La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 14 El cerco de Dantxarinea #4
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CAPÍTULO 14 El cerco de Dantxarinea #4

La arquitectura interior de la venta aduanera conservaba las cicatrices de las antiguas guerras pirenaicas.

Detrás de los maderos podridos del mostrador, una trampilla de hierro forjado daba acceso a un sótano abovedado donde los carabineros del siglo XIX custodiaban los aranceles recaudados en oro y plata.

En aquel espacio cerrado, la resonancia acústica multiplicaría por diez el estampido de cualquier detonación.

Ainara y Mathieu sabían que las unidades de asalto no podían emplear granadas de gas lacrimógeno CS: los propelentes pirotécnicos de los botes generaban un foco térmico superior a los trescientos grados al activarse, lo que bastaría para incendiar la nube de alcohol metílico suspendida en el aire antes de que el gas surtiera efecto.

En el exterior, Ainara Zubiaga y Mathieu Etcheverry avanzaron con paso rápido junto al grupo de asalto de los Bizkor, cubriéndose tras los escudos balísticos mientras el agua les chorreaba por las viseras de los cascos.

—¡Se ha metido en la venta vieja! —gritó Gorka Atxaga, señalando los ventanucos del primer piso con su linterna táctica—. ¡Es una estructura de mampostería maciza con muros de ochenta centímetros! Si se atrinchera allí dentro, necesitaríamos explosivos plásticos para reventar el portalón.

Apenas el veterano policía foral terminó de hablar, el chasquido estridente de un cristal roto resonó desde el ventanuco de la planta baja.

La silueta demacrada de Patricia Hagen apareció tras los maderos carcomidos, empuñando una pistola semiautomática SIG Sauer P226 de nueve milímetros que había extraído del doble fondo de su bolso.

El cañón del arma temblaba en su mano diestra, pero sus ojos claros brillaban con una locura fría y homicida.

—¡Atrás! —bramó Hagen desde el interior, con una voz enloquecida amplificada por el hueco abovedado de la venta vieja—.

¡Un solo paso más de sus hombres hacia este porche y le prendo fuego a los discos duros!

¡Tengo una botella de disolvente industrial y un encendedor sobre las carcasas de magnesio!

¡Si entran disparando, esta información se convertirá en ceniza en tres segundos!

A través de la abertura del ventanuco, los reflectores policiales iluminaron la escena interior con una claridad descarnada: sobre la mesa de pino, Hagen sostenía en su mano izquierda un mechero de tormenta con la llama viva oscilando a escasos dos centímetros del charco de combustible.

En su rostro desencajado se mezclaban las lágrimas de dolor por la rodilla rota, las manchas de hollín y la furia de quien se niega a admitir la derrota.

—¡Escúcheme, Etcheverry! —continuó la fugitiva, fijando la mirada en la figura del analista vascofrancés que avanzaba entre los escudos policiales—.

¡Usted sabe perfectamente lo que hay en estos servidores!

¡Están los memorandos reservados del BND, los recibos de las transferencias fiduciarias firmadas por Sorokin y las actas de instrucción de la Comisión Europea!

Si yo caigo, no van a juzgar a una consejera especial; van a sepultar este caso bajo la ley de secretos oficiales de tres Estados miembros y ustedes se quedarán con las manos vacías frente al tribunal de Luxemburgo.

¡Exijo un vehículo consular sin escolta y un corredor libre hacia el puerto de Pasajes o vuelo todo por los aires!

Ainara colocó una mano sobre el brazo de Gorka, que mantenía su subfusil apuntando hacia el ventanuco con el dedo índice rozando el guardamonte.

—No podemos asaltar la casa —dijo Ainara con voz firme pero cargada de una angustia contenida—.

Si lanzamos granadas aturdidoras o botes de gas lacrimógeno, Hagen soltará el mechero sobre el combustible y los discos arderán de forma instantánea.

Las carcasas de magnesio son extremadamente vulnerables a la combustión química acelerada; perderíamos los hashes forenses y las agendas de claves.

Todo el sacrificio de estos meses, la muerte de Barandiarán y la restitución del autogobierno foral dependen de que esos discos salgan intactos de esa habitación.

Mathieu contempló el rostro desfigurado por el odio de la mujer tras la ventana.

Recordó el despacho acristalado del Berlaymont, la arrogancia con la que Hagen se paseaba por las cumbres ministeriales de Europa y la frialdad con la que despachaba el destino de pueblos enteros desde la comodidad de su estatus privilegiado.

Ahora no era más que un espectro acorralado en la muga vieja de Dantxarinea, amenazando con incinerarse en la pira de sus propias mentiras.

—Hagen está jugando su último farol porque sabe que no tiene a dónde ir —susurró Mathieu a Ainara—.

El combustible es real, pero ella no quiere morir quemada en una cuadra abandonada.

