Capítulo 14
El amanecer se abría paso con lentitud por los ventanales del taller de Aldara, tiñendo de gris los bocetos y las herramientas esparcidas.
El eco de la noche, de la pasión compartida, aún vibraba en el aire, una burbuja de calidez y consuelo que Lucas y Aldara habían creado en medio de la oscuridad.
Pero la tenue luz trajo consigo la cruda realidad del paso del tiempo.
Lucas, recostado con el brazo alrededor de ella, sentía la punzada de la cotidianidad irrumpiendo en su santuario mágico.
Un suspiro escapó de sus labios mientras sus ojos buscaban el reloj de pared del taller, un viejo péndulo que marcaba las seis de la mañana.
Se suponía que ese lunes, a esas horas, debería estar preparándose para volver a su santuario personal en Madrid, su despacho en la planta baja de un edificio clásico del barrio de Salamanca.
—Lunes —murmuró, la palabra cargada de la pesadez de una obligación ignorada. La realidad de su vida en la capital española, esa que había dejado en pausa abruptamente, se le venía encima—. Tenía que haber vuelto ayer. Me esperan.
Aldara se giró entre sus brazos con los ojos entrecerrados por el sueño, pero con una comprensión innata de la ansiedad que corroía a Lucas. La suya era una vida anclada en lo inmaterial, pero él habitaba un universo de horarios, plazos y jerarquías.
—¿Qué vas a decirles? —preguntó con voz suave, trazando círculos en el pecho desnudo de él.
Lucas se pasó una mano por el cabello mientras se dibujaba una mueca de frustración en su rostro.
Su mente, entrenada para el rigor histórico y la evidencia documental, se debatía entre la urgencia de la misión y las crecientes presiones de su vida «normal».
La imagen de su oficina, de sus fuentes, de sus proyectos de investigación, se sentía ahora distante, casi ajena.
—No lo sé. Me he inventado ya dos excusas...
Una supuesta gripe fulminante que me impedía regresar, luego un problema familiar urgente que no podía desatender.
A estas alturas, deben estar sospechando que me he unido a una secta.
Mi puesto en el centro de estudios históricos no es intocable, Aldara. Podría perderlo. Mi carrera…
La preocupación era palpable, un nudo se formó en el estómago de Lucas.
Él era un historiador de renombre, reconocido en su campo.
Su trabajo era su identidad, la base de su vida en Madrid.
Esta prolongada ausencia, motivada por una figa de azabache y una maldición ancestral, era una locura que ponía en riesgo todo lo que había construido.
No había forma de explicarlo, no sin que lo tacharan de demente.
Su mente racional le gritaba que corriera, que volviera a la seguridad conocida, pero la llamada que sentía en su pecho y la presencia de Aldara lo anclaban a esta nueva y peligrosa realidad.
Su evolución de «historiador escéptico con fama de don Juan» a un hombre confrontado con lo sobrenatural era innegable, y cada día en Galicia lo alejaba más de su antigua vida.
Aldara lo miró con el corazón encogido al sentir la carga que soportaba.
Ella había abandonado su rutina sin pensarlo dos veces, arrastrada por el eco de sus padres y la maldición de su linaje.
Pero Lucas tenía una vida que no encajaba en los patrones de la magia.
Sin embargo, en sus ojos, vio también una determinación creciente.
A pesar del coste personal, él estaba allí, a su lado, en medio de la bruma gallega, dispuesto a enfrentar lo incomprensible.
No había vuelta atrás. Su llamada y la revelación de la maldición de su propio linaje, los Deza, lo conectaban intrínsecamente con ella y la trama central de aquella tragedia kármica.
—Vamos a encontrar ese equilibrio —dijo Aldara, con voz voz firme, llevando una mano a su mejilla—. Juntos.
Lucas la atrajo más cerca, besando su frente.
La amenaza en Madrid era diferente a la de O Velo Silente en Galicia, pero era real, y se sumaba a la presión que cargaba sobre sus hombros.
Aquella maldición no estaba actuando directamente sobre su trabajo, pero el peso de las consecuencias de aquel robo ancestral, la necesidad de ignorar su vida normal para luchar contra lo sobrenatural, lo estaba agotando.
Su elección de quedarse, de seguir a Aldara por este camino incierto, lo estaba arrastrando a un punto de no retorno.
El lunes en Madrid era una fecha lejana, y la llamada de la Fuente de los Ecos, la única que importaba.
Desde que Aldara había perdido a sus padres, la casa de su abuela se había convertido en su hogar, un refugio de piedra y sabiduría ancestral.
Fue allí, en la acogedora cocina donde el aroma a hierbas y a historia se mezclaba con el de un café fuerte, donde los tres pasaron las horas siguientes.
