39. La terraza
Valeria iba detrás, con Adrián a su lado. Él no hablaba. Caminaba como un sonámbulo despierto, con los ojos fijos en la espalda de su abuela.
Al llegar al borde de la terraza, Carmen se detuvo.
Valeria recordó la tarde del jardín, en su primera semana, cuando la anciana se había negado a pisar la primera losa y habían tenido que rodear la terraza entera por el césped, treinta pasos más con el sol de frente, solo para no tocar esa piedra.
Veinte años sin pisarla. Veinte años mirándola desde una ventana.
Carmen levantó el pie y lo puso sobre la piedra.
Después el otro.
Caminó sobre los pétalos blancos hasta el altar.
Apartó con la mano el mantel bordado, las coronas, los jarrones de cristal, que cayeron al suelo y se rompieron sin que nadie se moviera para recogerlos.
Se quedó de pie frente a la fuente seca.
Y señaló el suelo, a sus pies, con un dedo cargado de anillos.
—Aquí —dijo—. Debajo de la fuente. Donde estaba el rosal. A un metro ochenta.
Rentería ya tenía el teléfono en la oreja.
*
El juez Ochoa firmó la orden a las nueve menos diez.
La furgoneta blanca del georradar entró por el portón a las nueve y cuarto, entre los flashes de la prensa, que no se había ido.
Detrás llegaron dos patrullas de Coral Gables, una del condado, una ambulancia que nadie había pedido y una camioneta de la oficina forense con las ventanillas tintadas.
A los invitados los fueron sacando por el portón lateral, en grupos, con los nombres apuntados en una lista. El sacerdote se quedó. Dijo que alguien tenía que rezar cuando la encontraran.
Rafael Montalvo estaba sentado en el asiento trasero de una patrulla, con la puerta abierta, sin esposas, mirando la terraza. No había dicho una palabra desde la escalera. Un agente de uniforme le había preguntado si quería llamar a su abogado y él había negado con la cabeza.
Héctor había desaparecido. Nadie lo vio irse.
A las diez, los técnicos del georradar empezaron a pasar sobre las losas una especie de cortacésped amarillo con una pantalla encima.
Lo empujaban despacio, en líneas paralelas, como quien plancha una sábana enorme.
Uno de ellos miraba la pantalla. Al tercer paso se detuvo junto a la fuente.
Llamó a su compañero. Miraron los dos. Después uno de ellos levantó la vista hacia Rentería y asintió una sola vez.
*
Las luces llegaron a las once: cuatro focos sobre trípodes, como en un estadio, que convirtieron la noche del jardín en un mediodía blanco y sin sombras. A las once y media empezaron a levantar las losas con palancas. A la una de la madrugada llegó el martillo neumático para la losa de hormigón.
Valeria no se movió del borde del césped en toda la noche.
Tomás llegó a medianoche, con su camisa abotonada hasta el cuello y los zapatos negros brillando bajo los focos.
Se puso a su lado sin decir nada. Un rato después llegó Julián.
Rentería lo había hecho entrar por el portón de servicio, lejos de las cámaras.
Se quedó de pie al otro lado de Valeria, con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada. Ninguno de los tres habló.
Carmen estaba sentada en una de las sillas plegables que habían quedado en pie, envuelta en la manta de playa de Isa que Adrián había ido a buscar al maletero del BMW.
Adrián estaba sentado en el césped, a sus pies, con la cabeza apoyada en las rodillas de su abuela.
Ella le acariciaba el pelo despacio, una y otra vez, como se le acaricia el pelo a un niño que tiene fiebre.
El martillo neumático golpeaba el hormigón con un ruido que se metía en los huesos. Cada vez que se detenía, el silencio era peor.
Valeria pensó que en algún momento iban a encontrarla, y que ella iba a estar ahí, mirando.
Y pensó también, por primera vez desde que había abierto el archivo del Herald en el apartamento de la calle Ocho, que esa noche no era suya.
No era una historia. No era un episodio.
No era la redención de una periodista caída ni el final de una serie.
Era una muchacha de dieciséis años que llevaba veinte debajo de una piedra, y que estaba a punto de volver a ver el cielo, aunque fuera un cielo de focos blancos y martillos.
Valeria tuvo la tentación, una sola vez, a las tres de la madrugada, de pensar en cómo lo contaría.
La frase con que empezaría. El silencio que dejaría antes de decir el nombre.
Lo pensó durante un segundo y lo apartó, como quien aparta una mano del fuego.
Esa noche no iba a contar nada. Esa noche iba a estar de pie al borde de un agujero, con un detective viejo a un lado y un muchacho acusado al otro, esperando, como se espera en los velorios, sin hacer nada más que estar.
*
A las cinco y diez, cuando el cielo empezaba a ponerse gris por el lado de la bahía, uno de los técnicos forenses, que llevaba media hora dentro del agujero trabajando con una pala pequeña y un pincel, levantó una mano.
El martillo se detuvo. Los focos zumbaban.
Rentería bajó al borde del agujero. Se agachó. Habló con el técnico en voz baja. Después se incorporó, se volvió hacia ellos y no dijo nada, porque no hacía falta.
Del fondo de la tierra húmeda, sostenida con las dos manos enguantadas del técnico, salió una cosa pequeña, sucia, que brilló un momento bajo los focos.
Una sandalia dorada. De mujer. De tacón bajo.
Julián hizo un ruido que Valeria no olvidaría nunca. No fue un grito ni un sollozo. Fue el ruido que hace una persona cuando por fin suelta algo que ha estado sosteniendo con los dientes durante veinte años. Se dobló hacia adelante. Tomás lo sujetó por los hombros.
—Se las compró para la fiesta —dijo Julián, con la voz rota—. En Dadeland. Me obligó a acompañarla. Estuvo una hora eligiendo.
El sacerdote empezó a rezar en voz baja.
Carmen se había puesto de pie. Valeria no la había visto levantarse.
Estaba junto a la silla, con la manta de playa sobre los hombros, mirando el agujero iluminado.
La primera luz del amanecer le daba en la cara, y Valeria vio que estaba llorando por primera vez desde que la conocía, sin ruido, sin taparse, con los ojos muy abiertos.
Adrián seguía sentado en el césped, a sus pies, abrazándose las rodillas.
Carmen le puso una mano en la cabeza.
—Ya llegó el barco, Gloria —dijo, muy bajo, mirando el agujero—. Ya llegó.