11. El registro
El lunes amaneció nublado, con un cielo bajo y gris que en Miami suele anunciar lluvia y casi nunca la trae.
Valeria no había dormido. Pasó la noche del domingo sentada en el suelo de su cuarto, con la espalda contra la cama, repasando en la cabeza la cena del viernes como quien repasa un accidente para entender en qué segundo pudo haber frenado.
En camisón, de madrugada. Cuatro palabras. Cuatro palabras de más.
A las cinco de la mañana hizo algo que no había hecho desde que entró en esa casa: preparó una salida.
Metió en la mochila lo imprescindible, el pasaporte, el portátil, el cargador, dos mudas de ropa, y la dejó junto a la puerta, lista para agarrarla y bajar por la escalera de servicio en menos de un minuto.
Si el abogado descubría que Lucía Ferrer no tenía papeles, si Gladys admitía que nunca le había visto un documento, si Rafael subía con esa voz baja y dura de la primera mañana, no iba a esperar a que la echaran. Se iría ella.
Si en algún momento siente miedo en esa casa, se va. No espera a entender por qué.
Tenía miedo. Y no se fue.
A las siete, con la primera luz, vació otra vez la mochila. Una mochila llena junto a la puerta era exactamente lo que parecía. Devolvió el pasaporte al bolsillo interior de la maleta y el portátil al forro, donde lo escondía cada mañana, y empujó la maleta debajo de la cama.
A las siete y media, cuando oyó el Mercedes salir por el portón, sacó la grabadora de la caja de tampones y se la guardó en el bolsillo del pantalón.
No supo explicarse por qué lo hizo. Quizá porque, si tenía que salir corriendo, no quería dejar atrás lo único que había conseguido en esa casa.
Quizá por una intuición que no tenía nombre.
Después se pasó la mano por la cara, se miró en el espejo del baño, ensayó una expresión tranquila y entró en el cuarto de Carmen con la bandeja del desayuno.
*
A las once, Marisol subió con una propuesta que nunca había hecho.
—Saque a la señora al jardín un rato. Le hace bien el aire. —Miró por la ventana el cielo gris—. Hoy no hay sol. Puede estar una hora sin que se le baje la presión.
Valeria la miró un segundo de más.
—¿Una hora?
—O lo que aguante.
Bajaron por el ascensor de servicio. Afuera hacía calor, un calor espeso y húmedo, sin una gota de viento. Valeria acomodó a Carmen en el banco de hierro junto a la piscina, a la sombra de una palmera, y se sentó a su lado.
La anciana no habló durante un rato. Miraba el agua, en la que se reflejaban las nubes, inmóvil como un espejo sucio. Tenía las manos cruzadas sobre el bastón y los anillos le brillaban apagados bajo la luz gris.
A los quince minutos, sin aviso, empezó a temblar.
—Tengo frío —dijo.
—Señora, hace treinta grados.
—Tengo frío. —Carmen se apretó la bata contra el pecho. Le temblaba la barbilla—. Quiero subir. Quiero subir ahora.
—Marisol dijo que le haría bien estar un rato afuera…
—Marisol no tiene frío. —La anciana se levantó del banco de golpe, con una fuerza que Valeria no le conocía, apoyándose en el bastón—. Yo sí. Quiero subir.
Valeria la tomó del brazo. Carmen caminaba más rápido que nunca, arrastrando los pies por el césped, rodeando la terraza de piedra sin mirarla, con la vista fija en la puerta de la casa. Al entrar en el ascensor dejó de temblar. Al llegar al segundo piso, respiraba con normalidad.
La puerta del cuarto de Valeria estaba entreabierta.
Ella la había dejado cerrada. Estaba segura. Lo había comprobado dos veces antes de bajar, porque desde la cena del viernes lo comprobaba todo dos veces.
Dejó a Carmen sentada en su sillón, junto a la ventana, y cruzó la puerta interior que comunicaba las dos habitaciones.
Marisol estaba arrodillada en el suelo, junto a la cama.
*
Tenía la maleta de Valeria abierta delante de ella, sobre la alfombra. El neceser estaba vaciado sobre el colchón: el cepillo de dientes, el desodorante, un frasco de crema, un paquete de pañuelos. Y en la mano derecha, Marisol sostenía la caja de tampones. Abierta.
Las dos se quedaron inmóviles.
Valeria sintió la grabadora en el bolsillo del pantalón, contra el muslo, del tamaño de un encendedor, pesando como una piedra. Si no la hubiera sacado de ahí esa mañana. Si Carmen no hubiera tenido frío a treinta grados.
Marisol fue la primera en moverse. No se apuró. No pareció avergonzada. Cerró la caja de tampones con cuidado, la volvió a meter en el neceser, metió dentro el cepillo, el desodorante, la crema y los pañuelos, en el mismo orden en que debían de haber estado, y cerró el neceser.
—Revisión —dijo, poniéndose de pie con una mano apoyada en la rodilla—. El señor ordenó revisar los cuartos de todo el servicio. El mío también. El del chofer. El de las de limpieza que vienen los martes.
—Podía haberme avisado.
—Si avisara, no sería una revisión. —Marisol cerró la maleta y la empujó con el pie hasta debajo de la cama—. Ya terminé.
—¿Encontró lo que buscaba?
Marisol la miró. Fue una mirada larga, sin expresión, de las que Valeria ya empezaba a conocer. La misma con que le había examinado las manos el primer día.
—No buscaba nada, Lucía. Revisaba.
