Capítulo 3
Isadora
Cuatro semanas después, soy otra mujer. Me contemplo en el espejo, de pie en ropa interior en mi diminuto estudio.
Tengo los pechos llenos de leche, así desde que Aaron los descubrió goteando.
Me sostengo los generosos montículos y los masajeo con suavidad, gimiendo mientras la leche fluye.
Cierro los ojos y recuerdo el momento en que Aaron me besó en su estudio, mi cuerpo desnudo y completamente suyo.
Deslizo los dedos bajo el sujetador, rozo mis pezones doloridos y me froto la leche en ellos como hizo Aaron antes de cerrar la boca alrededor de uno y succionar.
—Oh, Dios.
Noto cómo la excitación se acumula entre mis piernas mientras me toco frente al espejo, mi cuerpo anhelando las caricias de Aaron.
Han pasado cuatro semanas desde que empecé a posar desnuda para él, cuatro semanas de ordeños secretos, de dejar que la leche gotee ante él mientras poso y me observa, provocándome con esos ojos penetrantes, hasta que termina nuestras sesiones ordeñándome y tomándome contra la pared.
La última vez, me comió el coño, y cuando se corrió sobre mis tetas, supe que estaba tan enamorada de él que ya nada me importaba.
Suena el teléfono y gimo. Saco las manos del sujetador empapado para ver una llamada del hombre que me ha obsesionado durante un mes.
—¿Hola?
Me llevo el teléfono al oído con el corazón desbocado mientras su voz grave y ronca llena el aire.
—¿Isadora?
El timbre de su voz masculina me provoca un escalofrío de placer entre las piernas.
—Me preguntaba si estás libre esta noche. Me gustaría que vinieras a charlar un rato.
Parpadeo, preguntándome si será algo de trabajo.
—Claro. ¿A qué hora?
—¿Te viene bien a las siete?
—Sí. Allí estaré.
Me sonrojo al colgar.
Aunque no sé por qué me ha llamado, paso las dos horas siguientes preparándome: me pruebo todos los vestidos que tengo hasta decidirme por uno negro sencillo que me ciñe las curvas y deja ver el escote justo.
Tengo los pechos tan llenos que amenazan con desbordarse, y me pregunto si eso bastará para tentar a Aaron.
No sé qué será esta noche. Esa es la parte aterradora y embriagadora de lo que sea que haya entre Aaron y yo. No hemos definido nuestra «relación». No le hemos puesto nombre. No nos hemos sentado a hablar de qué somos, qué hacemos y adónde va esto. Y yo no he insistido en hacerlo. Ni una sola vez.
Porque me aterroriza que, si pregunto, el hechizo se rompa.
Durante cuatro semanas, he vivido un sueño.
Dos días a la semana, me presento en su estudio, me desnudo y dejo que me pinte mientras sus ojos oscuros recorren cada centímetro de mi cuerpo como si me estuviera memorizando.
Y luego, cuando deja los pinceles y el olor a trementina ya se me ha metido en la piel, me toma.
Contra la pared, sobre la mesa de trabajo, una vez inclinada sobre la silla de terciopelo de la modelo con su mano enredada en mi pelo mientras me ordeña.
Me encanta: el ordeño, los preliminares, cómo sus manos callosas de artista me tocan y me hacen sentir viva.
Y sé que me estoy enamorando de él.
Esta relación sexual y poco convencional con Aaron es todo lo que siempre he querido. Es lo que he soñado, y ahora que lo tengo, sé que es mejor de lo que imaginé. Mejor de lo que Marcus y yo tuvimos. Me resulta tan valioso, tan preciado, que no quiero que termine nunca.
Sus 100.000 dólares están en mi cuenta bancaria. Pensé que cuando tuviera tanto dinero, dejaría de trabajar y me lo tomaría con calma. Pero ser su musa me hace sentir tan bien que no quiero dejarlo. Quiero aprovechar cualquier excusa para estar cerca de él, porque él es lo que de verdad quiero.
Por eso Aaron no puede descubrir jamás que tengo sentimientos por él. No sé si eso es lo que él quiere, pero sea lo que sea lo que necesite de mí, se lo daré.
Más tarde, esa noche, llego a casa de Aaron con los pechos dolorosamente congestionados y el corazón acelerado.
El vestido negro que elegí se me ciñe a las curvas; la tela se tensa sobre mi pecho mientras lucho por respirar con normalidad.
Pulso el timbre y espero con las palmas húmedas de anticipación.
Cuando Aaron abre la puerta, se me corta la respiración.
Lleva una camisa de seda negra y pantalones a juego que se ciñen a su figura alta y atlética.
Las canas en las sienes le captan la luz y le dan un aire distinguido, imposiblemente guapo.
Sus ojos oscuros me recorren y se detienen en la curva de mis pechos; mis pezones se endurecen en respuesta a mi atractivo jefe canoso.
—Isadora —dice con voz baja e íntima—. Estás impresionante.
Se me sonrojan las mejillas mientras me quita el abrigo y sus dedos me rozan los hombros desnudos.
—Gracias por invitarme, Aaron.
Hemos pasado a tutearnos.
Mientras me guía al interior, me sorprende encontrar el estudio transformado.
Por todo el espacio parpadean velas que proyectan una luz dorada sobre una mesa puesta para dos.
