8 EL PRECIO DE LA RENDICIÓN #2
Me quedé sin habla, con los labios entreabiertos, jadeando sutilmente en la penumbra del corredor.
La fijación visual entre ambos era un lazo insoportable; podía ver el reflejo de mi propia vulnerabilidad en el fondo dorado de sus pupilas.
Ethan Knight bajó la mano, me dedicó un guiño imperceptible lleno de un magnetismo oscuro, y dio un paso hacia atrás, dejándome atrapada en el vacío de su rastro feromonal.
—Buenos días, Ethan —interrumpió una voz masculina desde el extremo opuesto del pasillo.
La fijación visual se rompió de golpe. Luke Mercer, el jefe de seguridad de la manada y mano derecha del Alfa, avanzaba hacia nosotros con una tableta digital en la mano.
Su mirada escrutadora se detuvo primero en la distancia mínima que nos separaba, luego en mi rostro encendido y, finalmente, en la postura estática del CEO.
La incomodidad cómica de la situación se instaló en el corredor de inmediato; la mirada de Luke reflejaba el análisis de quien acaba de presenciar un cortejo biológico explícito camuflado de conversación laboral.
—Los informes del sector norte están listos —continuó Luke, carraspeando de forma deliberada para romper el silencio denso que flotaba entre Ethan y yo—. El transporte para la junta directiva espera en el sótano.
—Estaré abajo en un minuto, Luke —respondió Ethan, sin apartar del todo sus ojos de mi dirección. Su mandíbula se tensó, recuperando la frialdad corporativa que lo caracterizaba ante sus subordinados—. Madison, comience su jornada.
Me giré con rapidez, asintiendo con la cabeza, y caminé hacia la entrada del cuarto de juegos de Chloe, sintiendo la mirada de ambos hombres clavada en mi espalda hasta que cerré la puerta de madera detrás de mí.
El espacio infantil, decorado con alfombras suaves y juguetes de madera, se sentía como un refugio temporal ante la claustrofobia feromonal del pasillo.
Sin embargo, el zumbido de mi terminal de muñeca interrumpió mis pensamientos.
Un mensaje de texto de Hailey aparecía en la pantalla: Alexis ha vuelto a despertar con temblores.
La vecina dice que la fiebre no baja del todo. Avísame si consigues el adelanto.
La realidad de mi deuda familiar volvía a golpearme el pecho, recordándome los picos de temperatura de mi madre y la urgencia rústica que me había encadenado a este ático.
Me acerqué a la ventana del cuarto de juegos, observando los distritos bajos sumidos en la niebla industrial, consciente de que mi libertad se había evaporado en el instante en que firmé el pacto económico con la bestia.
El resto de la mañana transcurrió en una tensa calma.
Chloe se despertó una hora después, mostrando una docilidad inusual que su aroma tranquilo confirmaba.
Mi presencia parecía estabilizar su agitación infantil, un efecto biológico que Ethan había mencionado y que yo comenzaba a constatar con un deje de resignación.
Jugamos en la alfombra, ordenamos los bloques de construcción y preparamos el almuerzo en la cocina secundaria del ala este, evitando cruzarme de nuevo con el personal de seguridad.
A las dos en punto, le administré el suplemento biológico a la cachorra, viendo cómo sus ojos dorados, tan similares a los de su padre, se cerraban debido al efecto sedante suave del compuesto.
La recosté en su cama, cubriéndola con una manta ligera, y regresé al cuarto de juegos para limpiar los restos de la jornada.
Fue entonces cuando el silencio de la propiedad se quebró de nuevo.
El sonido de los paralelepípedos pulidos del pasillo anunció el regreso de Ethan Knight.
Las puertas del cuarto de juegos se abrieron con una firmeza que hizo vibrar los cristales de la ventana.
El Alfa ya no vestía la chaqueta del traje; la camisa blanca tenía las mangas remangadas hasta los codos, exponiendo sus antebrazos cordados, cubiertos de una fina textura de vello oscuro que acentuaba su anatomía monstruosa.
—Chloe está dormida —dije en voz baja, poniéndome de pie y señalando hacia el dormitorio contiguo—. Ha tomado su suplemento a la hora exacta. Su rastro está tranquilo.
Ethan avanzó hacia el centro de la habitación, ignorando mis explicaciones logísticas.
Su imponente tamaño bloqueó la luz que entraba por el ventanal, sumergiendo mi cuerpo en su sombra masiva por segunda vez en el día.
El aroma a madera quemada y ozono helado de sus feromonas territoriales inundó el cuarto de juegos, borrando cualquier rastro de la fragancia infantil de su hija.
Había una urgencia líquida en sus movimientos, una fijeza en sus ojos dorados que delataba que la junta directiva de Medica no había hecho más que acumular su fijación obsesiva durante las últimas horas.
—El contrato ha sido validado, Madison —anunció él, dando un paso que eliminó la distancia residual entre nuestras ropas.
Su mirada descendió de forma deliberada hacia el vaivén trémulo de mi respiración, deteniéndose en la línea de mi cintura—.
Los créditos ya están en la cuenta del laboratorio del sector norte.
Su madre tiene cobertura total desde hace diez minutos.
—Gracias —murmuré, sintiendo un alivio biológico real destensar mis hombros. La culpa por haberme vendido se mezclaba con la ternura involuntaria que me provocaba su cuidado indirecto hacia mi familia—. Cumpliré mi parte del trato. No tiene de qué preocuparse.
—Me preocupo por lo que me pertenece, Omega —corrigió él, su voz descendiendo a un tono barítono, espeso, cargado de un pre-release que saturó el aire de dulzura y peligro—.
Su orgullo obrero ha cedido ante la necesidad, pero su cuerpo sigue oponiendo una resistencia verbal que me resulta molesta.
Su aroma a miedo y desafío rústico está impregnando este territorio, y no tengo ninguna intención de dejarla salir de este cuarto hasta que entienda las consecuencias de su nueva posición.
Su mano enorme descendió con una presión insistente sobre mi hombro, obligándome a retroceder hasta que la parte posterior de mis muslos chocó contra el borde de la mesa de juegos de madera.
El contacto físico encendió un reguero de pólvora entre mis piernas, un calor derramado que respondía de forma inevitable al magnetismo de la bestia.
Ethan se inclinó sobre mí, su rostro a escasos centímetros del mío, su respiración pesada mezclándose con la mía en un vaivén que me dejó sin voz.
—Mírame, Madison —mandó en un murmullo denso, sus colmillos rompiendo sutilmente la línea de sus labios firmes—. Dime que entiendes quién manda en este ático. Dime que sí a todo lo que te pida a partir de hoy.
El impacto visual de su cercanía y la fuerza de su fijación erótica anularon cualquier capacidad de réplica en mi mente.
Estaba acorralada entre su estructura masiva y la madera de la mesa, sintiendo cómo mi naturaleza Omega se rendía ante el mandato de su voz.
El subtexto del deseo corporal soterrado vibró entre nosotros con tal intensidad que el aire se volvió pesado, casi imposible de inhalar, transformando el cuarto de juegos en el escenario definitivo de nuestra perdición biológica.
El segundero de mi terminal parpadeaba, pero el cronómetro de mi sumisión erótica acababa de activarse bajo la presión de sus dedos.