LA NIÑERA DEL CEO PANTERA 10 LA RED DE LOS ALIAS
34%

10 LA RED DE LOS ALIAS

La distancia es un mecanismo de supervivencia.

Crucé el pasillo este del ático a primera hora de la mañana, arrastrando una rigidez dolorosa en los músculos de los muslos que recordaba, con la precisión de una quemadura, la proximidad de Ethan Knight junto al fregadero.

El aroma a madera quemada y ozono helado seguía impregnado en las fibras de mi camisa gris.

Era una marca invisible, una huella feromonal que mi cuerpo registraba con una mezcla de sumisión biológica y pánico racional.

Había pasado la noche en vela dentro de la habitación de servicio, repitiendo un mantra mental de estabilidad que se desmoronaba cada vez que recordaba la presión de su miembro contra mi abdomen inferior.

Soy la empleada contratada. Soy la ayuda.

Esa era mi única certeza válida dentro de este santuario de piedra y cristal del distrito norte.

Mi cuenta bancaria estaba vacía. Vivía en un apartamento compartido con mi madre en el sector bajo.

Dependía de las transferencias mensuales de Medica para mantener con vida a los míos.

El desbalance de riqueza entre el Alfa y yo era un abismo insalvable, una barrera social que yo debía mantener alzada si no quería convertirme en un accesorio desechable dentro de su holding.

Todo saldría bien si lograba encasillar mis impulsos eróticos en el estricto cumplimiento de mis funciones asistenciales con Chloe.

Me dirigí hacia el jardín de la azotea, buscando un espacio donde el aire no estuviera saturado por el hipercontrol logístico de Ethan.

El acceso al jardín suspendido se abría a través de una escalinata de hierro forjado que cortaba la estructura gótica urbana del complejo.

Al cruzar el umbral, el sol de la mañana me golpeó el rostro, evaporando el frío artificial del ático.

El entorno era un despliegue de vegetación exótica, parterres de flores modificadas para resistir la niebla industrial y senderos de grava blanca que rodeaban la plataforma superior.

Luke Mercer estaba allí, de pie junto a la barandilla de cristal que ofrecía una panorámica completa del distrito norte.

Llevaba el uniforme negro del equipo de seguridad personal, pero su postura era relajada, alejada de la rigidez marcial de los demás Betas de la manada.

Al oír mis pasos, se giró con una sonrisa franca, sosteniendo dos vasos de vidrio que contenían un jugo verde orgánico.

—Buenos días, Madison —dijo Luke, extendiendo uno de los vasos hacia mí.

Su voz era un murmullo confidencial, un tono conspirativo que buscaba establecer una zona de tregua ajena al control directo del Alfa—.

Supuse que necesitarías una dosis de nutrientes limpios después de la jornada de ayer.

El jefe estuvo supervisando las líneas de seguridad hasta la madrugada.

—Gracias, Luke —respondí, aceptando el vaso.

El cristal frío estabilizó el temblor sutil de mis dedos.

Tomé un sorbo largo, permitiendo que la acidez del líquido limpiara el rastro pastoso de la ansiedad en mi garganta—.

Creo que todos en esta casa operamos bajo un estado de alerta constante.

El señor Knight es... exigente con los protocolos.

Nos acomodamos en un banco de piedra oculto detrás de una hilera de arbustos densos.

La proximidad física con Luke se sentía segura, desprovista de la tensión biológica que me asfixiaba cuando Ethan estaba cerca.

Era una amistad platónica y protectora, un entorno de soporte que yo necesitaba con urgencia para no perder la cordura en mitad de este nido de depredadores.

—Exigente es un término suave —bromeó Luke, bajando la cabeza para hablar en susurros—.

Es imposible despedirme de todos modos. Sé demasiado sobre los engranajes de Medica y los hábitos de la junta directiva.

Si me echa a la calle, tendría que borrarme la memoria con un equipo de contrainteligencia.

Una risa corta escapó de mis labios. El humor defensivo de Luke era mi único escudo contra la pesadez del entorno.

—Es bueno saber que alguien tiene inmunidad laboral en este lugar —comenté, fijando la mirada en el líquido verde—.

A veces siento que camino sobre un campo de minas.

Un paso en falso con Chloe o una respuesta incorrecta al señor Knight, y terminaré de regreso en el sector bajo antes de que anochezca.

—No va a ocurrir —aseguró Luke, su rostro volviéndose serio de golpe.

Me observó con una fijeza limpia, desprovista del hambre rústica que caracterizaba las miradas de Ethan—.

Tu puesto es inamovible, Madison. Lo veo en la forma en que Chloe te busca.

Ella está recuperando un equilibrio que creíamos perdido tras la partida de Brooklyn.

Estás haciendo que este lugar parezca un hogar, y el jefe lo sabe, aunque su naturaleza le impida admitirlo sin poner una directriz logística de por medio.