El diario de Iria estaba extendido sobre la mesa, sus páginas amarillentas llenas de símbolos y anotaciones crípticas que solo la abuela podía descifrar por completo.
La anciana, con la misma calma imperturbable con la que había recibido la verdad de la maldición, se convirtió en su estratega silenciosa.
Sus dedos huesudos trazaban las líneas del mapa rudimentario de la poderosa meiga, señalando puntos de referencia que solo ella, con su conocimiento íntimo de la geografía y las leyendas locales, podía interpretar.
—La Fuente de los Ecos no es fácil de encontrar —murmuró con a mirad fija en el dibujo—. Está oculta, protegida. Los caminos antiguos la recuerdan, pero los nuevos la han olvidado. Y O Velo Silente no querrá que la encontréis. Sentirá vuestra intención.
Lucas, con su mente analítica activada, hacía preguntas precisas, intentando traducir la sabiduría ancestral en coordenadas y rutas tangibles.
Aldara, por su parte, se apoyaba en su « eco de meiga », sintiendo las vibraciones de los lugares que la abuela mencionaba, como si la tierra misma le susurrara direcciones.
No estaban perdiendo el tiempo; estaban tejiendo un plan, combinando la lógica del historiador con la intuición de la meiga y la sabiduría de la guardiana.
Antes de que partieran, la abuela Elvira se acercó a su nieta con cara de preocupación. De un pequeño saquito de lino, extrajo una ramita de ruda seca y un pequeño cristal de cuarzo ahumado, atados con un hilo rojo.
—Esto es para el camino —dijo, entregándoselos a Aldara—.
La ruda, para la protección contra las malas intenciones.
El cuarzo, para anclaros a la realidad cuando la niebla de la oscura presencia intente confundiros.
No es un escudo, sino un recordatorio de vuestra propia fuerza.
Y recordad: vuestra unión… vuestra conexión…
es vuestro mayor amuleto. O Velo Silente se alimenta del miedo y el desequilibrio, pero se debilita con la armonía y el amor.
Las palabras de la abuela resonaron en el aire, como una bendición teñida de advertencia. Aldara guardó los objetos con reverencia, sintiendo el peso de la responsabilidad y la promesa latente en el gesto de su abuela.
Finalmente, con el sol ya alto en el cielo, se subieron al Land Rover.
Lucas se puso al volante, con el mapa de Iria y las indicaciones detalladas que la abuela les había dado, memorizadas y anotadas por prevención.
El motor rugió, y el vehículo se adentró en los caminos menos transitados, dejando atrás la casa de piedra y la figura de la abuela, que los observaba desde el umbral.
El paisaje comenzó a transformarse. Los campos de cultivo dieron paso a bosques más densos, a caminos de tierra apenas marcados.
La niebla, que nunca abandonaba del todo Galicia, se hizo más espesa, envolviéndolos en un abrazo etéreo.
Cada giro, cada cuesta, los sumergía más profundamente en el corazón de la Galicia ancestral, un territorio donde los velos entre los mundos eran más finos y donde O Velo Silente ejercía su poder con mayor libertad.
El viaje hacia la Fuente de los Ecos había comenzado, y con cada kilómetro, la tensión aumentaba, la certeza de que no estaban solos en esos caminos brumosos se hacía más palpable.
La niebla se había vuelto su compañera constante, una cortina etérea que danzaba alrededor del vehículo, difuminando los contornos del mundo y acentuando la sensación de aislamiento.
Las horas pasaban, el sol se inclinaba, y la tensión, nacida de las amenazas de O Velo Silente y la presión de la vida abandonada de Lucas en Madrid, se acumulaba en el pequeño espacio del habitáculo.
Lucas sentía el peso de las excusas que tendría que inventar, el riesgo de su carrera desmoronándose, y el recuerdo vívido de su despacho impecable en Madrid esperándole.
Era un mundo que se le escapaba, arrastrado por la llamada de la maldición y la presencia magnética de Aldara.
A su lado, la joven restauradora sentía la resonancia de Lucas, su ansiedad, y la suya propia, una mezcla de miedo por lo desconocido y una extraña excitación ante la inminencia de la verdad.
La figa de azabache pulsaba con un ritmo febril bajo su ropa, recordándole la urgencia de su misión.
En un claro apartado, lejos de cualquier camino visible, Lucas detuvo el Land Rover.
El crepúsculo empezaba a teñir el cielo de púrpuras y naranjas, y el silencio de la naturaleza era casi ensordecedor.
La necesidad de un respiro era palpable, no solo del viaje, sino de la constante presión.
Se miraron, y en los ojos del otro encontraron el mismo anhelo, la misma urgencia.
La conexión que había comenzado con el roce de sus mentes ahora exigía la unión de sus cuerpos, no solo como consuelo, sino como una declaración de intenciones a largo plazo, la compensación de todo lo que habían sacrificado.