El relojero
Nora llevó el reloj de su padre a Tirso de Molina un miércoles por la mañana, trece años después de que se parara.
Lo había tenido todo ese tiempo en un cajón, envuelto en un pañuelo, parado en las cinco y cuarenta y dos de la tarde.
Nadie en la familia había hablado nunca de arreglarlo.
Un reloj que se para cuando su dueño muere no se arregla: se guarda, se venera, se convierte en una de esas cosas que una familia decide no tocar.
Las cinco y cuarenta y dos eran sagradas.
Eran, para todos ellos, la hora exacta en que el mundo se había roto.
Lo había llevado consigo de un sitio a otro toda su vida adulta, ese reloj, sin ponérselo nunca.
De un cajón a otro cajón, de un piso a otro piso, siempre envuelto, siempre parado, siempre marcando lo mismo.
A veces lo sacaba, lo miraba un rato y lo volvía a guardar, como quien visita una tumba pequeña que cabe en la palma de la mano.
Y aquella mañana, después de la sentencia, después de cerrar por fin el caso al que su padre había dedicado la vida, había sentido por primera vez que le tocaba hacer con el reloj lo que llevaba trece años sin atreverse: no seguir velándolo.
Hacer algo con él. Aunque no supiera bien qué.
La relojería de Aurelio estaba en una calle estrecha de las de detrás de la plaza, una de esas tiendas que parecen llevar ahí desde antes que la ciudad.
Olía a aceite fino. Y sonaba: sonaba a cien relojes andando a la vez, cada uno por su lado, un mar de tictacs desfasados que en vez de marcar la hora la deshacían, porque ningún reloj coincidía con el de al lado.
La luz de un flexo caía sobre el mostrador como un foco pequeño.
Detrás, un hombre de setenta y tantos con una lupa de relojero encajada en la frente, como una segunda piel, levantó la vista.
Aurelio no preguntó qué quería; en una relojería se entiende lo que trae cada uno solo con verle la cara y el bulto que lleva en la mano.
Tenía esa calma de los que trabajan con cosas pequeñas y antiguas, una calma que no se aprende con prisa.
A su alrededor, las paredes estaban cubiertas de relojes: de pared, de sobremesa, de bolsillo colgados de clavos, todos andando, ninguno de acuerdo con el de al lado, de modo que en aquella tienda no había una hora, sino cien horas distintas conviviendo en paz.
A Nora, que venía con un reloj parado en una sola hora desde hacía trece años, aquel desorden de horas vivas le pareció, sin saber por qué, un sitio amable.
Nora le puso el reloj delante sin decir casi nada.
«Está parado», dijo. «Desde hace años.» Aurelio lo cogió con dos dedos manchados de un aceite que olía a limpio, se bajó la lupa al ojo y lo miró por dentro como un médico mira una radiografía.
Tardó poco. Lo de él, después de cincuenta años, era cuestión de segundos.
«No está roto», dijo.
Nora no entendió al principio. Llevaba trece años pensando que aquel reloj estaba roto, que se había roto con su padre, que la misma violencia que había matado a su padre había parado también el reloj.
«¿Cómo que no está roto?» Aurelio se encogió de hombros, sin levantar la vista.
«No está roto. Está sin cuerda. Es un reloj de cuerda.
Si no se le da cuerda, se para. Este lleva sin que nadie se la dé…
mucho. ¿Trece años, dice? Pues trece años parado por eso. No por otra cosa. Por nada.»
Por nada. A Nora le costó encajarlo, y le costó por una razón que no esperaba: porque dolía menos creer que aquel reloj guardaba un duelo que aceptar que solo guardaba una falta de cuerda.
Durante trece años, las cinco y cuarenta y dos habían sido una herida sagrada, el instante congelado en que su padre se cayó a un patio.
Y ahora un hombre con una lupa en la frente le decía, sin ninguna ceremonia, que no había nada congelado, que no había magia, que solo había un mecanismo pequeño que se había quedado sin fuerza porque la mano que se la daba cada noche ya no estaba para dársela.
Y esa fue, al final, la frase que la desarmó, aunque Aurelio no la dijo con esa intención, ni con ninguna: que el reloj se había parado porque la mano que le daba cuerda cada noche ya no estaba.
Eso sí era verdad, y eso sí dolía, pero dolía de la manera buena, de la que es real.
Su padre, cada noche, antes de acostarse, le daba cuerda a aquel reloj.
Era uno de esos gestos pequeños que hacen los padres y en los que nadie repara hasta que faltan.
Y la noche del 4 de febrero de 2015 no se la dio, ni ninguna noche más, y el reloj, fiel como un perro, aguantó andando lo que pudo con la última cuerda que le había dado, y luego se paró a esperarlo.
No se paró de pena. Se paró de espera. Llevaba trece años esperando que alguien volviera a darle cuerda.
Miró la esfera otra vez. Las cinco y cuarenta y dos.
Y pensó en una cosa que llevaba años sin pensar: que su padre no murió a las cinco y cuarenta y dos.
Murió a las cinco y cuarenta. Dos minutos antes.
Siempre lo habían sabido, estaba en los papeles, y siempre habían dejado pasar esos dos minutos como un detalle sin importancia.
Pero ahora, de pie en aquella relojería, los dos minutos le decían la verdad a la cara.
Si el reloj se hubiera parado con él, marcaría las cinco y cuarenta.
