LA NIÑERA DEL CEO PANTERA 1 LA MARCA DEL IMPACTO
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LA NIÑERA DEL CEO PANTERA

LA NIÑERA DEL CEO PANTERA

Por Spicy Gooner Queen

© inepub.com

1 LA MARCA DEL IMPACTO

ÍNDICE

El asfalto húmedo del parque, la maleza crecida bajo los árboles y la tierra batida del sendero eran extensiones de un mismo territorio que yo dominaba con zancadas rítmicas.

El pulso de la música en mis oídos marcaba el tempo exacto de una marcha triunfal, una vibración constante que empujaba el aire caliente fuera de mis pulmones.

El ejercicio era el único catalizador de mi control, un aislamiento necesario en mitad de la masa urbana que devoraba la ciudad.

Correr al amanecer era mi aduana personal, el espacio donde el Alfa contenía la urgencia de su naturaleza antes de que las exigencias del entorno despertaran mi Rage.

La niebla matinal se disolvía en jirones grises sobre el césped.

Todo a mi alrededor era una coreografía predecible de humanos que evitaban mirarme.

Sentía sus feromonas de baja intensidad, el rastro plano de su miedo instintivo, esa distancia prudencial que mi sola envergadura imponía en el sendero.

Mi cuerpo recordaba la fricción de la última caza, el peso de los colmillos retenidos tras la mandíbula y la tensión acumulada en los hombros.

Los humanos ignoraban que caminaban junto a un depredador de casta pura, pero sus cuerpos reaccionaban con sutiles temblores cuando cruzaba su línea de visión.

Un destello de movimiento a la izquierda interrumpió la simetría de mi carrera.

El viento trajo un aroma espeso, una ola de azúcar quemada y bayas silvestres que golpeó mis fosas nasales con la fuerza de un impacto físico.

Era una feromona extraña, densa, un llamado biológico que hizo que mi nudo latiera con una violencia súbita bajo los pantalones de deporte.

Me obligué a fijar los ojos en el frente, reteniendo un gruñido en la garganta.

La distracción era un peligro en este territorio compartido.

Giré la cabeza de forma involuntaria. Una mujer de cabello oscuro avanzaba por el sendero lateral, ajena al magnetismo salvaje que acababa de liberar en el aire.

Su melena oscilaba de un lado a otro, atrapando la luz tenue del este.

El cuello de su camisa estaba abierto, exponiendo la curva pálida donde se le iba el aliento con cada zancada.

El contraste entre la suavidad de su piel y la rudeza del paisaje colindante encendió una chispa abrasadora en mi espina dorsal.

Deseé detener la marcha, jalar esa melena oscura con mi puño y hundir los dientes en la base de su garganta para marcar mi propiedad.

La fijación biológica anuló mi juicio en un pestañeo. El sendero desapareció de mi horizonte. Fui consciente del choque un milisegundo antes de que nuestros cuerpos colisionaran con la fuerza de dos trenes en vía única.

El impacto nos mandó directos al césped.

Rodamos por la hierba húmeda en una maraña de extremidades y respiraciones cortadas.

Su cuerpo, inesperadamente pesado y firme para ser humana, quedó aplastado bajo el mío durante un segundo que se sintió eterno.

Mi mano se clavó en la tierra para no estrujar su cintura, pero el calor que desprendía su piel atravesó mis prendas, abrasándome.

El aroma a bayas se volvió asfixiante, una marea líquida que inundó mis pulmones y desarmó mi blindaje Alfa.

Mi mandíbula tembló, los colmillos presionando contra la cara interna de mis labios, exigiendo la carne que tenía a centímetros de la boca.

—¡Fíjate por dónde vas, maldito animal! —gritó ella, empujando mi pecho con unas manos que temblaban de furia.

Me incorporé con lentitud, apoyando las garras ocultas en la hierba para estabilizar mi peso.

La humana se puso en pie de un salto, jalando su ropa con movimientos rápidos para recuperar la compostura.

Sus mejillas estaban encendidas, teñidas de un rojo vivo que descendía hasta el nacimiento de su pecho.

Tenía los ojos grandes, oscuros, cargados de una hostilidad que me paralizó.

—El sendero es lo bastante ancho para los dos —respondí, modulando la voz para ocultar el ronroneo espeso que amenazaba con escapar de mi pecho—. Deberías mirar al frente en lugar de cruzarte en la línea de un Alfa.