Porcelana fina y copas de cristal brillan junto a una botella de vino que ya respira.
Junto a un gran lienzo en blanco en el suelo hay una mesita llena de comida.
El familiar olor a trementina ha dado paso a algo floral y exótico.
—¿Qué es todo esto? —susurro con la voz temblorosa.
Aaron me aparta una silla y su mano me roza la parte baja de la espalda.
—Quería darte las gracias como es debido por posar para mí. El cuadro está quedando precioso. Hacía mucho que no me sentía tan inspirado para crear. Gracias, Isadora.
Me hundo en la silla, abrumada por la atmósfera romántica.
—No tenías que hacer todo esto.
El corazón me late con fuerza mientras me pregunto si esto es una cita. ¿Quiero que lo sea? ¿Quiero que me diga que soy especial para él? Sí.
—Pero quería hacerlo.
Me sirve vino y sus dedos rozan los míos.
—Has traído algo especial a mi vida, Isadora. Y mereces que te traten bien.
Después de servir el vino, trae la comida. Veo que ha pedido filete con guarnición de un restaurante con estrella Michelin de la ciudad, y me conmueve el esfuerzo que ha puesto en esto. Seguro que come así de bien a menudo, pero agradezco que comparta una parte de su vida conmigo.
Tomo un sorbo de vino y dejo que su rico sabor baile en mi lengua mientras observo a Aaron al otro lado de la mesa.
La luz de las velas capta la plata de su cabello y lo hace parecer algo salido de un sueño.
Es la encarnación de mis fantasías, y este es un momento que recordaré hasta el día de mi muerte.
Para él, es solo una cena con su musa, pero para mí, es la fantasía con la que he soñado durante años.
—Entonces —digo, tratando de parecer despreocupada a pesar de que el corazón me late desbocado—, ¿cuándo encontraste tiempo para hacer todo esto?
Los ojos de Aaron ríen al encontrarse con los míos.
—Esta tarde. Debo admitir que me ayudaron a prepararlo. Espero que te guste.
—Es magnífico. Pero no entiendo por qué te has tomado tantas molestias por mí.
Sus ojos marrones oscuros se encuentran con los míos. Extiende la mano sobre la mesa y toma la mía; su pulgar traza círculos en mi palma.
—Eres la modelo más inspiradora que he tenido, y bien vales la molestia. No te menosprecies, Isadora. Eres el tipo de mujer que inspira a hombres mortales como yo.
El corazón me va a explotar. Por desgracia, también las tetas. Siento la presión detrás de los pezones y me muevo para ajustarme los pechos.
—Eres... demasiado amable conmigo.
—No es amabilidad. He creado mucho desde que entraste en mi vida. Hace un año, estaba muy perdido. He ganado todos los premios posibles, he expuesto en todas las galerías importantes. Cuando llegas a esta etapa, no queda mucho con qué soñar.
Sus dedos aprietan los míos y siento chispas en el vientre.
—Pero entonces, entraste en mi vida. Estaba fascinado por ti, por tu forma, tu voz, tu energía. Quería pintarte, quería crear algo más grande de lo que había creado antes. Algo que pudiera superar mi mejor obra.
Me sonrojo, fascinada por su forma de pensar.
—Me encanta trabajar en tu retrato, y seguiremos con él, pero he estado pensando en empezar algo nuevo.
—¿Ah, sí? —me sale la voz más jadeante de lo que pretendía.
Señala con la cabeza el enorme lienzo en blanco que hay en el suelo.
—Ese es para mi próximo proyecto. Llevo semanas pensando qué hacer con él.
Sus dedos se entrelazan con los míos.
—Creo que ahora lo sé.
—¿Qué es? —pregunto, hipnotizada por la sensación de sus dedos callosos contra mi piel.
Aaron se lleva mi mano a los labios y deposita un suave beso en los nudillos.
—Paciencia, nena. Tengo una pequeña sorpresa para ti después de la cena. Creo que esta te va a gustar.
Me sonrojo ante el gesto íntimo. El vino me calienta el vientre mientras seguimos comiendo, pero no es nada comparado con el calor que se extiende por mi cuerpo con las caricias de Aaron.
Para cuando termino, tengo los pechos pesados y me duelen. Cojo el abrigo mientras Aaron recoge los platos y digo:
—Debería irme a casa ya. Gracias por esta cena tan maravillosa.
Mi cuerpo lo necesita, lo desea, quiere rogarle que me ordeñe, pero no sé si puedo cruzar esa línea. No tenemos el tipo de relación en la que pueda hacer exigencias.
—Espera —me agarra la mano antes de que pueda moverme y tira de mí hacia él. El lienzo en blanco está a nuestro lado, ocupando la mitad del suelo—. Ven aquí.
Aaron me atrae suavemente hacia el centro de la habitación, donde ese enorme lienzo en blanco descansa sobre el suelo de madera, inmaculado y blanco bajo la luz de las velas.
Lo sigo con los pies descalzos, que se mueven suavemente mientras pisamos el borde del lienzo. La tela cede ligeramente bajo los pies, y miro hacia abajo, luego hacia Aaron.
—¿Este es tu próximo proyecto? —pregunto mientras miro el lienzo en blanco y me pregunto en qué planea convertirlo.
—Lo es.
Sus ojos oscuros se clavan en los míos, intensos y ardientes.