Carmen
Yo coso. Es lo que sé hacer. Lo que he sabido hacer siempre, desde niña, desde que mi madre me puso una aguja en la mano para que no estuviera con las manos quietas.
Una mujer con las manos ocupadas no piensa.
Por eso coso. Por eso, en esta casa, cuando todo lo demás se me escapa de las manos, coso.
Es por la tarde. La luz entra de medio lado por la ventana del patio y se queda corta, como si tampoco ella quisiera entrar del todo aquí.
Tengo a los dos niños conmigo en la cocina.
Al mayor, el callado, le he puesto a hacer un ovillo de lana; le gusta, le da algo que hacer con las manos, como a mí.
A la pequeña la tengo al lado, en una silla, con su conejo.
El callado y la pequeña se han hecho los dos su mundo, sin que yo haga nada.
Ella le habla y él la escucha; él hace el ovillo y ella le va diciendo cómo, como si supiera de ovillos, que no sabe.
Es la única cosa buena que pasa en esta cocina: dos niños que se acompañan mientras una mujer que no es su madre les arregla la ropa.
La pequeña habla. Habla por las dos, por ella y por el callado, que no abre la boca.
Me cuenta cosas de un colegio que ya no pisa, de una hermana, de su casa, y yo la dejo hablar y voy diciendo «ajá», «qué bien», «sigue», sin escuchar del todo, porque escuchar del todo a esta niña es peligroso.
Si la escucho, se me mete dentro. Y a estos niños no me los puedo meter dentro.
El conejo está roto otra vez. Por la misma costura, la del ojo.
Se lo cojo. «Trae, que te lo arreglo.» Ella me lo da sin rechistar; ya sabe que conmigo el conejo vuelve.
Enhebro, hago el nudo, empiezo a zurcir el ojo que le falta con una crucecita de hilo, despacio, para que dure.
Es la segunda vez que le coso este conejo.
La niña me mira coser con una cara de confianza que me hace daño en un sitio que no sé nombrar.
Aquí el miedo se da en su justa medida. No grito.
No pego. No hace falta. El miedo en esta casa funciona como una medicina: una gota cada día, la justa, para que estén quietos sin romperse, porque rotos no sirven.
A mí me lo dan igual, los de arriba: una gota de miedo cada vez que suben, la justa para que obedezca sin preguntar.
Yo recibo mi gota y reparto las suyas. Es una cadena.
Cada uno administra hacia abajo el miedo que le administran desde arriba.
Yo no decido nada. Que quede claro. Yo no traje a estos niños, yo no me los llevo, yo no sé adónde van ni quiero saberlo.
Yo solo los tengo unos días, unas semanas —los de la pequeña ya van para largo—, y mientras están los lavo, les doy de comer, les arreglo la ropa y les coso el conejo.
Hago de esta cosa una casa. Es lo único que sé hacer. Es lo único que me dejan hacer.
Lo que no hago es mirar. Cuando vienen a por uno, yo me meto en la cocina y coso.
Oigo la puerta, oigo los pasos, oigo a veces un lloro corto que se corta enseguida, y yo coso más fuerte, más rápido, con la cabeza metida en la costura como si en la costura estuviera la salvación.
Si no miro, no lo sé. Y si no lo sé, puedo seguir aquí, cosiendo, sin ser del todo una de ellos.
Termino el ojo del conejo. Ha quedado bien, la crucecita, fuerte.
Se lo doy. «Toma, ya está. Ahora no llores, que se vuelve a romper.
» Y ella lo coge, lo aprieta contra la cara y se queda tranquila.
Tranquila. Y entonces lo pienso, una vez, rápido, antes de apartarlo: que yo le coso el conejo para que esté tranquila, y que una niña tranquila es una niña que no da guerra, y que una niña que no da guerra es más fácil de…
de lo que sea que hagan con ella. Que mi ternura y su docilidad son la misma cosa.
Que estas manos que la quieren un poco son las mismas que la preparan.
Lo pienso una vez. Y luego cojo otra cosa para zurcir, porque para eso está la costura: para tener las manos ocupadas y no llegar a pensarlo dos veces.
La pequeña ha vuelto a hablar. Me está contando, otra vez, no sé qué de su hermana: que si la quiere, que si volverá pronto a casa con ella.
Yo enhebro otra aguja. «Claro que sí», le digo, sin mirarla.
«Claro que vas a volver pronto a casa.» Y es la única mentira de toda la tarde que me sale del tirón, sin que me tiemble la voz, porque es la única que las dos necesitamos que sea verdad.
Capítulo 22