Ella soltó una carcajada áspera, una vibración que golpeó directamente en mi pelvis.

—¿Un Alfa? ¿Es una especie de broma corporativa? —Se acomodó la melena con un gesto violento, su mirada recorriendo mi torso con una mezcla de desprecio y escrutinio que me hizo encender—. Eres un imbécil que corre sin mirar, eso es lo que eres. Casi me rompes una pierna.

La acusación era absurda, pero la forma en que su boca se movía al insultarme concentró toda mi atención.

Era una hembra desafiante, una humana que ignoraba las leyes de la manada pero que poseía una presencia física que desestabilizaba mi entorno.

El celo residual de mi naturaleza latía con fuerza, exigiéndome volver a derribarla sobre la hierba, abrir sus piernas con mis rodillas y demostrarle quién dictaba los términos en este parque.

—Venías directo hacia mí —dije, dando un paso hacia ella, dejando que mi sombra la cubriera por completo.

El olor a sumisión que esperaba encontrar en una humana estaba ausente; en su lugar, el aire se saturó de una provocación dulce y espesa—.

Esta zona está vigilada. ¿Es esto un truco?

¿Un intento de extorsión mediática? Sé cómo trabajan los de tu clase.

Los tabloides pagan bien por una foto comprometedora.

Madison entornó los ojos, la indignación transformando sus facciones en una máscara gélida.

—Estás completamente loco —soltó, dando un paso atrás para poner distancia entre los dos—. No sé quién te crees que eres, ni me importa. Quédate con tus paranoias y mantente lejos de mí.

El desinterés absoluto en su voz fue un golpe directo a mi orgullo.

Observé cómo se daba la vuelta sin concederme una mirada más, sus caderas oscilando bajo los pantalones cortos con un ritmo que desafiaba mi autoridad.

El impulso de saltar sobre ella, arrastrarla hacia la espesura de los árboles y reclamar su boca hasta que olvidara su propio nombre rugió en mi mente.

Mi nudo se tensó, caliente y pesado, exigiendo el nido que esta hembra acababa de encender en mi territorio.

—¡Madison! —Un grito agudo interrumpió la escalada de mi Rage.

Una cachorra humana de cabello rubio corría por el césped hacia ella.

Madison se agachó de inmediato, abriendo los brazos para recibirla.

El niño se estrelló contra su pecho y ella lo alzó en un abrazo protector, sepultando el rostro en su pequeño hombro.

Al ver esa estampa de domesticidad y ternura, mi mandíbula se cerró con fuerza.

Tragué las palabras ásperas que tenía listas en la lengua.

La severidad del Alfa se disolvió en una confusión densa al ver la suavidad con la que sus manos acariciaban el cabello de la pequeña Chloe.

La humana se incorporó, sosteniendo a la cachorra contra su cadera con una facilidad que hablaba de largas horas de cuidado. Me dirigió una última mirada cargada de advertencia antes de alejarse por el sendero, ignorando el magnetismo que seguía uniendo nuestros espacios.

Caminé hacia el coche con el motor ya encendido, mis pasos pesados sobre la grava del aparcamiento.

El vehículo rugió bajo mis manos, pero mi mente permaneció atrapada en el parque, fija en el balanceo de esa melena oscura y en el rastro dulce que todavía impregnaba mis ropas.

El blindaje defensivo que había construido durante años para protegerme de los extraños se sentía agrietado, vulnerable ante el recuerdo de unos ojos oscuros que no habían mostrado el menor temor ante mi casta.

Era una obsesión nueva, un deseo insistente que comenzaba a apoderarse de mis pensamientos y que sabía que no iba a poder controlar.

El trayecto de regreso a la guarida fue un borrón de luces y tráfico que esquivé con agresividad.

Al cruzar el umbral del penthouse, el aroma familiar de la madera y el cuero me recibió, pero el espacio se sentía estrecho, contaminado por la ausencia de la hembra.

Me despojé de la camisa sudada en mitad del pasillo, dejando que el aire acondicionado enfriara mi piel, pero el calor central de mi nudo seguía activo, latiendo con una urgencia sorda.

—Llegas tarde, Ethan —la voz de mi madre, Victoria, rompió el silencio desde el salón principal.

Apareció con la cachorra Chloe en brazos, quien se removía inquieta, buscando mi atención con la mirada. Las feromonas de mi madre eran gélidas, un recordatorio plano de la jerarquía familiar que yo debía sostener.

