Clara, la víspera
Mañana declaro y no sé qué voy a decir, porque no me acuerdo de nada.
Es lo más raro del mundo. Mañana voy a entrar en una sala, voy a jurar decir la verdad, y resulta que la verdad que tengo que decir no la tengo yo.
La tienen otros. La tiene mi hermana, que me vio en una esquina.
La tiene un hombre al que no conozco, al que, por lo visto, yo le enseñé la hora.
La tiene una vieja que me cosía un conejo.
Todos tienen un trozo de mí. Yo no tengo ninguno.
De aquellos meses, lo único que me queda es un agujero limpio, sin bordes, como si me hubieran sacado una muela y la encía hubiera cerrado tan bien que ni la lengua encuentra el hueco.
Así que mañana no voy a contar lo que pasó.
No puedo. Voy a contar lo único que sé de verdad: que estoy aquí.
Que existo. Que a la niña del conejo no se la tragó del todo la tierra, que salió, que tiene treinta y siete años, un piso, un trabajo, una hermana pesada y una madre en Segovia.
Voy a ser, yo sola, la prueba de que aquello no acabó como ellos querían.
No voy a declarar un recuerdo. Voy a declararme a mí.
He preparado la ropa. La he dejado en la silla, doblada, con los zapatos debajo, alineados.
He recolocado tres veces el vaso de agua de la mesilla hasta dejarlo donde no estorba a nada.
Sé lo que hago cuando hago estas cosas: ordeno lo de fuera porque lo de dentro no se deja.
Es mi manera. Cada uno tiene la suya. La mía es poner las cosas rectas.
Me he hecho un té. Me ha salido malo, como siempre; nunca le cojo el punto, lo dejo poco o se me pasa.
Pero hoy, que me saliera malo me ha tranquilizado, porque si esta noche, la víspera, todavía soy capaz de hacerme un té malo como cualquier otra noche, es que no estoy tan rota como para no poder con lo de mañana.
El té malo es mi termómetro. Hoy marca: estás bien, Clara. Asustada, pero bien.
No voy a ensayar lo que diga. Lo he pensado y no.
Mi hermana, que de esto sabe, me ha contado que los recuerdos que se ensayan suenan a mentira, que la verdad sale mejor cuando sale fea.
Pues la mía va a salir feísima, entonces, porque no tengo ni recuerdo que ensayar.
Yo, que no aguanto que me den una mentira pequeña, no le voy a dar una al tribunal: no voy a fingir que me acuerdo de algo para que quede más redondo.
Voy a entrar, me van a preguntar, y voy a decir lo poco que tengo con las palabras que me salgan.
Si tiembla, que tiemble. Una mujer que tiembla diciendo la verdad es más de fiar que una que la recita.
Pienso en Nora, que ayer estuvo en esa misma silla.
Llevo toda la vida dejando que ella diera la cara por mí: que hablara con los periodistas, que peleara con los jueces, que cargara con todo para que a mí no me tocara.
Mañana, por primera vez, doy la cara yo.
Y no es por valiente. Es porque hay cosas que no se pueden pedir prestadas, y estar viva es una de ellas.
Eso lo tengo que decir yo. No me lo puede decir nadie.
Y hay otra cosa, que no le he dicho a nadie.
Mañana, cuando diga que estoy viva, voy a estar diciéndolo también por los que no lo están.
Por los otros niños de aquella casa, los que Daniel cuenta que entraban y salían y de los que nadie sabe ya nada.
Yo salí. La mayoría, no. Así que mañana, cuando me siente en esa silla, no voy a ser solo yo: voy a ser la que pudo contarlo, hablando por todos los que se quedaron sin poder.
Es mucho peso para una mujer que no se acuerda de nada.
Pero el peso, por una vez, lo llevo yo, y no mi hermana.
El conejo está en la estantería, donde lo puse el día que llegó, lavado, con la crucecita en el ojo.
Lo he mirado un rato antes de acostarme.
Es lo más cerca que voy a estar nunca de aquella niña: un muñeco viejo que ella tuvo en las manos y que alguien me ha devuelto treinta años después.
No me acuerdo de él. Pero lo reconozco, que es distinto.
Hay cosas que el cuerpo sabe aunque la cabeza las haya tirado.
Mañana lo dejo aquí. Hubo un tiempo en que esa niña no iba a ningún sitio sin él, y mañana yo voy a ir al lugar más difícil de mi vida sola, sin nada en las manos, y está bien que sea así, porque ya no soy ella: soy la que la sobrevivió.
Apago la luz. Y le hablo al conejo, bajito, como una tonta, antes de cerrar los ojos: «Tú quédate. Mañana voy yo.»
Capítulo 28