Marcaba las cinco y cuarenta y dos. Esos dos minutos de más eran la prueba de que el reloj no se paró cuando murió su padre: siguió andando un poco después, sin él, hasta que se le acabó la cuerda en cualquier otro momento.
Los dos minutos eran la mecánica diciendo, durante trece años, lo que nadie había querido oír: aquí no hubo magia. Hubo física.
Le dio una risa rara, casi un sollozo, pensar en los años que la familia había tratado aquellos dos minutos como si no existieran, redondeando la hora del reloj a la hora de la muerte para que cuadraran, para que la historia fuera más limpia.
Querían que el reloj se hubiera parado con él.
Necesitaban esa pequeña mentira bonita. Y el reloj, cabezota, marcando dos minutos de más, llevaba trece años negándose a contarla.
«¿Lo quiere andando?», preguntó Aurelio.
Era una pregunta sencilla, de tendero, y Nora se dio cuenta de que no tenía una respuesta sencilla.
Tardó. Aurelio esperó, acostumbrado a que la gente tarde con según qué relojes.
Al final Nora dijo que sí. Aurelio cogió la corona entre dos dedos y empezó a darle cuerda, despacio, con un gesto que había hecho un millón de veces.
Y el reloj, que llevaba trece años en silencio, empezó a sonar.
Fue un sonido pequeñísimo, un tic-tac fino que apenas se oía entre los cien relojes de la tienda. Pero Nora lo oyó como si la tienda entera se hubiera callado. El reloj de su padre, andando otra vez. Después de trece años. Sin más ceremonia que la cuerda que le daba un desconocido.
Pensó, mientras lo escuchaba, en todas las horas que habían pasado por aquella familia.
En su padre dándole cuerda a este reloj cada noche.
En una niña de siete años, en una cocina fría, enseñándole a leer la hora a un niño más roto que ella.
En ese mismo niño, ya viejo, diciendo en un acta que seguía mirando la hora todos los días, por ella, aunque no le sirviera de nada.
Los Vidal y los que se cruzaron con los Vidal llevaban toda la vida peleados con el tiempo: parándolo, persiguiéndolo, esperándolo, midiéndolo en relojes que se quedaban quietos.
Y aquel tic-tac pequeño, de pronto, era como hacer las paces.
Dejar que el tiempo, por una vez, pasara sin más.
«Y la hora, ¿se la pongo?», dijo Aurelio, ya con las pinzas cerca de las agujas.
Y ahí estaba el otro salto, el de verdad.
Porque ponerlo en hora significaba mover las agujas de las cinco y cuarenta y dos.
Sacarlas de la hora sagrada. Mandarlas hacia delante, hacia la hora de verdad, la de aquel miércoles por la mañana en que su padre llevaba trece años muerto y el mundo, a pesar de todo, había seguido andando.
Nora tragó saliva y dijo que sí otra vez.
Y vio cómo las agujas, por primera vez en trece años, dejaban atrás las cinco y cuarenta y dos.
No se rompió nada al moverlas. Esa fue la sorpresa.
Había temido, sin saberlo, que mover aquellas agujas fuera una especie de traición, como borrar a su padre del último sitio donde se había quedado quieto.
Y no. Las agujas se movieron, el reloj siguió sonando, y su padre no se fue a ninguna parte: seguía justo donde había estado siempre, dentro de ella, que es el único sitio donde de verdad se guarda a los muertos.
El reloj no era su padre. Era un reloj. Y los relojes, había aprendido aquella mañana, no se arreglan con duelo ni con magia.
Se arreglan porque alguien, un día, decide darles cuerda y ponerlos en hora.
Como el dolor. Que no se cura solo con que pase el tiempo: se cura cuando uno decide, por fin, dejar que el tiempo vuelva a andar.
No era una idea nueva; lo había leído en mil sitios, eso de que el tiempo cura.
Lo que era nuevo era entenderlo al revés: que el tiempo no cura solo, que el tiempo no hace nada por su cuenta, igual que el reloj no se daba cuerda solo.
Que hace falta una mano. Que alguien tiene que decidir, un día cualquiera, dejar de velar lo que se paró y ponerlo otra vez en marcha.
Llevar el reloj a Tirso de Molina era esa mano.
Era ella, por fin, dándose cuerda a sí misma.
Pagó en efectivo, porque Aurelio no cobraba de otra manera, y el hombre lo apuntó en una libreta cuadriculada con la misma letra pequeña con la que apuntaba desde hacía medio siglo.
Nora se ató el reloj a la muñeca. Pesaba poco.
Pero pesaba distinto que en el cajón: pesaba como pesan las cosas que están vivas.
Era la primera vez que se lo ponía. Trece años teniéndolo y nunca se lo había atrevido a poner, porque ponerse el reloj de un muerto parado es ponerse encima su muerte.
Pero un reloj que anda es otra cosa. Un reloj que anda no es la muerte de nadie: es el tiempo de su padre, que ahora seguía, prestado, en la muñeca de su hija.
Como si, en vez de heredar el final, hubiera heredado la cuerda.
Salió a la calle. Tirso de Molina seguía allí, con su gente y su ruido y su mañana cualquiera.
Y por encima del ruido de la plaza, pegado a la muñeca, tan bajo que solo lo oía ella, el reloj de su padre seguía haciendo lo que hacen los relojes cuando alguien decide que vuelvan a andar: marcar, uno detrás de otro, despacio, sin prisa y sin pena, los minutos que venían.
Capítulo 30