Lo que busca es ganar tiempo para que Berlín o París inicien una negociación de inmunidad diplomática de última hora.

Si le demostramos que esa puerta está cerrada para siempre, su castillo de naipes se derrumbará.

El agua de lluvia caía en cascada desde los aleros rotos de la venta, empapando el suelo de losas y formando charcos que reflejaban las luces rojas y azules de los blindados.

La noche comenzaba a cerrarse sobre los Pirineos, trayendo consigo una bajada brutal de las temperaturas que helaba el aliento en los labios de los hombres apostados en el barro.

—¿Me escucha, Zubiaga? —gritó Hagen hacia el exterior, con una voz que oscilaba entre el desafío histérico y el agotamiento físico—.

¡Usted cree que defiende la ley de su país, pero solo está sirviendo a una reliquia histórica!

¡El Concierto Económico es un anacronismo insostenible en una Europa integrada!

¡Tarde o temprano, Fráncfort y París impondrán una fiscalidad uniforme y sus fueros terminarán en los museos folclóricos!

¡Si destruyo estos discos, la Comisión no tendrá más remedio que incoar el procedimiento de infracción de oficio!

Desde el porche exterior, la voz de Ainara resonó a través de los maderos con una calma aplastante que desarmó la retórica de la alemana:

—El Concierto Económico no es un privilegio de museo, señora Hagen; es un pacto democrático refrendado por la Constitución y avalado por los tribunales de Luxemburgo.

Quien ha vulnerado la ley comunitaria ha sido usted, vendiendo la soberanía institucional a las redes del crimen organizado de Sorokin.

Si enciende ese mechero, morirá como una cómplice del hampa rusa en una cuadra extranjera; si nos entrega los discos, sentará en el banquillo a quienes le dieron las órdenes.

Mathieu escuchaba el intercambio con los ojos entrecerrados, evaluando cada inflexión en el tono de Hagen.

Había interrogado a decenas de operadores de inteligencia en su carrera entre París y Bayona, y reconocía las fases del derrumbe psicológico: primero la negación altiva, después la agresión ideológica y, finalmente, la búsqueda angustiosa de una justificación que atenuara la ignominia de la derrota.

Hagen no defendía ya una visión tecnocrática de la Unión Europea; intentaba convencerse a sí misma de que sus crímenes habían respondido a un propósito superior para evitar afrontar la verdad desnuda de su propia codicia.

—Gorka —susurró Mathieu, inclinándose hacia el inspector foral—, Hagen no va a negociar con un pelotón armado apuntándole a la cabeza.

Cada vez que ve un arma, su paranoia se dispara creyendo que los sicarios rusos han vuelto para rematarla.

Si queremos que suelte ese mechero, tenemos que romper la dinámica del asedio táctico.

Ainara asintió lentamente, manteniendo los ojos fijos en la ventana enrejada donde la llama del mechero de tormenta proyectaba sombras trémulas contra el techo abovedado.

Comprendía el dilema con una lucidez implacable: en aquel edificio no solo se custodiaba la prueba documental de un macrofraude tributario, sino el honor político de las instituciones vascas.

Si el fuego devoraba los discos de magnesio, la narrativa de la sospecha continuaría envenenando los debates presupuestarios durante décadas.

No cabía margen para el error ni para la precipitación militar.

♦ ♦ ♦

La tensión en el perímetro exterior de la vieja venta aduanera alcanzó un nivel crítico a las dieciséis horas y cuarenta minutos.

El comandante de la Gendarmería Nacional y el jefe del operativo de asalto de la Ertzaintza habían dispuesto a sus hombres en una formación envolvente de cuarenta metros de radio alrededor del edificio de piedra.

Dos francotiradores del PSIG, equipados con fusiles de precisión PGM Ultima Ratio y visores térmicos optrónicos de última generación, se habían apostado en el pajar anejo con línea de tiro directa sobre el ventanuco donde Hagen mantenía el encendedor encendido.

—Tengo blanco positivo sobre el hombro derecho de la sospechosa —susurró el tirador francés a través del canal de radio táctico—.

Puedo neutralizar el brazo armado con un disparo quirúrgico que incapacite la mano antes de que accione el mecanismo del encendedor.

Solicito autorización de fuego para evitar la destrucción de la evidencia.

—¡Denegada la autorización de disparo! —ordenó taxativamente Ainara Zubiaga por el canal de mando del JIT—.

Un impacto balístico a esa distancia provocará un espasmo muscular involuntario que soltará el encendedor sobre el disolvente.

Con la concentración de gases inflamables que hay en esa estancia cerrada, la deflagración será inmediata.

Nadie abre fuego mientras haya una vía de resolución no violenta.

Gorka Atxaga examinaba el plano catastral de la venta sobre la pantalla de su tableta policial: