Lo que hizo con ello
Fueron a Segovia un domingo, Nora y Clara juntas en el coche, casi sin hablar en todo el camino.
Lo habían hablado por teléfono la noche antes, las dos hermanas, y habían decidido que esto se contaba en persona y se contaba juntas.
A Lola no se le daba una cosa así por teléfono, ni se le daba a solas; se le daba con las dos hijas delante, en su casa, con tiempo y sin prisa de irse.
Nora conducía y Clara miraba por la ventanilla los pinares que separan Madrid de Segovia, y cada una iba por dentro ensayando lo suyo: Nora, cómo decirlo; Clara, cómo estar, que para ella todo aquello era oír contar su propia vida desde fuera.
A la altura del puerto, Clara dijo solo: «Despacio con ella, ¿eh? » Y Nora dijo: «Despacio.»
La casa de su madre olía a pan, como siempre que Berta andaba cerca, y a los rosales que Lola seguía cuidando en el patio porque eran los rosales de Manuel y arrancarlos habría sido como arrancarlo a él otra vez.
Lola las recibió en la puerta, más pequeña cada año, con esa fragilidad de pájaro de las personas mayores a las que un mal día las hospitaliza y un buen día las devuelve a sus rosas.
Era un buen día. Se le notaba en los ojos, despiertos, en que reconoció a sus dos hijas sin ese segundo de duda que a veces, ya, le robaba el centro de día.
Nora vigilaba esos segundos de duda en su madre con el mismo cuidado con que vigilaba los intervalos lúcidos de Carmen, y le daba vergüenza la comparación, porque una era su madre y la otra había guardado a su hermana, pero el cuerpo no distingue: dos mujeres mayores a las que la cabeza se les iba yendo a ratos, y de cuyos ratos buenos dependía la verdad.
Hoy su madre estaba entera. Lola las hizo pasar, les tocó la cara a las dos como hacía siempre, para comprobar que eran de verdad y no de la tele, y las llevó al salón pequeño, el de las visitas buenas, no el de diario.
Se sentaron las tres en el salón pequeño, con la luz de la tarde entrando por la ventana, y Berta, que sabía leer las visitas, dejó una bandeja con pan y se fue a la cocina a darles intimidad.
Nora había ensayado mil maneras de decirlo y ninguna servía. No hay forma buena de contarle a tu madre que, con once años, tuviste a su hija perdida a diez metros y no lo supiste. Así que al final lo dijo de la única manera en que se dicen las cosas verdaderas: despacio, mirándola, sin adornos.
Le contó la esquina. El martes de octubre, el autobús, la parada de antes, las monedas de los forros.
Le contó la otra acera: la mujer de la bolsa de rafia, el chico, y la niña pequeña con el conejo amarillo apretado contra la cara.
Le contó que aquella niña era Sara, que la había mirado a través de la calle, y que ella, con once años, había pensado «está con alguien, está bien» y había subido al siguiente autobús. Le contó la nada. Toda.
Mientras lo decía, vigilaba la cara de su madre por si había que parar.
No hizo falta parar. Lola fue recibiendo cada pieza con una pequeña inclinación de cabeza, como quien reconoce algo que en el fondo ya esperaba, y solo una vez, al llegar a lo del conejo contra la cara, cerró un momento los ojos y los volvió a abrir.
Nora conocía ese gesto: era el de encajar un golpe sin caerse.
Su madre llevaba toda la vida encajando golpes sin caerse.
Era, a lo mejor, lo único que de verdad le había enseñado a ella: a quedarse de pie.
Lola la escuchó sin moverse, con las manos juntas en el regazo, como se escucha en misa.
No lloró. Cuando Nora terminó, hubo un silencio largo, y Nora se preparó para lo peor, para el reproche que llevaba treinta años poniéndose ella sola y que ahora, pensaba, le llegaría por fin de fuera, de la única persona con derecho a dárselo.
Pero su madre no le dio un reproche. Le dio una mano.
Le cogió la suya por encima de la bandeja del pan, con esos dedos finos y fríos que ya casi no apretaban, y le dijo: «Tenías once años, hija.
Once años. Una niña de once años va al colegio y piensa en sus forros.
No salva a nadie, ni tiene que salvar a nadie; para eso estábamos los mayores.
Y los mayores tampoco la salvamos. Así que no cargues tú con lo que era nuestro. »
Lo que era nuestro. Nora se quedó con esas tres palabras.
Su madre acababa de hacer, en una frase, lo que ella no había sabido hacer en treinta años: poner la culpa donde iba.
No en la niña que miró desde una acera, sino en los adultos que tenían que haber visto y no vieron.
Y al decir «nosotros», Lola se incluía. Cargaba con su parte delante de sus hijas, ya anciana, con la casa oliendo a pan.
Porque Lola tenía lo suyo, claro que lo tenía.
A una madre a la que le quitan una hija no la dejan sin culpa solo porque la culpa no le toque; la culpa, en las madres, no va por méritos, va por dentro.
Lola había pasado años preguntándose qué no vio, qué señal dejó pasar, por qué no ató cabos cuando aquel hombre vino a cenar y la niña no quiso darle un beso.
Había hecho su propia cuenta atroz, la suya, distinta de la de Nora y de la de Manuel, cada uno la suya en su rincón, sin enseñárselas.
Y ahora, vieja y en un buen día, en vez de pasarle su cuenta a su hija, hacía lo contrario: le quitaba la de la niña de encima y se la cambiaba por la verdad.
Que ninguno de los pequeños tuvo la culpa.
Que la tuvieron los mayores, los de fuera, los malos.
Y que a estas alturas la culpa ya no servía para nada, solo para no dejar vivir.
