La Niebla Azabache Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Desde su posición, pudo verla salir del taller, con sus movimientos fluidos y silenciosos, casi como una extensión de la bruma.

Se movía con la naturalidad de alguien que pertenece a la tierra, no como una visitante.

Podía ver cómo sus manos, expertas y delicadas, acariciaban un pequeño cuenco de cerámica que limpiaba en el exterior.

Su concentración era absoluta, una burbuja de silencio en medio del susurro del viento.

Lucas imaginó la avalancha de ecos que debía percibir, la sinfonía de historias que cada objeto antiguo le revelaba.

La forma en que sus cejas se fruncían ligeramente, la casi imperceptible inclinación de su cabeza, todo sugería una escucha profunda, una conexión con algo que él, con toda su erudición, solo podía intuir.

Notó la expresión melancólica en su rostro, una sombra de tristeza que empañaba el brillo de sus ojos, pero también una fortaleza innegable, un fuego oculto.

Era evidente que no era una mujer que buscara atención; de hecho, parecía preferir la discreción de las sombras.

Esa reticencia, esa necesidad de ocultarse, solo avivaba la certeza de Lucas de que ella era la clave, el epicentro de un poder que resonaba con el de su familia.

No solo era la dueña de la Casa da Brétema , era la personificación de lo que él buscaba.

Se dio cuenta de que su interés ya no era puramente profesional.

Había una conexión innegable entre ellos, un hilo invisible que se tensaba con cada mirada, con cada pensamiento.

Él era el historiador que buscaba verdades en los anales de la historia, ella, la guardiana de verdades incrustadas en el tiempo, en la materia.

Su encuentro fortuito en la niebla no había sido una casualidad; había sido el inicio de algo inevitable, algo que sentía en la médula, un impulso que lo arrastraba hacia ella con una fuerza magnética, a pesar de la desconfianza que Aldara le había mostrado en su primer encuentro.

Necesitaba hablarle de nuevo, esta vez con una verdad más cercana, con una propuesta que ella no pudiera ignorar.

La resolución de Lucas se había solidificado: la sutileza ya no era suficiente.

Necesitaba una estrategia más directa, algo que Aldara, con su profunda conexión con lo antiguo, no pudiera ignorar.

No bastaba con ser un historiador curioso; debía mostrarle que él también formaba parte de esa urdimbre de lo inexplicable, que su presencia en la aldea no era una coincidencia, sino un eco del mismo misterio que habitaba en O Ninho da Brétema .

Decidió que la clave estaba en sus propios objetos familiares.

El medallón de plata y el orbe de bronce no eran meras reliquias para él; eran el testimonio tangible de su linaje, la prueba de que la «llamada» era real.

Eran la carnada perfecta para la guardiana del taller, para la mujer que sentía el pasado en cada fibra de madera y metal.

Se dirigió de nuevo hacia O Ninho da Brétema , esta vez con una confianza renovada, una determinación que la niebla no podía atenuar.

El aire seguía siendo pesado, pero Lucas lo sentía cargado no de humedad, sino de la expectativa de lo que estaba a punto de suceder.

Al llegar a la puerta del taller, dudó un instante, no por indecisión, sino por la gravedad del momento.

Sabía que al revelar estas piezas, estaría abriendo una puerta a una parte de sí mismo que siempre había mantenido oculta, incluso para su círculo más cercano.

Llamó a la puerta, esta vez con mayor firmeza.

El familiar sonido de golpes rítmicos que había oído el día anterior cesó.

Unos segundos después, Aldara apareció en el umbral, su rostro era una máscara de fría sorpresa al verlo de nuevo.

Sus ojos, ya familiarizados con su presencia, lo escudriñaron con esa mezcla de desconfianza y una latente curiosidad que Lucas ahora reconocía.

—Buenos días, Aldara —saludó, dejando a un lado la formalidad de su anterior presentación—. Sé que mi presencia en la aldea puede parecer… inusual. Y entiendo su reticencia. Pero necesito que me escuche. He traído algo que creo que le interesará, algo que solo usted, con su don, podría comprender.

La mención de su «don» hizo que el rostro de Aldara se tensara.

Sus ojos se fijaron en los de Lucas, una chispa de alerta se encendió en sus pupilas oscuras.

La barrera de desconfianza en ella se hizo más palpable, pero también una punzada de curiosidad que no pudo disimular. ¿Cómo sabía ese forastero de su don?

Lucas, percibiendo la sutil alteración en su mirada, entendió que había dado en el clavo. Con movimientos lentos y deliberados, sacó de su bolsillo interior el medallón de plata y el orbe de bronce. Los sostuvo en la palma de su mano, permitiendo que los sintiera.

—Estas son dos piezas pertenecientes a mi familia —explicó, bajando la voz—.

Han pasado de generación en generación. Siempre se ha dicho que tienen una peculiaridad, una especie de…

resonancia. Que cantan verdades veladas.

Y yo… yo he sentido esa misma resonancia aquí, en esta aldea.

Sobre todo en nuestro encuentro de ayer.

La mirada de Aldara se clavó en aquellos objetos desconocidos.

Primero en el medallón, cuya antigüedad sentía como un pulso tenue.

Luego, en el orbe de bronce y en su superficie grabada con símbolos célticos.

El aire entre ellos se cargó de una electricidad casi palpable.

Lucas observó cómo sus ojos, antes tan recelosos, se llenaban de una mezcla de aprensión y una innegable fascinación.

Podía sentir el eco de la sorpresa y la inquietud en ella, pero también el atisbo de una conexión, un reconocimiento mudo de algo compartido.

La tensión era casi insoportable, el susurro de la niebla fuera un testigo mudo de ese momento.

Lucas supo que, a partir de ese instante, el velo entre sus mundos comenzaría a deshilacharse.