El día que alguien volvió a ver mis capacidades
Cuando por fin logramos instalarnos en el aparta estudio, nuestra vida dio un giro importante.
Aún estábamos acomodándonos cuando la señora que nos había alquilado el lugar subió a ver cómo iba todo. Observó el espacio con atención y, entre nuestras pertenencias, se detuvo frente a una camilla portátil para masajes.
- ¿Y esa camilla? - me preguntó.
- Hago masajes a domicilio - le respondí.
Entonces comenzó a hacerme más preguntas.
- ¿Tienes formación en salud?
- Sí.
- ¿Sabes aplicar inyecciones?
- Claro.
- ¿Y administrar sueros?
- También.
Mientras conversábamos, noté cómo cambiaba su expresión. Sus ojos parecían iluminarse con cada respuesta.
Entonces me dijo algo que jamás imaginé escuchar.
- Yo necesito una persona como tú.
La miré sorprendida.
- ¿Para qué?
- Tengo un spa y me gustaría contratarte.
Por unos segundos me quedé completamente en silencio.
Ella no tenía idea de que aquello también había sido parte de mi vida profesional. No sabía que durante años había trabajado en áreas relacionadas con la salud, el bienestar y la atención de personas. Tampoco sabía que uno de mis emprendimientos había estado ligado precisamente a ese mundo.
La coincidencia parecía imposible.
Frente a mí estaba una mujer de más de cincuenta años que aparentaba muchos menos. Ella atribuía esa imagen a los tratamientos estéticos, al cuidado constante y al uso de procedimientos como el bótox. Se veía segura de sí misma, dinámica y exitosa.
Antes de irse me dijo:
- Yo te aviso.
Y aunque respondí con tranquilidad, por dentro sentí que algo comenzaba a moverse nuevamente.
Mientras tanto, mi situación laboral seguía siendo inestable.
En el restaurante donde trabajaba, las tensiones con el sous-chef aumentaban cada vez más. Su carácter explosivo me mantenía en un estado constante de tensión y desgaste emocional.
Por eso empecé a buscar otras alternativas.
Conseguí trabajo en dos restaurantes diferentes: uno cubano y otro mexicano.
En el primero preparaba alimentos. En el segundo estaba encargada de la plancha donde se elaboraban quesadillas.
Las jornadas seguían siendo intensas.
En el restaurante cubano me hicieron trabajar dos semanas de entrenamiento con la promesa de pago que nunca llegó.
En el mexicano, la presión era brutal.
Todavía recuerdo al chef gritando constantemente en medio de la cocina:
- ¿Querían venir al sueño americano? Pues aquí está su sueño americano. ¡Rápido, rápido, rápido!
Las órdenes llegaban acompañadas de insultos, humillaciones y una exigencia permanente de velocidad.
Yo seguía trabajando porque necesitaba hacerlo. Como muchos inmigrantes, aprendí que en ocasiones uno soporta condiciones difíciles porque no tiene el privilegio de quedarse sin ingresos.
Fue en medio de esa etapa cuando recibí la llamada que cambiaría nuevamente el rumbo de mi historia.
La señora del aparta estudio me confirmó que quería contratarme.
- Voy a necesitarte cuarenta horas a la semana, me dijo. Mientras organizo el puesto, puedes ayudarme en mi casa porque mi empleada saldrá de vacaciones.
Acepté de inmediato.
Me ofrecía dieciocho dólares por hora, prácticamente lo mismo que estaba ganando en los restaurantes. Sin embargo, había una diferencia enorme.
El trabajo quedaba a media cuadra de mi casa.
No tendría que invertir horas en transporte.
No tendría que correr entre trenes, autobuses y horarios imposibles.
Y, sobre todo, tendría la oportunidad de volver a trabajar en un área relacionada con mis conocimientos y experiencia.
Por primera vez en mucho tiempo sentí que alguien estaba viendo algo más que una trabajadora dispuesta a limpiar, cargar o sobrevivir.
Estaba viendo mis capacidades.
Mi experiencia.
Mi formación.
Mi potencial.
Aquello significó mucho más que una oferta laboral.
Significó recuperar una parte de mí que creía perdida.
Sin pensarlo demasiado, renuncié a los restaurantes.
Aunque el salario seguía siendo modesto, sentí que estaba ganando algo mucho más valioso.
Tiempo.
Dignidad.
Esperanza.
Después de tantos meses de sobrevivir, por primera vez tuve la sensación de que quizá estaba empezando a reconstruir mi camino.
Y así fue como llegué al spa.
Sin saberlo todavía, estaba a punto de comenzar una nueva etapa de mi vida.