Mentí de inmediato, manteniendo mi fachada de seguridad.

—Todo es perfecto, Luke. Las rutinas de la niña están niveladas y el chef privado facilita mucho las tareas. No tengo ninguna queja sobre los términos residenciales.

Omití la verdad. Omití el hecho de que mi madre, Alexis Vance, permanecía ingresada en la central hospitalaria tras una recaída hemorrágica severa que los médicos intentaban contener con tratamientos experimentales.

Omití la angustia sorda que me había atenazado el pecho esa misma mañana al escuchar su voz debilitada a través del teléfono, una llamada breve en la que ella insistía en que debía concentrarme en mi trabajo.

La herida familiar de no aceptar caridad externa sin paridad laboral previa dictaba mi silencio.

No quería que Luke, ni nadie en la manada, pensara que mi presencia aquí era una maniobra trepadora para extraer recursos del holding.

—Me alegra oír eso —dijo Luke, aunque sus ojos entornados delataban que detectaba cierta rigidez en mi postura.

Dejó su vaso en el banco y extrajo su terminal digital de seguridad—.

Pero debes tener cuidado con las comunicaciones directas.

Esta casa no es solo un ático de lujo; es un centro de operaciones cifrado.

Cada señal que entra o sale del perímetro es registrada por el servidor central de Medica.

El pulso se me aceleró. El recuerdo de las llamadas de control clínico de mi madre cruzó mi mente como una racha de viento helado.

—¿Qué quieres decir con que todo se registra? —pregunté, intentando que mi voz no delatara el pánico—. ¿El señor Knight revisa los teléfonos del personal?

—Él no se sienta a leer tus mensajes, no tiene tiempo para eso —explicó Luke, inclinándose hacia mí para mostrarme la pantalla de su dispositivo—.

Pero el sistema detecta anomalías. Frecuencias del sector bajo, números no vinculados a la red corporativa.

Para evitar que el departamento legal rastree mis comunicaciones privadas o mis intentos de ayudarte a mover información sin que salten las alertas del Alfa, yo utilizo esto.

Deslicé la vista por la pantalla de su terminal. Había una lista de contactos que utilizaba nombres en clave, estructuras alfanuméricas y alias encubiertos que no correspondían a identidades reales.

—Son protocolos de seguridad encubiertos —murmuró Luke, tecleando una secuencia rápida—.

El personal de seguridad de nivel alto tiene autorización para enmascarar ciertas comunicaciones bajo identidades alternativas.

Es la única forma de proteger la privacidad del entorno del Alfa frente a los espías industriales de la junta directiva.

Voy a instalar un alias para tu número en mi agenda.

Si necesitas llamarme por una urgencia familiar o un problema fuera del horario de servicio, tu nombre aparecerá como "Enlace Logístico Épsilon" en el registro del servidor.

Así Ethan no verá una línea directa entre la niñera y el equipo de escolta.

El descubrimiento de esa red clandestina me provocó un escalofrío.

La opulencia de Ethan no solo se medía en metros cuadrados o en complejos residenciales en Londres o Madrid; se manifestaba en esa capacidad de monitorizar la existencia de quienes habitábamos su territorio.

Estaba atrapada en una jaula de cristal donde incluso mi nombre debía ser borrado para no alterar las directrices de seguridad de su holding.

—Es una locura —susurré, frotándome los brazos descubiertos debido a la súbita sensación de frío—. Siento que soy un peón en mitad de una guerra que no comprendo.

—Es el mundo de los Alfas de casta alta, Madison —sentenció Luke, guardando la terminal en su cinturón táctico—.

Ellos dominan sus territorios borrando las huellas de los demás.

Solo asegúrate de mantener tu mantra. Haz tu trabajo, cuida a la cachorra y no dejes que el jefe detecte ninguna debilidad en tu orgullo.

Tu orgullo es tu única defensa válida frente a él.

El sonido de una alarma sutil en mi muñeca interrumpió el intercambio. Era el recordatorio digital de la rutina diaria. El horario de recogida escolar de Chloe se aproximaba, obligándome a cortar la conversación con Luke de manera abrupta.

—Debo irme —dije, poniéndome en pie con una prisa que provocó un crujido en la grava blanca—. El transporte de la niña llegará a la planta baja en quince minutos. No quiero llegar tarde.

—Ve tranquila —respondió Luke, dedicándome una última mirada de advertencia—. Recuerda lo del alias. Si algo cambia con tu madre o en el apartamento del sector bajo, utilízalo.

Descendí la escalinata de hierro con el corazón latiendo en la base de la garganta.

La necesidad de ver a Chloe, de abrazar la domesticidad cozy que su presencia infantil aportaba al ático, se transformó en mi objetivo inmediato.

La pequeña era mi ancla, el recordatorio de que mi labor aquí tenía un propósito real que justificaba la sumisión laboral a la que me veía sometida.