La Navidad que se detuvo Prólogo
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La Navidad que se detuvo

La Navidad que se detuvo

Por David B.G.

© inepub.com

Prólogo

Aquellas Navidades se sentían extrañas en Nueva York.

Acostumbrados a los diciembres de aliento helado, aceras agrietadas por la escarcha y capas gruesas de abrigo, la ciudad atravesaba una tregua climática insólita.

Llevaba más de una semana sin caer una sola gota de agua y los termómetros marcaban unos apacibles doce grados a pleno mediodía.

No llegaba a ser un día cálido, pero la ausencia de ese viento cortante habitual convertía el ambiente en algo extrañamente agradable para las fechas.

La gente paseaba por las calles con las chaquetas entreabiertas y una sensación de confort atípica. Sin embargo, nadie se hacía ilusiones. Los telediarios y los boletines meteorológicos llevaban días lanzando advertencias en todas las cadenas: aquel paréntesis templado tenía las horas contadas.

El centro comercial a las afueras de Nueva York era un hervidero humano a punto de estallar.

A una hora del mediodía, el aire olía a estrés acumulado, a perfume de muestras gratuitas y a café caliente servido en vasos de cartón.

Centenares de personas caminaban a paso ligero cruzando los pasillos, esquivando unas a otras, apresurándose por conseguir los últimos ingredientes para la cena de Nochebuena o abalanzándose sobre los estantes semivacíos en busca del regalo perfecto de última hora.

Sin embargo, entre la marea de carritos abarrotados de pavo, marisco y cajas de juguetes, un hombre de unos treinta y tantos años avanzaba a un ritmo completamente distinto.

No llevaba comida. Tampoco juguetes.

Se encontraba en el fondo de la gran superficie, en la sección de decoración exterior.

Con gesto pausado, examinaba los estantes seleccionando varios artículos que iba depositando uno a uno en su carro.

No eran los típicos adornos pequeños para colgar en las ramas de un árbol de Navidad; eran piezas grandes, aparatosas, pensadas para transformar la fachada de una vivienda: metros y metros de tiras de luces LED resistentes al agua, guirnaldas tupidas y estructuras brillantes demasiado voluminosas para el interior de cualquier salón.

Tras revisar un par de opciones más, se dirigió a la línea de cajas. La empleada pasó cada uno de los artículos por el escáner, encajando después en varias cajas de cartón de gran tamaño para facilitar su transporte.

—¿Es usted cliente? —le preguntó la cajera.

El hombre afirmó con la cabeza.

—Sí —respondió.

A continuación, sacó su tarjeta de cliente y la pasó por el escáner para registrar el código.

—El recibo se envía directamente a su correo electrónico, ¿de acuerdo? —indicó la cajera.

El hombre volvió a asentir con la cabeza.

—Serán 245 dólares —dijo la cajera, esbozando una sonrisa amable mientras le devolvía la tarjeta de crédito—. ¡Felices fiestas!

—Igualmente, felices fiestas —respondió él con una sonrisa sincera y cercana.

Empujó el carro hacia la salida metálica y cruzó el aparcamiento exterior.

Caminó hasta un gran vehículo 4x4 estacionado a pocos metros y abrió el maletero.

Uno a uno, fue cargando los paquetes pesados en la parte trasera.

Al coger la última caja, se detuvo unos segundos.

Levantó la solapa, miró en su interior con más detalle y contempló aquel objeto con una chispa de especial ilusión en la mirada.

Cerró el portón con un golpe seco y se acomodó en el asiento del conductor. Antes de meter la llave en el contacto, el teléfono móvil comenzó a sonar sobre el salpicadero.

En la pantalla brillaba un nombre familiar. Presionó la pantalla y se llevó el teléfono a la oreja.

—Sí, sí, lo sé... pero voy de camino —dijo nada más descolgar, usando un tono pausado y sereno que delataba de inmediato la complicidad con su esposa—. Llegaré en quince minutos.

Escuchó la voz al otro lado durante unos segundos antes de responder con una sonrisa imborrable.

—Sí, no te preocupes, cariño. Estoy en ello. Solo me paré a hacer unos recados rápidos. Ahora voy para allá y me pongo con los niños... Un beso, amor. Te quiero.

Colgó la llamada y guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta.

Introdujo la llave, arrancó el motor del 4x4 y el vehículo bramó suavemente antes de ponerse en marcha.

Salió del aparcamiento del centro comercial e incorporó el coche a la autopista, dejando atrás la vorágine de la periferia para poner rumbo a una tranquila urbanización residencial a las afueras de Nueva York.

Todo estaba en orden. Todo estaba listo para la mejor Navidad de sus vidas.

La Navidad que se detuvo