaba de mi organismo herido.
Agarré la base de mi verga. Alineé la punta gruesa y húmeda exactamente contra su entrada empapada. La fricción inicial de mi corona contra sus labios lubricados la hizo jadear.
—Sostente fuerte —mi voz vibró directamente en su oído, saturada de promesas primitivas.
Empujé mis caderas hacia adelante con una fuerza contundente.
La penetración fue profunda, espesa y abrumadora.
La cabeza de mi verga abrió sus pliegues, estirando el anillo apretado de su entrada.
Su vagina estrecha cedía milímetro a milímetro ante mi envergadura descomunal.
El calor abrasador de su canal interno envolvió la totalidad de mi carne, succionando mi eje con un hambre biológica desesperada.
Un gruñido sordo, puro e instintivo, escapó de lo más profundo de mi pecho.
Empujé de nuevo, hundiendo las pulgadas restantes hasta que mis muslos chocaron violentamente contra sus glúteos.
El acoplamiento se consumó por completo.
El impacto ahogó el grito de Madison en la tapicería del sofá.
Sus músculos vaginales se apretaron alrededor de mi erección con una fuerza de constricción que amenazó con fracturar mi cordura.
Estaba enterrado en ella hasta la empuñadura.
Mi verga latía dentro de su coño, rodeada por el fuego líquido de su excitación.
Comencé el vaivén.
Retiré mis caderas casi por completo, dejando solo la corona dentro de sus labios, para luego embestir hacia adelante con todo mi peso.
El ritmo resultaba primitivo, rudo, impulsado por la memoria genética de mil generaciones de Alfas reclamando a sus Omegas.
Cada embestida empujaba su cuerpo hacia adelante, la fricción ruidosa del cuero del sofá resonando bajo sus rodillas.
La habitación entera desapareció. Mi universo se redujo exclusivamente a la sensación de mi polla gruesa rozando las paredes internas de su vagina, el sonido obsceno de nuestras carnes chocando y el olor embriagador de sus feromonas.
Mis manos masivas bajaron por su cintura, agarrando la carne suave de sus caderas para asegurar un agarre inquebrantable.
Aceleré el ritmo a un nivel castigador. Mis caderas golpeaban contra sus nalgas en una cadencia frenética.
Plas, plas, plas. La sinfonía gráfica del sexo duro resonaba en las paredes del ático.
—Joder, Madison, estás tan estrecha —gruñí, mi voz ronca y cargada de lujuria—. Eres perfecta. Mía.
El jadeo asmático de ella, agudo y entrecortado, se mezclaba con mis rugidos animales. Su coño se contraía alrededor de mi verga con cada empuje, exprimiendo un placer insoportable de mis terminaciones nerviosas.
La necesidad biológica de marcarla, de sellar el lazo, reclamaba mi atención absoluta.
Me incliné hacia adelante, cubriendo la longitud de su espalda con mi torso inmenso.
Mi rostro se hundió en la curva lateral de su cuello, justo sobre la vena yugular que palpitaba frenéticamente.
Mis labios se apartaron. Mis colmillos se alargaron, impulsados por el instinto de reclamación.
Raspé la piel sensible con las puntas afiladas.
La fricción letal de mi verga dentro de su canal la llevó al límite. Sentí el momento exacto de su colapso.
Las paredes de su vagina sufrieron un espasmo violento. El músculo interno se cerró alrededor de mi carne como un puño de hierro hirviente. Un gemido agudo, largo y roto rasgó su garganta. Su orgasmo estalló con una intensidad brutal, derramando oleadas sucesivas de fluidos calientes sobre mi eje.
Esa serie de contracciones orgásmicas fue el detonante final de mi propia biología.
Mi autocontrol se desintegró en mil pedazos.
La base de mi anatomía, el bulbo diseñado por la naturaleza para anclar a la hembra durante la eyaculación, se expandió repentinamente.
El nudo se hinchó en la base de mi verga, alcanzando el tamaño de una manzana pequeña, obligando a su entrada a estirarse hasta el límite absoluto.
Hundí mis caderas en una última embestida devastadora. El nudo atravesó el anillo de sus músculos, quedando atrapado y sellado en el interior de su cuerpo. Estábamos anudados. Unidos físicamente por el candado biológico inquebrantable de mi raza.
