La niña de la maleta (Trilogía SG 1) (Thriller del FBI de Abby Kane 7)
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CAPÍTULO UNO
Una llovizna brumosa había caído durante todo el día y continuó entrada la noche, dejando a los estibadores del Puerto de Oakland deseando terminar su turno. Para colmo, una niebla había empezado a extenderse, reduciendo la visibilidad.
El capataz reunió a sus hombres, animándolos a aguantar hasta el final mientras descargaban el último carguero de la orden de trabajo.
Arriba, a unos quince metros de altura, una grúa de contenedores sujetaba un contenedor con su garra de hierro y lo estaba bajando hacia una carretilla elevadora que esperaba abajo.
El contenedor tocó el suelo con un golpe seco, y un par de estibadores desengancharon rápidamente los cuatro cables que lo aseguraban al esparcidor.
Uno levantó el pulgar hacia el operador de la grúa.
—El último y nos largamos —gritó el capataz al operador de la carretilla elevadora.
—Ya te digo. Yo me encargo desde aquí.
—¿Seguro? —preguntó el capataz mientras se quitaba los guantes.
—Sí, tranquilo. Vete a casa.
El operador de la carretilla elevadora empujó la palanca del mástil y levantó el contenedor exactamente metro y medio del suelo. Retrocedió, giró el vehículo y se alejó en dirección contraria a los demás trabajadores.
Las líneas amarillas reflectantes del muelle marcaban el camino hacia una zona apartada donde no había nadie, solo contenedores apilados de cuatro en cuatro.
Colocó el contenedor de doce metros en una zona resguardada de las luces del muelle y bajó el mástil. El contenedor volvió a golpear al tocar el suelo. Alejó la carretilla y apagó el motor antes de enviar un mensaje de texto desde el móvil.
Carlos Medina llevaba quince años trabajando en el astillero.
Aunque se había acostumbrado a la rutina diaria, odiaba quedarse más tiempo del necesario.
Los hombres con los que trabajaba eran el último turno programado en los muelles esa noche, pero Medina tenía asuntos pendientes que atender antes de irse a casa.
Medina se quedó sentado en silencio, escuchando el aullido de una sirena a lo lejos; no sería Oakland si no las hubiera. Juntó las manos y las frotó con fuerza hasta sentir el ardor. Estaba deseando meterse algo caliente en el cuerpo; el chili que le quedaba en la nevera le vendría de perlas.
Volvió a mirar el reloj. ¿Por qué tardan tanto?
Justo entonces sonó el móvil.
—Por fin —murmuró mientras leía el mensaje.
Diez minutos después, Medina oyó el ruido de motores acercándose.
Dos furgonetas negras aparecieron con los faros apagados.
Se detuvieron a pocos metros de la carretilla, y de cada una bajaron dos individuos.
Siempre vestían igual cuando aparecían: vaqueros negros, sudaderas con capucha negras y gafas de sol Wayfarer.
No sabía sus nombres ni qué aspecto tenían bajo los disfraces, aunque había llegado a la conclusión de que uno de ellos era una chica.
Nunca hablaban. El acuerdo era siempre el mismo. Medina llevaba el contenedor a un lugar acordado, enviaba un mensaje y esperaba a que llegaran.
Observó cómo uno de ellos manipulaba el candado del contenedor antes de abrir las puertas de par en par.
Medina nunca se quedaba mirando; le parecía mejor dar la impresión de que no le interesaba lo que sacaban del contenedor. De vez en cuando echaba un vistazo.
Encendió un cigarrillo e ignoró a los dos individuos que entraban en la caja de acero con linternas. Los oía hablar en chino, o al menos eso le parecía. Poco después empezarían a descargar la mercancía del contenedor.
El envío era siempre el mismo.
Una por una, las chicas fueron saliendo del contenedor, encorvadas y con los brazos cruzados sobre el pecho. Iban vestidas y calzadas. Algunas temblaban, pero eso era todo.
Medina nunca se molestaba en contarlas, pero cada envío parecía traer entre ocho y doce chicas. Este era el tercero en el que participaba. Dio una larga calada al cigarrillo, y la punta brilló de un rojo intenso.
Dirigieron a las chicas hacia uno de los vehículos, donde esperaban otros dos individuos.
Uno, un hombre, sostenía un portapapeles.
Su compañera iluminaba con una pequeña linterna la cara de cada chica mientras revisaban el papeleo.
Una vez comprobado que la chica coincidía con la lista, la mujer la ayudaba a subir a la parte trasera de la furgoneta.
Esa noche el proceso cambió cuando se acercó la quinta chica.
Después de la comprobación con la linterna, la hicieron esperar junto a ellos en lugar de subirla a la furgoneta.
Era, con diferencia, la más pequeña del grupo.
No temblaba ni lloraba ni se movía inquieta.
Simplemente se quedó inmóvil con la cabeza gacha.
Poco después, los hombres del contenedor aparecieron con las dos últimas chicas y las escoltaron hasta la furgoneta, donde también las cotejaron con la lista.
El grupo discutió brevemente sobre la chica que habían apartado. Medina distinguió que hablaban en inglés, pero estaba demasiado lejos para entender lo que decían. Momentos después, subieron a las dos últimas chicas y a la que habían separado a la otra furgoneta.
Uno de los hombres, el más alto, se acercó a Medina y le entregó un sobre. Medina siempre esperaba a que los vehículos se marcharan para mirar dentro. La cantidad siempre era exacta. Cinco mil dólares en billetes nuevos de cien.
Las dos furgonetas cruzaron juntas el Bay Bridge en dirección a San Francisco. El horizonte de la ciudad centelleaba en la noche. Al llegar a la ciudad, continuaron hacia un barrio justo al norte del Tenderloin.
Los vehículos aparcaron frente a un edificio residencial de seis plantas. Durante cuatro horas permanecieron en las furgonetas, esperando a que disminuyera el tráfico de peatones y vehículos. A la una de la madrugada así fue, y metieron rápidamente a las chicas en el edificio.
Dos horas después, uno de los hombres salió del edificio con la chica a la que habían dedicado más tiempo en el registro. Subieron a la furgoneta y se marcharon. El hombre giró varias veces a izquierda y derecha, adentrándose en el corazón del Tenderloin.
A esa hora de la madrugada, el lugar estaba desierto. Era tan tarde que incluso los residentes que se ganaban la vida en las calles por la noche se habían retirado, y los que deambulaban de día aún no se habían levantado.
La furgoneta giró en una calle donde un edificio alto con una explanada de hormigón delante ocupaba toda la manzana. Detuvo el vehículo junto al bordillo y apagó el motor. Ni un alma, ni siquiera una rata, rompía el silencio.
La puerta lateral de la furgoneta se abrió y el hombre bajó con una maleta. Miraba a izquierda y derecha sin parar mientras se dirigía a toda prisa hacia la entrada del edificio, con las ruedas de la maleta traqueteando tras él.
Al llegar a la entrada del edificio, echó un vistazo a su alrededor, soltó el asa de la maleta y se alejó. No miró atrás ni una sola vez.
No había nada especial en la maleta: setenta y nueve centímetros por cincuenta y seis por treinta y tres. Bastante típica. Si algo llamaba la atención, era que algo en su interior la sacudía.