Isabela
Milán y Madrid, ropa que costaba lo que Camila
ganaba al mes, y la seguridad despreocupada de
quien nunca ha tenido que calcular si puede
permitirse algo. Era el tipo de persona que llenaba
una habitación sin proponérselo y que sabía
exactamente que la llenaba.
Reaparecía en los eventos del Bellavista con la
regularidad de algo que no ha terminado del todo.
Sonreía. Hablaba con Adrián de cosas que pasaron
antes de que Camila existiera en su mundo. Y Adrián
se ponía con ella más cerrado todavía, más rígido,
como madera mojada que se contrae.
Camila observaba desde lejos y se decía que no era
asunto suyo. Que ella y Adrián no eran nada. Que la
sopa tibia compartida un martes no era nada. Que los
dedos rozándose al devolver el teléfono no eran nada.
Se lo decía bastante seguido.
Hasta la noche que Isabela la encontró sola en el
pasillo de los salones privados y se detuvo frente a
ella con esa sonrisa que era un insulto envuelto en
seda cara.
—Tú eres la nueva asistente.
—Directora administrativa —corrigió Camila. Sin
enojo. Solo con exactitud.
—Claro. —Inclinó la cabeza—. He escuchado que
hiciste un trabajo muy importante con los
proveedores. Impresionante para alguien sin
formación.
—Gracias —dijo Camila, con el mismo tono con el
que uno agradece cuando sabe que no le están
dando un cumplido.
—Adrián siempre ha tenido buen ojo para detectar
talento. —Pausa—. Entre otras cosas.
—¿Vino hasta aquí solo para decirme eso?
Isabela parpadeó. No estaba acostumbrada a que la
interrumpieran.
—Vine porque hay cosas que una persona en tu
posición debería saber. Adrián y yo tenemos
historia. Mucha. Y la historia no desaparece
porque él decida jugar a ser diferente por un
tiempo.
—¿"Jugar a ser diferente"?
—Es generoso con las personas que le interesan.
Hasta que deja de serlo. —Sonrió—. No lo tomes
personal cuando pase.
Camila la miró un momento. Luego dijo:
—Gracias por la advertencia. Buenas noches.
Y caminó. Sin apresurarse. Sin darle a Isabela la
satisfacción de ver que algo había calado.
Pero sí había calado. Y eso era lo peor.
✦ ✦ ✦
Lo que Camila no sabía era que Adrián estaba al final
del pasillo y había escuchado todo.
Fue al día siguiente, en la oficina.
—Isabela no representa nada —dijo, directo,
desde la puerta.
—No me debe explicaciones.
—Lo sé. Igual quiero que lo sepas.
Camila cerró la carpeta. Lo miró.
—Adrián. Soy su empleada. Vengo de un mundo
completamente diferente al suyo.
—Lo sé.
—¿Y eso no le parece un problema?
Él entró, cerró la puerta, se acercó. Despacio, con esa
manera de moverse que era deliberada sin ser torpe.
—Me parece —dijo— que llevas demasiado tiempo
decidiendo por anticipado lo que otros van a
pensar de ti.
—No es anticipar. Es experiencia.
—¿Y si en este caso la experiencia está
equivocada?
Camila lo miró con esa mirada que no fingía ni
esquivaba.
—¿Y si no lo está?
Él no respondió de inmediato. Y eso, para Camila, dijo
más que cualquier respuesta rápida.
—Una cena —dijo él finalmente—. Solo para
hablar. Sin jerarquías.
Silencio.
—Una cena —repitió Camila—. Y después vemos.
—Una cena.
Ninguno sonrió. Era demasiado serio para eso.
Pero ninguno se arrepintió de haberlo dicho.
✦ ✦ ✦
Esa noche, en el autobús de regreso, Camila pensó en
él sin inmediatamente buscarle el problema.
Pensó en cómo buscó los vasos en el cajón
equivocado sin avergonzarse. En cómo la escuchó
hablar de las facturas sin interrumpir una sola vez.
En cómo dijo gracias como si la palabra le costara, lo
que significaba que cuando la decía era real.
Pensó en los tres segundos con el vaso.
Y se dio cuenta, con una claridad incómoda, de que
llevaba días buscándole razones para no querer lo
que ya quería. Y que se le estaban acabando las
razones.
Esto va a complicarlo todo, pensó.
Y luego, más quieto, casi sin querer: Pero ya está
complicado de todas formas.