Fue entonces cuando Nora sacó la carta. La de su madre, la que Lola le había escrito al final de todo aquello, la que llevaba meses en el bolsillo de cada chaqueta, doblada y desdoblada hasta tener los pliegues blandos.
La puso sobre la mesa, entre las tres. «¿Te acuerdas de lo que me escribiste?
», le dijo. «Lo de las dos lo visteis. Que no era la esquina, que era el salón. »
Lola se acordaba. Lo de la cena de octubre de 1996, en Monte Igueldo, cuando Riera fue a cenar a la casa y Sara, que era una cría, no quiso darle un beso al despedirse, se escondió detrás de las piernas de su padre, y Manuel, que no sabía aún lo que sabía aquel hombre pero lo olió como se huele a un perro malo, le dijo que no volviera a poner los pies en su casa.
Las dos lo vieron, Nora y Sara: vieron a su padre plantarse.
Eso era lo que Lola había querido decirle en la carta: que la escena que las marcó a las dos no fue ninguna esquina misteriosa, sino aquella cena, aquel hombre, aquel beso que Sara no quiso dar.
El conejo se perdió pocos días después. Lo buscaron dos días por toda la casa. No apareció.
Lola lo contó con los detalles intactos, esos que no se borran: que había hecho cordero, que Riera trajo un vino caro que a Manuel no le gustó, que la niña estuvo rara toda la cena, callada, pegada a ella, y que al final, en la puerta, cuando el hombre se agachó a darle el beso de rigor, Sara giró la cara y se escondió.
«Los niños huelen», dijo Lola. «Huelen lo que nosotros tapamos con buenos modales.
Mi hija olió a aquel hombre, y yo, en vez de hacerle caso a mi hija, le dije que no fuera maleducada.
Le dije que no fuera maleducada.» Lo repitió, y en la repetición estaba toda su condena de treinta años: que había regañado a su niña por tener razón.
Pero ahora, releída con la esquina dentro, la carta decía otra cosa.
O decía lo mismo y más. Porque Lola, cuando escribió «no era la esquina, era el salón», estaba dándole a Nora la única pieza que ella tenía, la de 1996, la del salón, la que una madre podía sostener.
No estaba negando la esquina: estaba dándole lo que podía mientras lo otro seguía enterrado.
Y resultaba que las dos cosas eran verdad.
Hubo un salón, en octubre de 1996, donde empezó todo.
Y hubo una esquina, en octubre de 1998, donde Sara pasó por delante de su hermana camino de perderse del todo.
Dos octubres. Dos escenas. Las dos reales.
Su padre lo sabía a su manera: en su libreta, las dos columnas que más apretó decían AGOSTO y OCTUbrE, los dos meses de 1998 en que a Sara primero se la llevaron del Cerro y luego la pasearon por Vallecas camino de ninguna parte.
Había reconstruido el verano y el otoño en que perdió a su hija.
Por eso la última línea de su carta preguntaba por octubre: por esa esquina que él había rehecho con matrículas y horarios y que su hija mayor había vivido en directo, a los once años, sin saberlo.
Entre la cena de 1996 que guardaba Lola y la esquina de 1998 que guardaba Nora cabían dos octubres y un secuestro de agosto: tres trozos de una misma desaparición que cada uno había llevado por su lado.
Y por primera vez estaban las tres mirando lo mismo.
No cada una su trozo: lo mismo. Lola tenía el salón.
Nora tenía la esquina. El padre, muerto, había tenido el mapa entero y se lo había llevado para no cargarlas.
Clara no tenía nada, no recordaba ni el salón ni la esquina ni el conejo, y sin embargo era el centro de las dos escenas: la niña que no quiso dar el beso y la niña que escondió la cara detrás del conejo.
La misma. Juntaron los trozos sobre la mesa del salón de Segovia, al lado del pan de Berta, y por fin se vio la foto completa.
Hacía treinta años que aquella familia no miraba una foto entera de sí misma.
Daba un alivio extraño, casi culpable, mirarla entre las tres.
Como si el peso de cada trozo, que por separado había aplastado a cada una en su rincón, repartido entre las tres pesara de pronto la mitad.
No era que doliera menos. Dolía lo mismo.
Pero dolía acompañado, que es otra manera de doler, una que se puede aguantar.
Clara habló poco. Escuchaba a su madre y a su hermana armar una historia que era la suya y que ella no podía reconocer, como quien oye contar un viaje que hizo en coma.
En un momento dado alargó la mano y tocó la carta, solo tocarla, con la yema de los dedos, como había tocado el acta de Daniel.
«Qué raro», dijo, «ser el centro de algo que no recuerdo.
» Y Lola, que era su madre aunque llevara media vida sin poder serlo del todo, le contestó: «No lo recuerdas, pero lo viviste.
Y lo sobreviviste. Eso no hay quien te lo quite, te acuerdes o no. »
Se quedaron un rato así, las tres, con la carta y el pan en medio, sin decir gran cosa, dejando que la foto completa se asentara. No era una foto bonita. Pero era de ellas, y estaba entera, y estaban las tres delante mirándola juntas, que era más de lo que habían tenido nunca.
Luego Lola se removió en la silla, miró el reloj de la pared —uno normal, que andaba— y dijo lo que dicen las madres cuando ya no saben qué más decir y quieren a sus hijas cerca un rato más: «¿Os quedáis a comer?
Berta ha hecho de más. Siempre hace de más, por si acaso.
» Y se quedaron a comer. Porque a veces, cuando ya se ha dicho todo lo que duele, lo único que queda por hacer, lo único que cura algo, es quedarse a comer el pan que alguien ha hecho de más por si acaso.
Capítulo 24