Salió por la puerta del corredor y la cerró detrás de ella. Esta vez del todo.
*
Valeria esperó a oír los pasos alejarse por el pasillo y bajar la escalera. Después se arrodilló en el mismo lugar donde había estado Marisol y sacó la maleta de debajo de la cama.
El portátil seguía ahí, metido en el forro, entre la tela y el armazón, donde ella lo escondía cada mañana. Parecía intacto. Estaba apagado. Tenía contraseña. Eso no la tranquilizó del todo.
Buscó el pasaporte en el bolsillo interior. También estaba ahí.
Lo abrió. Dentro, Valeria guardaba desde hacía años una cosa que no tenía ningún valor: la tarjeta de embarque de su primer vuelo a Miami, doblada en cuatro, con el papel ya amarillento. La guardaba en la página de la foto, siempre en la misma, como un amuleto.
Ahora estaba en la página de los sellos.
Se quedó mirando la tarjeta de embarque un largo rato, con el pasaporte abierto sobre las rodillas. En la página de enfrente estaba su foto. Y debajo, en letras de imprenta, su nombre completo. IBARRA FERRER, VALERIA LUCÍA .
Marisol lo había visto. Marisol sabía quién era.
Esperó lo inevitable. Esperó a que se oyeran pasos en la escalera, la voz de Rafael, el portazo del despacho. Esperó toda la tarde, con el corazón en la garganta, mientras le leía los obituarios a Carmen con una voz que no reconocía como suya.
No pasó nada.
Marisol subió el almuerzo a la una, como siempre. Lo dejó sobre la mesita, como siempre. No la miró, como siempre. A las seis la ayudó a bañar a Carmen y le pasó las toallas en silencio. A las siete subió la cena.
*
Esa tarde, a las cuatro y media, mientras Carmen dormía la siesta, el teléfono había vibrado. Era un número que Valeria no tenía guardado, pero lo reconoció por el prefijo: Bird Road.
—Mi amor —dijo Gladys, sin saludar, con el ruido de fondo del ventilador de pie—. Te llamo para que duermas tranquila esta noche.
Valeria se encerró en el baño.
—¿Qué pasó?
—Vino el abogado. Uno viejito, muy elegante, con un traje que le costaba más que mi carro. Me pidió los papeles de todas las muchachas que mandé a esa casa. —Gladys se rió, una risa corta, satisfecha—. Y se los di.
—Pero yo no le di ningún papel.
—Tú no. —Hubo una pausa. Valeria oyó a Gladys tapar el teléfono con la mano y decirle algo a alguien en la oficina.
Después volvió—. Te dije que esta familia no quiere líos, ¿no?
Bueno. El sábado me llegó un sobre con todo lo de Lucía Ferrer.
Referencias, una carta de una señora de Hialeah que dice que cuidaste a su mamá dos años, hasta un número de teléfono que contesta una mujer que habla muy bien de ti. Todo bonito, todo en orden.
Valeria se apoyó contra la pared del baño. Las baldosas estaban frías.
—¿Quién lo mandó?
—La familia, mi amor. ¿Quién va a ser? —Gladys bajó la voz—. Mira, yo no pregunto. Llevo toda la vida en esto y lo primero que aprendí es que a la gente rica no se le pregunta. Se le cobra. El abogado se fue contento y tú sigues trabajando. Eso es lo que importa.
—Gladys, ¿quién de la familia?
Pero Gladys ya había colgado.
Valeria se quedó en el baño con el teléfono en la mano.
Pensó en Rafael, que quería encontrar a quien había grabado a su madre y jamás le fabricaría referencias a nadie.
Pensó en Adrián, en sus ojos claros a través de la mesa, en el ascensor.
Pensó en Marisol arrodillada junto a la maleta, con la caja de tampones en la mano y su nombre verdadero en la memoria.
Alguien en esa casa sabía quién era ella y, en lugar de echarla, la estaba protegiendo.
Debería haberse sentido aliviada. No lo estaba.
Un aviso publicado antes de que existiera la vacante.
Una llamada a Tomás anunciando su llegada.
Un comentario que sabía dónde dormía. Un sobre con referencias perfectas, preparado en un solo día.
Alguien no reaccionaba a lo que ella hacía: se le adelantaba.
Y de pronto se acordó del exempleado de los canales, sentado frente a ella en un café de Doral con la carpeta sobre las rodillas, diciéndole casi con timidez que ella era la única capaz de terminar esa historia.
Se acordó de lo bien que le había sentado aquella frase.
Del calor que le subió por el pecho, el mismo que sentía ahora.
Alguien la había elegido. La idea le gustaba tanto que la asustó.
Apretó las palmas contra las baldosas hasta que el frío le llegó a los codos, y se quedó así un buen rato, esperando que le volviera la cabeza.
*
Esa noche, después de darle a Carmen la pastilla de las nueve y de verla dormirse con la boca entreabierta, Valeria volvió a su cuarto y abrió el neceser para buscar el cepillo de dientes.
Entre el desodorante y el frasco de crema había un papel que no estaba ahí por la mañana. Una hoja pequeña, arrancada de una libreta de cocina, de las que Marisol usaba para la lista del supermercado. Doblada en dos.
La desdobló. La letra era redonda, cuidadosa, la de alguien que aprendió a escribir de niña con cuadernos de caligrafía. Tinta azul. Dos líneas.
Esconda mejor sus cosas.
La próxima vez no voy a ser yo la que busque.