CAPÍTULO 10 El asedio de La Haya #6
La primera, remitida mediante enlace bancario directo al Banco de Francia y al Bundesbank alemán, decretaba el bloqueo cautelar preventivo e indisponibilidad absoluta de todos los saldos, depósitos y títulos valores depositados en las cuentas de L'Étoile Atlantique Stratégie SARL en la Banque Privée de l'Adour de Bayona y en las entidades bancarias de Múnich, ordenando el precinto judicial inmediato de la sede de la consultora en el Boulevard du Prince de Galles de Biarritz por parte de la brigada financiera de Burdeos.
Cualquier intento de transferencia o disposición de fondos quedaba tipificado automáticamente como delito flagrante de desobediencia a la autoridad judicial comunitaria.
La segunda, transmitida por canal diplomático prioritario con acuse de recibo obligatorio a la Secretaría General de la Comisión Europea en el edificio Berlaymont de Bruselas, requería formalmente la suspensión cautelar de cualquier acto oficial, rueda de prensa o difusión de informes suscritos por la comisaria Patricia Hagen, y ordenaba a la Policía Federal belga el aseguramiento judicial de sus despachos oficiales en la Dirección General de Competencia para evitar la destrucción o manipulación de soportes informáticos.
Jan van der Berg pulsó la tecla de transmisión masiva a la red Sirene de Europol.
En la pantalla apareció la confirmación de emisión en color verde brillante: ÓRDENES JUDICIALES TRANSMITIDAS Y REGISTRADAS EN LOS SERVIDORES DE INTERPOL, EUROPOL Y POLICÍA JUDICIAL BELGA.
ACUSE DE RECIBO CONFIRMADO POR EL COMISARIO GENERAL DE brUSELAS.
Van der Berg se quitó los auriculares, se sirvió un último tazón de café y miró a Ainara y a Mathieu con una sonrisa que desbordaba orgullo y admiración. En sus ojos brillaba la satisfacción del cazador que ve cerrarse la trampa perfecta tras meses de paciencia y acecho.
—El cerco ha caído sobre ellos, amigos míos —dijo el analista neerlandés con su vozarrón sereno—.
En estos momentos, la brigada financiera de Burdeos está apostando patrullas ante la sede de Biarritz y la policía judicial belga tiene la orden en mano para entrar en el Berlaymont.
Hagen tiene convocada la rueda de prensa para dentro de menos de seis horas...
pero ahora no comparecerá como acusadora de las instituciones vascas: comparecerá ante los investigadores de la fiscalía europea como imputada formal por delitos de corrupción y estafa procesal.
Gorka Atxaga cerró los puños y soltó una carcajada rotunda que resonó en la sala circular como un trueno de alivio y júbilo.
—Se acabó la fiesta para la señorita Hagen —dijo el policía foral frotándose las manos callosas—. Ahora vamos a subirnos a ese Volvo y nos plantamos en Bruselas para verle la cara cuando le leamos sus derechos ante los micrófonos de la prensa internacional.
Ainara miró a Mathieu. Sus miradas se encontraron en el centro de la sala de crisis, limpias, serenas y templadas por el fuego de la victoria alcanzada en la madrugada de La Haya.
Mathieu le tomó la mano abierta y se la llevó a los labios, besándole los nudillos con una devoción infinita.
El contacto cálido de su piel selló una promesa silenciosa que iba más allá del derecho penal: la certeza compartida de que caminarían juntos hasta el final de la contienda.
—Lo hemos logrado, Ainara —susurró él en euskera—. Hemos roto el cerco de la mentira.
—El cerco está roto, Mathieu —respondió ella con la firmeza de la justicia grabada en los ojos—. Ahora empieza el juicio de la verdad en Bruselas.
El final del Acto II-A marcaba el punto de inflexión definitivo de la saga.
La huida clandestina por los barrancos de Aldudes y las crestas gélidas de Izpegi, el asedio en los muelles de Bayona y el aislamiento en la casona fortificada de Donibane Garazi dejaban paso a una ofensiva judicial sin precedentes en el corazón del poder europeo.
Los fugitivos perseguidos por la maquinaria del Estado se habían transformado, mediante el rigor de la prueba y la fuerza del derecho penal, en los ejecutores legítimos de la legalidad comunitaria.
Ya no eran dos sospechosos acorralados en la niebla pirenaica: eran los delegados plenipotenciarios de un tribunal supranacional investidos de la autoridad de quinientos millones de ciudadanos.
En el aparcamiento subterráneo de Eurojust, el motor del Volvo consular holandés volvió a ronronear suavemente, preparado para la última etapa de ciento sesenta kilómetros por la autopista E19 hacia la capital belga.