Hundí mis colmillos en la carne de su cuello, rompiendo la piel para inyectar mis feromonas directamente en su torrente sanguíneo. El sabor metálico de su sangre bañó mi lengua.
Mi orgasmo me golpeó con la fuerza de un tren de mercancías.
Mi semilla se derramó en lo más profundo de su útero con pulsaciones calientes, espesas y violentas.
Disparé chorros interminables de mi semen dentro de ella, llenando su centro con la afirmación gráfica e indiscutible de mi reclamo.
Yo era el monstruo. Y ella era mi dueña absoluta.
El clímax simultáneo y el anudamiento nos dejaron vacíos de oxígeno, jadeando en la penumbra del salón.
Me desplomé pesadamente sobre su espalda, apoyando la mayor parte de mi peso sobre mis propios antebrazos para evitar aplastar sus costillas.
Mi verga permanecía enterrada en ella, el nudo hinchado manteniéndonos pegados.
El sudor frío pegaba nuestros cuerpos. Mi pecho vendado subía y bajaba con una agitación frenética, rozando la piel húmeda de su espalda.
El mutismo denso regresó al salón, quebrado únicamente por el eco de nuestras respiraciones desiguales y el leve sonido húmedo de mis latidos dentro de su canal.
Mi posesividad depredadora latía en cada célula de mi cuerpo.
Bajo la armadura de instinto violento y sangre, mi vulnerabilidad quedaba completamente expuesta al aire.
Estaba irremediablemente, fatalmente, enamorado de Madison Vance.
Mi corazón de Alfa, frío y despiadado para el resto del jodido mundo, latía exclusivamente al ritmo que su pulso dictaba.
Horas más tarde, la luz azulada y fría del amanecer neoyorquino se filtró a través de una fina rendija en las persianas blindadas del dormitorio principal.
Estábamos enredados en el centro de las sábanas de seda negra de la cama king-size.
El desorden físico del aftermath resultaba innegable: almohadas arrojadas al suelo de madera, mantas revueltas, marcas rojizas de mis dedos tatuadas en la piel pálida de sus caderas, y el olor penetrante y almizclado del sexo, el celo, el semen y el sudor saturando cada metro cuadrado de la habitación.
El dolor en mis costillas rotas había regresado con una insistencia sorda, marcando el fin de la adrenalina. El alivio biológico del lazo consolidado me mantenía en un estado de letargo profundo y protector.
Madison se removió contra mi pecho ileso, buscando mi calor.
Su mano pequeña descansaba plana sobre mi corazón.
Sus dedos trazaban patrones abstractos y lentos sobre mi piel bronceada.
Levantó la cabeza despacio, frotándose los ojos hinchados por el cansancio extremo de la noche de pasión ininterrumpida.
—Desarmaste medio vestidor ayer, bestia imprudente —murmuró. Su voz sonaba ronca, arrastrada por los gritos de placer ahogados en la madrugada.
Una risa bronca y profunda vibró en mi garganta.
El humor defensivo de la mañana cubría la intensidad abrumadora de mi devoción.
Mis brazos, pesados y marcados por los oscuros hematomas de la colisión vial, se cerraron alrededor de su cintura desnuda.
La atraje con firmeza hacia el calor constante de mi torso.
—Cómprate ropa nueva —respondí, besando la coronilla de su cabeza con reverencia—. Factúrala a la cuenta corporativa ilimitada. El departamento de finanzas de Sterling Industries necesita justificar los gastos urgentes del nido.
Ella soltó una pequeña risa genuina que terminó en un suspiro largo de agotamiento. Se acomodó más profundamente contra mí, entrelazando sus piernas desnudas con las mías. Aceptaba el peso asfixiante de mi posesividad con una naturalidad hermosa que desarmó mis últimas barreras de monstruo.
Descendí por su anatomía. Mis labios rozaron la línea de su clavícula, marcando la herida de mi mordida con devoción absoluta.
Besé el suave declive de su vientre, la piel que ahora albergaba mi marca y mi semilla.
Rendía un homenaje silencioso al templo que había reclamado como mi hogar eterno.
Cada roce táctil de mis labios sobre su piel constituía una promesa de protección letal e infinita.
Representaba un juramento de sangre forjado en las sombras de la madrugada.