—Hubo un contratiempo en el parque —respondí, reteniendo el gruñido que amenazaba con espesar mi voz—. Nada de lo que debas preocuparte.

Victoria me observó con fijeza, sus ojos recorriendo las marcas de hierba en mis pantalones y el pecho encendido por el esfuerzo.

—Los tabloides han vuelto a publicar tu nombre —dijo, depositando a Chloe en el suelo.

La cachorra corrió hacia mí de inmediato, aferrándose a mi pierna con fuerza—.

Ridge ha estado llamando. Dicen que tu imagen pública está afectando a las negociaciones del pacto con RyoMed.

Necesitas estabilizar tu territorio, Ethan.

Una manada sin una estructura clara es un blanco fácil para los competidores.

Giré la cabeza hacia la ventana, ignorando el discurso corporativo de mi madre.

Mi atención estaba fija en la distancia, en el punto exacto del mapa urbano donde el sendero del parque se unía con el resto de la ciudad.

El celo latía bajo mi piel, recordándome que la humana tenía mi marca olfativa en su ropa y que yo tenía el azúcar quemado de sus feromonas impregnado en el tejido de mi memoria.

—No voy a cambiar mis planes por las exigencias de Ridge —dije, mi voz una línea dura que no admitía réplica—. Yo dicto los términos en este territorio.

—Tu orgullo será tu ruina —sentenció mi madre, dándose la vuelta para regresar a sus estancias—. Esta casta exige sacrificios, no caprichos.

Me agaché para alzar a Chloe, acomodándola contra mi hombro mientras sus pequeñas manos se enredaban en mi cabello.

Su peso era un ancla, pero la fijeza animal de mi mente seguía fija en Madison.

Sabía que volvería al parque al amanecer.

Sabía que la buscaría en cada rincón del sendero hasta que sus ojos oscuros se vieran obligados a mirarme otra vez, sumisos ante la presión del Alfa que ya había decidido hacerla suya.

El timbre del teléfono en la mesa de noche interrumpió la quietud de la habitación, una vibración constante que destrozó el silencio. Jale el aparato con brusquedad, reconociendo el número de Luke en la pantalla antes de presionar el botón.

—¿Qué quieres? —mi voz era un rugido bajo que espeso el aire del dormitorio.

— Garrett ha estado reuniéndose con Ridge a puerta cerrada —la voz de mi asistente llegó filtrada por la prisa, tensa y cargada de una urgencia que hizo que mis hombros se endurecieran—.

Tienen una propuesta para la junta de mañana.

Quieren forzar una votación para retirarte el control de la manada.

Dicen que tu fijación con los humanos te ha convertido en un peligro para los intereses de la corporación.

Tienen fotos tuyas en el parque, Ethan. Saben que tuviste un altercado con una humana esta mañana.

El aire se congeló en mis pulmones. Mis garras se clavaron en la madera de la mesa de noche, astillando la superficie pulida bajo la presión de mi Rage. El dolor del impacto en el césped regresó a mi pecho, transmutado en una furia líquida que nubló mi visión de rojo.

—Que lo intenten —siseé, los colmillos rozando la línea de mi labio inferior—. Voy a destrozar a cualquiera que intente cruzar mi línea.

—No estás entendiendo la gravedad de esto —insistió Luke, su respiración agitada al otro lado de la línea—.

Garrett no está jugando a la política esta vez.

Ha contratado rastreadores. Tienen la orden de encontrar a la humana del parque para usarla como testigo de tu inestabilidad biológica ante la junta.

Si la encuentran antes que nosotros, estás acabado, Ethan.

Te van a encerrar en una celda de contención por desacato a las leyes de la casta.

Desconecté la llamada de un golpe, arrojando el teléfono contra la pared opuesta, donde se deshizo en un estallido de plástico y metal.

Mi pecho subía y bajaba con la fuerza de un fuelle, el aroma a bayas silvestres y azúcar quemada regresando a mis fosas nasales con una nitidez enfermiza.

La junta quería una guerra, y yo estaba más que dispuesto a dársela, pero primero tenía que asegurar lo que era mío.

La humana del parque no iba a ser el peón de Garrett.

Iba a ser mi Omega, aunque tuviera que arrastrarla encadenada hasta mi nido para protegerla de los míos.