Pero el viaje ya no era una carrera desesperada por la supervivencia: era la marcha triunfal de una delegación foral que acudía a Berlaymont con las órdenes de detención firmadas por la justicia europea.
Ainara guardó en su maletín el decreto del JIT sellado por los magistrados de La Haya y tocó con los dedos el frío familiar del reloj Certina DS bajo la manga de su chaqueta.
Pensó en su padre Josu, en las calles mojadas de Durango y en los miles de trabajadores cooperativistas que en ese instante iniciaban su turno de mañana en los talleres de Mondragón sin sospechar que su dignidad y su futuro acababan de ser salvados en una sala subterránea de los Países Bajos.
El reloj de su padre no marcaba la hora de la derrota; marcaba el amanecer de una nueva era de soberanía y respeto para las instituciones forales.
Subió al vehículo junto a Mathieu y Gorka mientras la compuerta de acero del búnker se abría hacia la mañana grisácea de La Haya. Bruselas los esperaba en el horizonte con sus torres de cristal y sus avenidas cubiertas de escarcha.
La claridad matutina del Mar del Norte comenzaba a recortar los rascacielos de cristal del distrito financiero de La Haya cuando el Volvo emergió de la rampa subterránea hacia la avenida Johan de Wittlaan.
El viento del norte soplaba con fuerza, arrastrando nubes veloces que presagiaban un día de batalla decisiva en el centro neurálgico de las instituciones europeas.
Sobre los tejados de la ciudad, las gaviotas planeaban en círculos buscando refugio en los muelles del puerto.
En el asiento del copiloto, Mathieu consultó el cronómetro de la consola central: eran exactamente las cinco y veinticinco de la mañana.
Disponían de tiempo suficiente para alcanzar la rotonda de Schuman y el complejo de Berlaymont antes de que los canales de televisión encendieran sus focos para la rueda de prensa.
Detrás, Gorka revisaba el armamento reglamentario y aseguraba los cargadores en su cinturón táctico, mientras Ainara repasaba mentalmente las preguntas del interrogatorio judicial con la que someterían a Patricia Hagen en cuanto la orden de aseguramiento fuera ejecutada por la policía federal belga.
La conspiración internacional urdida en los rascacielos de Dubái, financiada a través de las cuentas fiduciarias de Bayona y amparada por la soberbia de los despachos de Bruselas acababa de estrellarse contra el muro infranqueable de la dignidad foral vasca.
La muga roja ya no era una línea de escape en la niebla: era el filo inexorable de la justicia que estaba a punto de decapitar a los artífices de la infamia.
Con el rugido constante del motor de cinco cilindros devorando los kilómetros de la autopista hacia Amberes y Bruselas, los tres se internaron en la alborada europea, decididos a culminar el asedio final.
El convoy enfiló la autopista A4 en dirección a Rotterdam y la frontera belga bajo las primeras luces del alba.
A ambos lados de la calzada, los inmensos invernaderos de Westland brillaban en la penumbra como ciudades fosforescentes de cristal y vapor, alimentando a medio continente bajo un cielo de acero.
En el interior del Volvo, el ambiente era de una concentración solemne.
Cada uno de los tres repasaba mentalmente el protocolo de intervención que desplegarían al cruzar el umbral del edificio Berlaymont.
—En cuanto pongamos un pie en la explanada de Schuman —indicó Ainara mientras revisaba las copias del decreto con los sellos húmedos de Eurojust—, Gorka se coordinará con el capitán Van Hool de la Policía Federal belga para asegurar los accesos a la planta doce, donde se ubica el despacho de la comisaria.
Mathieu y yo entraremos directamente en la sala de prensa internacional de la planta baja.
Hagen no tendrá escapatoria: si intenta huir hacia el garaje diplomático, la policía belga la interceptará en los ascensores; si sale al atril ante los periodistas, le entregaremos la notificación judicial en directo frente a las cámaras de toda Europa.
Gorka sonrió con malicia, acariciando la solapa de su chaqueta donde guardaba la credencial foral y la copia sellada del JIT.
—Me pido sujetar el micrófono mientras le lees el auto de imputación, Ainara —dijo el inspector de la Ertzaintza con sorna—. Va a ser el mejor momento de mi carrera policial desde que desarticulamos el comando Donosti en los años noventa.
Mathieu miró la carretera recta que se abría hacia Amberes.
Sentía una serenidad profunda, la convicción inquebrantable de quien ha cruzado el abismo y sabe que la verdad es un ariete que ningún muro de influencias políticas puede resistir.
A su lado, Ainara miraba hacia el este, donde una franja de luz anaranjada anunciaba el amanecer sobre las llanuras europeas.
La batalla de La Haya estaba ganada; el asedio de Bruselas acababa de comenzar.